Crítica de El Mago: siete minutos para salir de esta caja

Juan Mayorga regresa a Sevilla con una nueva obra, El Mago. Escrita y dirigida por él, la historia está protagonizada por María Galiana, Ivana Heredia, José Luis García-Pérez, Tomás Pozzi, Clara Sanchis y Julia Piera.

Mayorga nos presenta una comedia de enredo a la que no estamos acostumbrados en su teatro. Pero tras esa cortina de superficialidad se esconde el mismo tono y el mismo lenguaje de siempre, lleno de sátira e ironía, de repeticiones y de metáforas; llega el final como un cuchillo, dejando la sala más llena y más vacía, encerrada en una realidad de la que es consciente su forma de jaula.

La historia trata sobre Nadia, esposa y madre, quien regresa a su casa tras ir a un espectáculo de hipnosis. Ha sido seleccionada como voluntaria y afirma seguir —física y mentalmente— en el teatro, bajo la voluntad de El Mago: “Lo que te ocurra en tu casa no será real, será más o menos que real”. Para ella, la realidad es aquello que sucede en el escenario y su familia intentará averiguar si es todo cierto y, en tal caso, cómo ayudarle.

La dirección de arte (a cargo de Curt Allen Wilmer) está muy cuidada: la comedia transcurre en un hogar común —con muebles tipo Ikea—, en un salón comedor a tonos grises y blancos. Cada personaje lleva un vestuario casi monocolor: Nadia en burdeos, Dulce —la hija, la juventud llena de vida— en naranja y mostaza, el padre —quizás tristeza y añoranza del pasado— en azul y gris.

Los temas de los que habla el texto dramático podrían dar para un artículo mucho más largo: la comedia trata sobre la identidad, la libertad —¿es Nadia más libre al estar hipnotizada y hacer lo que le apetece, o lo es menos porque su espontaneidad parte de las órdenes del Mago?— o el matrimonio. Trata sobre cómo somos constantemente manipulados, no solo por los demás sino por nosotros mismos, por pánico a salirnos de la idea que otros han construido de nosotros, pero, sobre todo, de la idea que hemos auto construido sobre quiénes somos y quiénes deberíamos ser.  Ideas que no nos permiten ver realmente a las personas, vernos realmente a nosotros mismos.

La historia nos habla también de la importancia del lenguaje, un tema recurrente en las obras de Mayorga: según cómo llamemos a algo será cómo lo pensaremos e, inevitablemente, será en lo que se termine convirtiendo. Se nos presenta el miedo a volver a casa y enfrentarse a la vida real, al conformismo, a la rutina, al amor difícil por el que pelear cada día: “en esta casa hay demasiada realidad, mis ojos no pueden acostumbrarse a tanta costumbre”.

“¿Qué clase de vida es esa haciendo lo que otros te dicen que hagas? ¿Qué harás cuando el espectáculo acabe?”, le pregunta Aranza, la abuela, a Nadia. En la obra —en esta metáfora de la vida y la sociedad— todos los personajes terminan dudando de su propia existencia, en un meta teatro que alcanza incluso la literalidad: “detrás de la puerta no está el resto de la casa, no hay resto de la casa; entonces veo los focos”, dice el padre, no sabemos si de la obra que él ve o de la que vemos nosotros.

La obra nos invita a mirarnos en un espejo, a observar cómo una familia es un juego en el que, si cae una pieza, las demás comienzan a desmoronarse instantáneamente. Tras todos los hogares, una grieta: no está escondida tras un cuadro, ni tras una foto. Para no ver el roto, tienes que mirarte a ti mismo. La familia puede ser un veneno y una jaula: “desde allí todas las casas brillan como cuchillos o como ojos de animales cautivos”. El espejo acaba en el suelo, quizás porque no hay mejor reflejo que la madre: ella obliga a los demás a mirarse en ella e inevitablemente a mirarse a sí mismos. Son pocas las cosas que nos dejan reconocernos y pocas las veces que nos dejamos conocernos.

Mayorga hace un teatro de finales e historias abiertas para que sea el espectador el encargado de buscar respuestas —buscar siempre mejor que encontrar—, aunque quizás esta vez haya trazado un camino demasiado difuso y general, un camino que intenta abarcar muchos temas y que parece no conducir a ninguna parte como tal.

Yo también —haciendo referencia a una de las frases de la abuela— me toco el cuerpo, paso las palmas por mis rodillas y me sostengo los codos, asustada de no ser o, peor aún, de ser más aquí, en esta butaca, que allá afuera. Siento mi piel, siento el tacto del abrigo entre mis dedos, veo las luces, las luces que se apagan, el telón que se levanta por los laterales. Siento mi cuerpo ponerse de pie, aplaudir, aplauden mis manos y las de las personas que me rodean, aplauden tanto que los actores saludan tres veces. Siento mis manos aplaudir, el frío cuando salgo a la calle y mi sonrisa negándose a aparecer: esta es una comedia que me ha dejado seca. Mis ojos, sin embargo, siguen fijos en el escenario desierto tras la obra: toda la casa, toda la vida, cabe en una caja con sabor a jaula. “Ahora tienes siete minutos para salir de ella”: tictac.

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