Pokey Lafarge «La música que nunca muere»

Fotografías por David Pérez Marín

Hay trenes que, aunque sea tú última noche en la tierra, tienes que coger sí o sí. Y el pasado 30 de Octubre pasó uno de ellos por Madrid, una auténtica locomotora que pedía a gritos más y más madera.

El fuego lo encendió Sallie Ford, que traía bajo el brazo su último disco, ese disparo certero que nos tumbo el pasado año a la primera escucha, “Slap Back”. Tras dar por finalizada su aventura en Sallie Ford and The Sound Outside, Sallie aterrizó en formato trío, y junto a Anita Lee al bajo y Amanda Spring a la batería, removieron los cimientos de la sala con su frescura y una buena mezcla de folk, psicodelia y rockabilly garajero.

Pero el jefazo de la velada era Pokey LaFarge, que junto a su banda de forajidos llegaba a nuestro país (sólo con dos fechas más, el día anterior en Barcelona, y tras el show de Madrid, el BIME de Bilbao) para ofrecernos uno de los directos más esperados del año. “Knockin’ The Dust Off The Rust Belt Tonight” y “Something In The Water”, dos balas que nos alcanzan sin que nos de tiempo a parpadear, y todos rendidos a sus pies. Clase y autenticidad en estado puro. En estos tiempos donde se intenta dar una capa vintage a todo lo nuevo para inflar artificialmente el producto, LaFarge encabeza esa lista de “jóvenes” (32 años, una década en primera línea y siete discos) que en vivo se lanzan a tumba abierta y sudan verdad en cada interpretación. Se me vienen a la cabeza otros nombres/conciertos que he tenido la suerte de disfrutar este mismo año de gente que también escapan a toda moda o encorsetamiento comercial, artistas genuinos como St Paul and Broken Bones, Leon Bridges o Benjamin Clementine, músicos que se mueven en la misma línea que LaFarge: transmitir con total pasión la música que nunca muere.

 Y el carisma de Pokey no descansa, ya sea sólo en el escenario tocando “Far Away”, en la versión a fuego lento del “Carmelita” de Warren Zevon, con “Goodbye, Barcelona” o bromeando y conectando con el público en todo momento (hasta se preocupa por una chica que grita y se queda sin voz), y exprimiendo y dándole a esa gran banda el protagonismo que se merece. Mención especial para Ryan Koenig, ese personaje que parece haberse escapado de una película de los hermanos Coen y que toca con la misma maestría el banjo, la tabla de lavar, las cucharillas o la armónica.

Ragtime, country-blues o western swing, todo vale para Pokey LaFarge, un músico que ama lo que hace y lo comparte sin pensar en el siguiente paso, tejiendo canciones al ritmo de la batería de Matt Meyer y bajo la sombra de Adam Hoskins, con rostro hierático pero con una guitarra resplandeciente que ríe y muestra mil caras, jugueteando con la voz de LaFarge y el contrabajo del omnipresente  Joey Glynn. Y así nadamos hasta el naufragio en un repertorio exquisito con sabor a Mississippi, sobre las olas de la coreada “La La Blues” o “Sweet Potato Blues”, con la endiablada armónica de Koening a la cabeza de nuevo. La brisa del sonido de New Orleans en los rostros de cada uno de los asistentes, que reflejan la alegría que desprende el viento del saxo de la guapa Chloe Feoranzo y la trompeta de TJ Muller en el final de la apoteósica  “Central Time”, con un Pokey colosal, de nuevo capaz de abrir el Mar Rojo con un simple chasquido de dedos, y que termina sumergiéndose entre el público con un cover de “Let’s Go Get Stoned” de los que no se olvidan.

A veces la vida se tuerce y los días descarrilan, pero la música de noches compartidas como esta dan sentido a todo y siguen acercando los railes al infinito y más allá.

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