20 abril, 2024
Lo mejor que ha salido de Elche pasó por Sevilla con su flamenco chatarrero en una noche que fue fría excepto para los que estábamos allí al calor de su banda

Fotografías por Nuria Sánchez

Sí, quiero. Quiero ser Miguel Campello. Cantar como él. Moverme como él. Tener su falda. Su tambor. Y tocarlo cuando quiera. Entre canción y canción mientras fumo o en medio de una bulería eterna. De verdad. Ser él. Llenar el escenario de músicos y que mi voz los supere. Que un quejío mío gane a las guitarras, trompetas y tambores. A todo. Que deje al público temblando con el móvil en la mano y sus flashes en mi cara. Eso quiero y no me acordaba hasta que lo vi de nuevo.

Hasta que apareció mezclando todos los estilos posibles en su atuendo barroco negro. Pañuelo pirata, cigarro en la boca, chaqueta de cuero, falda de volantes, boina hundida y botas de boxeo. Y debajo, una sudadera y una camiseta de tirantes que se rompería al final por si a alguno se le olvidaba que él era el flamenco. Por si alguien se despistaba entre tanto jaleo que formó su banda en el patio del CAAC. Allí en La Cartuja. Donde el flamenco de siempre brotó junto a los amplificadores y los saltos del público.

Mis saltos no. Yo sólo estaba pendiente de su voz rota. Y de su botella de vino apoyada en el cajón flamenco, el cual sólo cogió por desgracia en una canción. El resto del concierto se dedicó a destrozar baquetas de madera y algodón y a fumar. Y a beber. Mucho de las dos cosas. Siempre tenía algo en la mano. El cigarro o la botella. A veces, todo. Y sin parar de bailar. De contonearse. Como una flamenca en la Feria o una serpiente en la selva. Espontáneo. De pronto, se paraba. Se acercaba al micro y hablaba. Improvisaba: “comprad tambores, no pelearse”. Nos hacía reír. Y se iba. Y los músicos seguían a los suyo. Y Miguel volvía. Pegaba tres o cuatro gritos bien dados y yo decía que no con la cabeza. No era posible tanto arte. ¿Cómo se puede cantar tan bien?

No lo sé. Aún me lo pregunto. Aquí sentado frente a la pantalla con su eco revoloteando. Intento transformar el lío que formó en el escenario en palabras justas con su arte. Con su forma de decir “Gracias Sevilla” y que hasta eso parezca una canción. Hasta los saltitos en la despedida con el ‘Gonna fly now’ de Rocky fueron show. Todo. Ni las cervezas a cuatro euros estropearon la noche. Tampoco las manos alzadas de móviles que no me dejaban ver en “Parque Triana” o “De los malos”, canciones de cuando era un bicho. Antes de llamarse por su nombre siendo más él que nunca.

Porque, pienso yo, que cuantos menos instrumentos lo acompañen, más es él. Más luce esa voz que debería abarrotar estadios y sólo consiguió medio llenar un patio grande. Sí, no éramos muchos el sábado allí. Ni falta que hacía. Eché una vista general porque sabía que iba a escribir esto y tenía que contároslo. Si no, ni eso. Yo iba a escucharlo. Y a verlo, aunque le pusieran esas luces azules y ese humo de casa del terror feriante. Y es que Campello no necesita adorno. Por mí, nada que se enchufe. Sólo él, quizá una guitarra y un cajón y gente con ganas de disfrutar. Y eso estaba, así que salió bien. Bien no, lo siguiente. Porque Miguel Campello no canta bien, sino lo siguiente.

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