¿Quién no quiere ser Sidonie?

Fotografías Antonio Andrés

Probablemente, Sidonie haya sido en Sevilla el punto de partida de muchos en materia de conciertos en esta extraña normalidad transitoria que habitamos estos días. ¿Cuánto tiempo llevábamos tantos sin escuchar una banda bien cargada de decibelios en directo? Dos guitarras eléctricas… ¡un concierto con batería! Y además un percusionista. Habían sido los grandes olvidados en todos estos meses acústicos. ¿Quién piensa en los bateristas?

Sidonie salió con todo el pasado viernes: dos guitarras con Marc Ros y Víctor Valiente, Jess Senra al bajo, Axel Pi en batería, Edu Martínez en teclados, Ramiro Nieto en percusiones y, sobre todo, una colección implacable de himnos de furgoneta y festival. La pradera del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo se llenó para recibir a los catalanes en esta cita del ciclo de conciertos Sevilla Alive.

Arrancó psicodélica la noche en los sesenta con la electricidad de On the Sofa y su loop al puro estilo Who, remitiéndose al lejano Shell Kids (2003) de unos Sidonie que aún cantaban en inglés; y con la tropical Nirvana Internacional, Santana y Ravi Shankar para multitudes. Esta última fue uno de los estrenos de El Regreso de Abba, el último disco de la banda, una obra magnánima y variopinta con una estructura dramática que dialoga y se entrelaza con los hilos de la novela homónima escrita por Marc Ros. Un ambicioso disco doble conceptual arraigado en los sonidos de las épocas doradas del pop y el rock. Una travesía superlativa por las sonoridades habituales de la banda y que también otea nuevos horizontes con los ritmos latinos. Un Himalaya en la carrera de Sidonie. Un Himalaya en Cadaqués, el pueblo cosmopolita de la Costa Brava que a mediados del siglo pasado imantó a tantos artistas plásticos, arquitectos, cineastas … y que luego en los noventa hizo lo mismo con los neohippies y las drogas de diseño.  Una ópera rock mediterránea y californiana es la última piel de este grupo tan camaleónico como dueño de su marcada identidad.

Buena parte de la estructura del concierto tuvo como base este álbum del que también sonaron Me llamo Abba, con Marc Ros en el papel de nuestro Gainsbourg ibérico; Portlligat, con el éxtasis Tina Turner de Ramiro (tal vez el único hombre que pasa menos tiempo quieto sobre las tablas que el propio Marc); Buenas Vibraciones, las que derrocha ese atronador Verano del amor, hippie, festivo y tropical; y el rapeado catártico que va a quedar inmortalizado como el himno autobiográfico de Marc Ros y de Sidonie, Mi vida es la música.

Del repertorio de Costa Azul hicieron acto de presencia la canción que da nombre al disco, Nuestro Baile del Viernes y Giraluna. Por otro lado, como era de esperar, Fascinado, Maravilloso y Un día de mierda pusieron patas arriba Sevilla. Lo cual no es mentira, pero sí un decir porque los conciertos aún tienen que celebrarse con los espectadores sentados. Por cierto, Sevilla una de las tres ciudades favoritas de Marc Ros.

Con el pop transparente y sin artificios de No sé dibujar un perro, El peor grupo del mundo y Siglo XX se encaminaba un final que remataron con dos apuestas seguras que desataron la euforia colectiva, El Incendio y Carreteras Infinitas, junto al agradecimiento final de Estáis aquí.

Sidonie es un grupo tan sencillo y tan bueno que parece mentira. Se presentaron en un sexteto contundente y engrasado, con matices, sonando bien en vivo. Capitaneados por ese trío saltimbanqui original del grupo que lleva más de veinte años juntos y que parecen unos amigos locos llenos de ganas de jugar, con energías renovadas en cada compás.  Sin gajes del oficio a cuestas ni otras pamplinas del montón. Con un Axel incombustible en la batería y un Jess que imparte lecciones de groove en las melodías que canta con el bajo. Son un homenaje a la espontaneidad. Su directo es una auténtica fiesta de glam rock, de pop, de psicodelia. Una fiesta nada frívola porque además sus canciones gozan de ese lenguaje y esa poética tan urbana y cotidiana y, sin embargo, dotada de la elegancia que suponen los claroscuros y el importante poso intelectual y social de Marc Ros. Hubo guitarras rockeras, hubo baile, hubo deliciosa desfachatez. Qué manera de pisar un escenario. Todos deberíamos querer ser Sidonie algún momento en la vida, aunque no sean nuestra banda favorita. Porque es una verdadera envidia esa amistad, esa actitud y esa alegría. Que además se contagia. Y ya hemos comprobado que la alegría es lo mejor de lo que nos podemos contagiar. ¿Quién no quiere ser un Sidonie? Si esta es mi penúltima reencarnación, que en la última me toque ser un Sidonie.

 

 

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