17 julio, 2024
Que la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla es un tesoro de nuestra ciudad es un hecho; sin embargo, muchos no llegan a traspasar el umbral del Teatro de la Maestranza.

27/05/2016

Que la que sin duda es la mejor banda de versiones de Sevilla no cuente con un respaldo total de las instituciones en forma de presupuesto holgado es algo triste; más triste es, empero, que la mayoría de nosotros no hayamos puesto un pie en el Teatro de la Maestranza. El precio de las localidades es alto, sí, y las piezas interpretadas no pertenecen a autores que pudiéramos llamar de rabiosa actualidad, pero la recompensa es grande, muy grande. Y de algún modo hay que pagar a un equipo humano numeroso, que una y otra vez ofrece interpretaciones impecables a lo largo del año.

Los conciertos de abono de esta temporada tienen como hilo conductor o concepto los sonidos del Mediterráneo, y a John Axelrod como nuevo director artístico y musical. Son 16 en total, de los que el aquí comentado, Divertimento, es el 15º – queda, pues, tiempo para descubrir algo de esos sonidos. La Orquesta Sinfónica de Sevilla lleva en activo desde 1991; la denominación Real le llegó en 1995. Se marca unos 100 conciertos al año, a lo largo y ancho de España y buena parte del extranjero, de donde se nutre extensivamente para sus propósitos reclutando a gente del calibre de Paçalin Zef Pavaci, uno de los concertinos invitados actualmente y al que pudimos disfrutar en este recital compartiendo algunos momentos de altura con su compañera Amelia Mihalcea Durán, concertino asistente.

El programa, dedicado a la memoria de Evgeny Ozhogin, profesor de viola de la orquesta, comenzó con una pieza de Wolfgang Amadeus Mozart, Divertimento, en Re mayor, KV 136 (1772).  Al instante el público estaba sumergido en la inconfundible sensación de alegría que Mozart sabe infundir tan bien, en un Allegro lleno de arreglos juguetones, cayendo sobre nuestros oídos con la facilidad de los fluidos abandonando el cuerpo de Ganimedes. El Andante aportó el necesario contraste antes del Presto final, que nos recordó por qué estábamos aquí si no era para escuchar una gigantesca risa musical – cosa harto seria. A continuación entraron más músicos, y es que el número de ejecutantes varió entre 22 y 37, dependiendo de las necesidades de la obra de turno.

El más notable de todos era Asier Polo, chelista extraordinario, que ocupó su asiento al frente de la formación dispuesto a dar lo mejor de sí mismo. El sabor español se hizo evidente con el Allegretto del Concierto como un divertimento, para violonchelo y orquesta (1981), que Joaquín Rodrigo compusiera para Julian Lloyd Webber. Las dotes de Polo son grandes, y la autoridad y pasión con que domina su instrumento un placer para los sentidos. El Adagio nostálgico se benefició de un fondo mágico y misterioso de celesta y vientos sutiles, con apuntes enigmáticos de percusión, sobre el que Polo tañía su violonchelo con delicadeza exquisita. El Allegro scherzando planteó una pregunta incómoda -a propósito de Psicosis (1960)- a base de expresividad bien controlada.

Completamente fuera de programa, Polo, que sólo intervenía inicialmente en la obra de Rodrigo, se levantó y anunció que ofrecería una pieza de Gaspar Cassadó, virtuoso de su instrumento que fuera alumno de otro monstruo de la talla de Pau Casals e intérprete consumado de obras de Rodrigo o Luigi Boccherini. No fueron necesarios más instrumentos para dejar boquiabierto al personal; la depuradísima técnica que es capaz de desplegar en un sinfín de modos habló por sí sola del alcance de su talento, recompensado merecidamente con un aplauso unánime y sincero para despedir al maestro antes de la pausa.

Divertimento, en Fa mayor, KV 138 (1772) abrió la segunda parte –dejando en el limbo el segmento central del tríptico de Mozart- con papel destacado de Pavaci en los movimientos más rápidos, de aire italiano. A todo esto, el director ruso invitado Maxim Emelyanychev, nacido en ¡1988! (¡y que debutó a los 12 años!) había entrado y salido varias veces a su curioso ritmo, ya fuera para dirigir, recibir aplausos o dejar el protagonismo a Polo. Su labor fue impecable, y su dominio de la partitura total. Parece mentira que aún no haya cumplido los 30.

El final estuvo centrado en el Divertimento, para orquesta de cuerda (1939), de Béla Bartók, básicamente el reclamo principal que me había traído aquí en esta noche de frío inesperado. Pieza escrita en los momentos inmediatamente anteriores al estallido de la II Guerra Mundial, comienza con un Allegro non troppo de cierto aire oriental antes del Molto adagio, donde más podemos reconocer la pluma nerviosa y hasta siniestra del compositor húngaro – y donde la diversión es más relativa. El Allegro assai nos reconcilió con una meridiana idea de vitalidad, necesaria para justificar un programa basado en esta forma musical del siglo XVIII que se supone está destinada a entretener a un público mediante melodías de carácter ligero. Poco de eso tuvimos con la elección de Bartók, pero igualmente resultó un broche perfecto para una velada perfecta, de las que esta orquesta está acostumbrada a brindar a su devoto público.

Al salir y ponerme la chaqueta me tropecé con el lazo verde que repartían de manera gratuita en la entrada para mostrar el apoyo a la ROSS. Lo dejé puesto hasta llegar a casa, donde pensaba tirarlo. Sin embargo, he decidido guardarlo; es muy probable que lo use pronto. Descubrir un tesoro en un lugar tan cercano no es algo que ocurra todos los días, y el verde es un color que me agrada. Además, resulta apropiado en varios sentidos: con el verde se relaciona la esperanza de que la ROSS pase el mal trago económico actual; hay que dar luz verde a medidas que cambien esta situación -un chiste verde, por obsceno, que dura demasiado- que se soluciona con billetes, en su variante de 100€, verdes; verde me pongo de envidia (sana) cuando veo tanto talento junto, y yo mismo estoy bastante verde en cuanto a música clásica. Todo lo  cual no me impide divertirme como un energúmeno cuando asisto a un evidente y sostenido estado de gracia.

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