17 julio, 2024
Las únicas marcas que dejan cicatrices sinceras son aquellas en las que uno pone la cabeza y el corazón.

Fotografías por Rafa Marchena

Dice el diccionario que una grieta es una hendidura alargada que se hace en la tierra, una quiebra que surge de forma natural en alguna superficie y la modifica. Así, cualquier abertura, por pequeña que sea, deja una huella perpetua en el lugar donde se produjo recordándonos, en cierto modo, que siempre estuvo allí. Es esa señal, una suerte de cicatriz, la mejor definición del paso de Jero Romero por la Sala X. El ex componente de The Sunday Drivers y su banda dejaron grabadas las señales de esta nueva etapa en cada una de las voces que anoche corearon la mayoría de los temas.

El viernes se hizo patente un hecho: la simpatía que siente Jero por su público y la admiración con la que éste le corresponde. El toledano está tocado por la varita de los buenos y se nota ya desde el principio en su conexión instantánea, como el café, con una sala abarrotada. Más que puntuales, teniendo en cuenta lo que suelen hacernos esperar la mayoría, se presentaron los músicos al calor de la primera ovación de la noche. Sin introducción emprendieron un recorrido completo por dos discos compuestos de letras sinceras y palabras conjugadas en trampantojos cotidianos en los que reconocerse.

Dejaron las primeras marcas los cambios de ritmo de “También” y la crudeza de “El ventanal”, texturas y recovecos en los que La Grieta se recrea y se hace más grande o más pequeña, según el ojo del observador. Creció con el juego de palabras de la gran “Fue hoy”, donde la banda se come el directo, y en “Correcto” (a veces tiene miedo a descubir que sí, que a veces es correcto lo que opina sobre mí) con su melodía pausada. La incisión, en cambio, se hace más precisa en la intimida de temas como “Caer de pie”,  donde disfrutamos la voz desnuda de Jero. Poderosas señales dejó el medio tiempo de “Hombre mayor”, en forma de marcada percusión y mensajes contundentes (no puedo dar luz sin dar sombra), mientras que en espacios intermedios habitó la divertida “Narciso”, vestida de guitarras ruidosas y distorsionadas como su protagonista.

Capítulo aparte merece la línea de bajo de Alfonso Ferrer, que se luce en “El mejor” y es que, pese a que el nombre unipersonal lleve a engaño, estamos hablando de un conjunto íntegro y encajado en el que todos colaboran y disfrutan a partes iguales. Porque esta es también una historia de valientes, de gente que cuenta lo que quiere como quiere y encuentra recompensa al otro lado del escenario. Esa gratitud llegó en forma de estribillos coreados, sobre todo del primer disco, en “Cabeza de león”, “Haciendo eses” y “Devolverte” (cada vez no puede ser la última vez) con el revelador final de las baquetas de Nacho García.

Sólo interrumpió el manchego la noche una vez para dar las gracias a los allí congregados, mientras se sucedían los temas resquebrajando aún más la marca que estaba dejando en la sala: “Leo”, “Ya te lo decía yo”, “Señor gigante”, “Nadie te ha tocado”… La celebrada “Las leves” fue otra de las oportunidades para desgañitarse, aunque el largo pasaje instrumental de “Los columpios” y la tranquilidad de “El as” sirvieron para darnos un respiro. La presencia de las guitarras de Amable Rodríguez y Charlie Bautista no hizo más que dar relieve a un concierto que se encaminaba a los bordes del hueco que ellos mismos habían abierto. La noche y el repertorio se acababan mientras el público pedía más, aunque no hubiera. Porque Jero lo soltó todo y nos dejó con ganas, que es lo importante. Como instantánea final y huella indeleble, una imagen de la banda abrazada en círculo, en medio del escenario, y con ella, la constatación de que las únicas marcas que dejan cicatrices sinceras son aquellas en las que uno pone la cabeza y el corazón.

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