14 abril, 2024
Se reconocen los clásicos, se vislumbran las noches inacabables, los espacios de atmósferas densas y sobre todo el cálido abrazo de quién hace lo que verdaderamente quiere y ama. Un alegato de dicción musical, una carta de amor traducida al lenguaje universal de la música.

Lo que hace llevar ya unos añitos en esto de la música. Conoces a personas interesantes casi a cada paso que das y a músicos tremendos a los que sus minutos de fama se les resisten durante un tiempo pero que sabes de sobra que llegarán.

Al grupo que hoy nos ocupan Los Gatos Bizcos los vi por primera vez hace ya unos añitos acompañando al tremendo Eddie C. Campbell en su gira europea, más concretamente en la Sala Milwaukee del Puerto de Santa María. Cierto y verdad que el señor Campbell tiene una personalidad tan arrolladora que poco podían hacerle sombra sus músicos, y sin embargo, allí estaban. Con un aura propia y un perfecto dominio del tempo y el discurso narrativo instrumental. En menos de unos segundos te ponían la piel de gallina con unos silencios infinitos que te excitaban el alma para que no pudieras parar de bailar. Y claro esa sensación se te queda grabada.

Pues bien, tras todos estos años cuando nos llegó a nuestra redacción el nuevo trabajo de Los Gatos Bizcos, Eurovegas, todos esos recuerdos afloraron casi instantáneamente, así que no pude contenerme a ponerlo a todo volumen en nuestro equipo. Nada de chorraditas como mp3s o altavoces de ordenadores, esto bien se merecía un buen equipo de alta fidelidad.

Dicen que la primera impresión es la que cuenta, pues os aseguro que los primeros segundos de “All I can say” os engancharán irremediablemente. Sonido pulido hasta la saciedad, cuidado en detalle pero sin encorsetar, con la ligereza justa de quien quiere embelesar sin empalagar.

He de confesar que tras unos escasos minutos de escucha quite el disco. Un sacrilegio, es cierto, pero quería escuchar primero sus inicios como banda. La primera toma de contacto de cuatro músicos madrileños, que se habían encontrado en multitud de ocasiones tocando en bares y que decidieron hacer alguna cosa juntos. Quique Gómez, Miguel Benito, Pablo Sanpa y Héctor Rojo, se embarcaron entonces en I can’t believe my eyes.

Me impresionó mucho el altísimo nivel que demostraban en los 11 temas del disco. Aun siendo versiones eran capaces de dotarlas de un sello propio poco prodigado en este país demostrando una vez más que la calidad artística de nuestros músicos no tiene nada que envidiar a la de cualquier país, por mucho que les cueste reconocerlo a las radiofórmulas.

Con la mente llena de estrofas, acordes y mucho blues volví a retomar Eurovegas. Ellos mismos nos cuentan que este disco es “más maduro y con canciones más redondas”. Además se ha grabado en analógico, se ha incorporado un nuevo integrante al grupo, el pianista Miguel Rodríguez  y presenta colaboraciones de lujo como Bob Sand, Santi Cañanda , Chiaky Mawatary, David Carrasco, Álex Serrano, Julián Maeso, Luca Frasca, Raul Marques, Marina Sorin, Francisco Simón, y Miren Iza (Tulsa). Ahí es nada.

En lo que respecta al disco en sí, en líneas generales podremos apreciar que el blues aun siendo puro en algunos temas se aprecia difuminado y claramente influenciado por otros estilos en la mayor parte de los cortes.

Se alternan ritmos acelerados, repletos de guiños cómicos y ganas de bailar sin descanso, como en “A girl like him” o “Something else”, con baladas al piano y voz pausada entre penumbras “Too far to miss” o “This is not my first love song 2” (al menos los primeros 4 minutos, porque el corte posterior es mucho más divertido y desenfadado).

Los caminos en los que nos encontraremos se harán cómodos de andar, agradables de pasear, dejaremos que brille el sol sobre nuestras cabezas mientras se suceden las melodías en nuestra cabeza.

Como en todo buen disco que se precie hay joyitas escondidas en engañosa sencillez, y “The Break” es un claro ejemplo de ello. La voz de Miren Iza en este tema a lo “Crash Test Dummies” es delicioso.

A medida que van pasando los minutos te inunda la sensación de que estos tipos en directo tienen que ser la bomba. El carácter cómico incisivo de sus letras, su tono circense en algunos cortes y su más que probado alarde instrumental hará las delicias de todo aquel que tenga la suerte de verlos en vivo.

Dan ganas de escuchar “The way you walk” o “El Gato” con sus mil sonidos, tiene que ser divertidísimo.

Para no extenderme mucho se podría concluir que es un disco compacto, cargado de matices, de buen hacer, de músicos experimentados y a la vez con la frescura y el descaro que da el hacer algo sin encorsetarse a un estilo, imagen o marca. Es una gozada desde el primer segundo al último.

Se reconocen los clásicos, se vislumbran las noches inacabables, los espacios de atmósferas densas y sobre todo el cálido abrazo de quién hace lo que verdaderamente quiere y ama. Un alegato de dicción musical, una carta de amor traducida al lenguaje universal de la música.

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