El triunfo del rock

Fotografías Antonio Andrés

Si un crac universal nos iba a hacer vivir con una grieta, Coque Malla sabía que tendríamos que aprender a volar. Su apuesta para volver a encender la llama del rock and roll tras los meses pandémicos más duros pasaba por volver a lo grande, con banda al completo y toda la artillería, con el poderío ronaldo inclusive. Y con todos estos ingredientes vertidos en la marmita del druida Malla, el presagio se hizo realidad en el show de El Crac Tour, la gira que recaló en la Plaza de España de Sevilla gracias a Singular Fest.

Un espectáculo diseñado con esa maestría teatral del músico para los guiones. Ni que se hubiera criado en una familia del gremio. Arrancó precisamente con la canción que inspira el título de esta gira, El crac universal. Una creación secuela directamente del confinamiento, con la fantasía del final de la angustia abriendo las alas en esta canción de casi tres movimientos ensamblados. Con los aires soul de sus estrofas y el estallido rabioso de su estribillo, Escúchame encendió al instante la mecha rockera. Le siguieron tres canciones de la última hornada, Sólo queda música, Polvo cósmico y Extraterrestre.

Cambió entonces la Telecaster por una guitarra acústica y sacó a escena dos de las perlas del repertorio, la parisina y melancólica El último hombre en la tierra y La carta, el particular I Me Mine de Coque, que en cada gira cobra una vida nueva que la hace más contundente y poética. Las pantallas de los móviles se encendieron para grabar un No puedo vivir sin ti que sorprendió apareciendo en este primer tercio del concierto. Sin embargo, se agradece la idea de desenterrar esa costumbre de guardar el hit para el final. Además, así te ahorras los gritos constantes en el momento más inoportuno de los benitos pidiendo la única canción que conocen.

Potencia y confeti. Uno de los momentos musicalmente cumbre fue Todo el mundo arde, un blues pegajoso altamente inflamable en el que las guitarras rugieron y los cuatro mosqueteros que completan la banda convocaron la mística de la mejor magia negra escuela Robert Johnson. David Lads en teclados, el versátil Toni Brunet en la guitarra, Héctor Rojo en bajo y Gabriel Marijuán en batería. Los mismos que llevaron en volandas una canción que no necesita mucho para brillar sola, esa balada hermosa que es Me dejó marchar. Otra que forma parte de ese grupo de mejores canciones de Coque Malla que se condensan en los últimos años.

Curioso el rescate de Siempre junto a ti, uno de esos temas que quedan más escondidos en los discos a pesar de su belleza. Contrastó su prudencia con el furor que desata volver la vista atrás y recuperar algún himno ronaldo como Adiós, papá, otro título que gritaría el Benito de Coque en la quietud de la canción más delicada y acústica. Por ejemplo, en la sutileza de Berlín o en el silencio absoluto de Hace tiempo. Dos de los momentos más hermosos de la noche, sonando la ranchera al abrigo del coro de guitarrista y bajista sin un solo micrófono para una Plaza de España muda.

En el rock and roll no es posible el empate. Por eso hay que apostar todo a la victoria, augurando el éxtasis final porque es lo que se espera de los himnos que todos quieren corear. Tras El viaje a ninguna parte, volumen al once. Coque agarró el cigar box y se puso revolucionario a jugar con el desenfreno soñado de los riffs incendiarios que aguardaban confinados. Quiero que estemos pegados, Guárdalo y Por las noches, que hacía muchas giras que no sonaba, de una sola tacada. Un lazo, un agujero; el diamante disco más Jackson de Malla encaminó una despedida que se consagró con El árbol, la dylaniana Hasta el final y La Señal.

Coque Malla está en su mejor momento, cabalgando entre dos tierras, la veteranía y esa eterna juventud que parece gozar sobre las tablas. El último hombre en la tierra quedó encumbrado, probablemente, como el mejor disco del madrileño. Su sucesor, ¿Revolución?, le aupó un nivel más en ciertos aspectos y sus composiciones más importantes han encontrado en los últimos años su mejor sonido en vivo, algunas incluso resucitando del olvido, configurando un repertorio imbatible que coincide con el implacable actual estado de forma de la banda y un Coque que cada gira canta mejor, despliega mejor sus virtudes y es más dueño de su escenario. Es por eso que el espectáculo se sueña interminable. El triunfo de las noches grandes del rock: no querer que acabe nunca.

 

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