El triunfo de la maestría

Fotografías Antonio Andrés

Tras más de sesenta años sobre los escenarios de todo el mundo, no hacer sonar el piano para una audiencia en más de un año y medio de encierro pandémico en casa debió antojarse una auténtica quimera para este tótem de la música cubana. Si universal es el monumental escenario que acoge los conciertos del Singular Fest, la Plaza de España, universal es la genialidad del protagonista de la noche, el maestro cubano Chucho Valdés. El lujo patente de disfrutar de una leyenda viva de la música como Chucho se torna irreal en un marco de fantasía como este.

Y es que entre tanta belleza sólo hubo solo música por encima de la música. Chucho Valdés resucitó en directo la sonoridad mítica de su Jazz Batá con toda la timba, con nuevos ritmos y acentos. En formación de cuarteto que completaba con Reinier Elizarde Ruano “El Negrón” al contrabajo y los reyes del ritmo, Georvis Pico Milian a la batería y Pedro Pablo Rodríguez Mireles a cargo de la percusión, cautivó con su jazz en clave cubana. Efigie y símbolo de la cultura popular patria de su país, llevó sus raíces a volar por tierras andaluzas como quien juega a su pasatiempo favorito.

Regó la hora y media de concierto de goce y armonía, de pura clarividencia, con un repertorio que incluyó bolero, clásicos standards de jazz, homenaje al también revolucionario del piano Chick Corea con Armando’s Rhumba, son montuno para corear Ahora tú verás lo que va a pasar  e incluso un sorprendente y juguetón danzón alimentado de fragmentos de obras de Mozart. Un repertorio ejemplificativo de la amplia gama estilística de Chucho Valdés a lo largo de su trayectoria, auténtico prócer del jazz en la segunda mitad del siglo pasado con la valentía por fusionar sonidos de aquí y allá. Riqueza en apertura y en diversidad de géneros y acentos, siempre innovador a la par que clásico sobre el pulso y la clave afrocubana.

El pianista lució simpático y disfrutón en Sevilla, aunando sencillez y cercanía con el aura invisible de genio brillante que le rodea. Propuso juegos rítmicos con el público durante una improvisación en los bises que pasó por Bésame mucho, Waltz for Debbie, People y desembocó en But not for Me con notas que recordaban el toque de su padre, el también maestro del piano, Bebo Valdés. Esos arpegios ascendentes inconfundibles en la mano izquierda y el baile sabroso en las notas de la diestra. La contenida sencillez melódica. Y las mejores palmas del mundo, la de las manos sevillanas, que le animaron a marcarse unos divertidos bailoteos.

Se culminó redonda la noche con la grata ovación del público para la eficacia y la destreza de estos músicos grandes. Chucho Valdés es un diamante y un rubí, su aparición sobre un escenario es el acontecimiento estelar de cualquier festival y de cualquier escenario. Un músico virtuoso de esos que se presenta más humano que cualquiera pero que no es de este mundo, sino del mundo de las verdaderas estrellas, que son pocas. Los auténticos maestros del arte.

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