16 julio, 2024
"No puedo vivir sin Rick; no hay manera. No puedo estar sin Rick, sin Rick Brendan". Ángel Stanich + Rick Brendan con banda en El Verano de Malandar

Fotografías por Valentina Ricci Photo

Desde que Rick Brendan subió al escenario con su bombín, su guitarra, su camiseta de Flash Gordon (1980), su falda escocesa y sus calcetines kilométricos, sobre una grabación del “All You Need Is Love” de The Beatles que se fusionaba con el “Amor, amor” de Lolita, se podía intuir que venía a liarla parda. A grito pelado de “motherfuckers say yeah!” nos dio la bienvenida. La banda, guitarra, bajo y batería (el primero vestido de pinche de cocina kamikaze), se desempeña bien en el escenario, aunque la estrella absoluta es Rick, que nos advierte que somos “parte del rito”, que “el freakshow va a empezar”, que “Rick Brendan está en la casa”.

“Por un poquito más” sirve para situarnos: Rick Brendan tiene una voz bastante vulgar, pero lo compensa con creces a base de actitud escénica. Es un payaso en toda regla, dicho de la manera menos negativa. Sus poses de rockstar son impagables, genuinamente divertidas, y sin embargo, esto no es “Hollywood”; Brendan es Jordi Tello, que fuera miembro de Yoghourt Daze. Ahora ha perdido la vergüenza por completo, si es que alguna vez la tuvo, y buena parte de su atractivo reside en sus alocadas versiones, tan variopintas como “Doctor Amor” (del “Seven Nation Army” de The White Stripes), “No puedo vivir sin Rick” (de “No puedo vivir sin ti” de Los Ronaldos) o la increíble “Personal Trainer”, que es la parodia del “Personal Jesus” de Depeche Mode y cerró el concierto.

“Traicionas al amor”, con su aire un poco al estilo de Lenny Kravitz, o “Esta es tu fiesta”, que sirvió de momentánea despedida, demostraron que Rick no depende de material ajeno para sacarnos una sonrisa. Tiene cara de sobra para alegrar cualquier noche, así que si lo tenéis cerca no lo dejéis escapar. Se retiró entre aplausos ensordecedores… descaradamente pregrabados. Pero los de verdad, los de los pocos que estuvimos allí, fueron muy sinceros. El muy cabrón nos había ganado.

Ángel Stanich subió casi sin querer ser visto, cosa difícil dada la pinta que se gasta el muchacho. Empezó con su particular manera de construir las canciones, de menos a más, desde su guitarra acústica hasta la apoteosis de su muy compacta banda, que entró cuando el tema ya llevaba un buen trecho. Era “Amanecer caníbal”, y el principio de un gran concierto.

Estilísticamente, Stanich se mueve en territorio fronterizo. Es una especie de profeta de una extraña religión de cuatro miembros, que sospecho debe estar extendiéndose en estos mismos momentos. Lo mismo se le podrían aplicar términos como “folk”, “rock”, “country” o “psicodélico” como “iluminado”, “vicioso” o “alucinado”. Sus tres apóstoles, Víctor, Álex y Lete, son buenos músicos, y su fuerte son las dinámicas.

Una balada de intensidad creciente, como es “Miss Trueno ’89”, es una excelente muestra de las capacidades como compositor -y banda- de Stanich. Impecable, con un aire de deja vu de lo más recomendable (él mismo admitió, en “Mojo”, tener a Robert Johnson atrapado en un baúl“), su ingenio no crea nada nuevo, pero pervierte lo anterior que da gusto.

El riff misterioso de “El cruce” va haciendo de las suyas hasta que hace de las otras: llega a un punto muerto y enlaza con “Noche de setas”, de Pony Bravo, algo que el público agradece. Luego vuelve a la vía principal y se detiene. Este es el principio del “Camino ácido” que titula su disco, y la prueba de que Stanich sabe ser elegante dentro de su estrafalaria pero ortodoxa estética… hasta que decide hacer el sioux (literalmente). ¿Su particular momento indyo? A continuación nos regala una primicia llamada “Río Lobos”, que cuenta con acordes interesantes y una estructura algo truncada; esto podría ser algo de Radiohead, si alguna vez decidieran jugar a los vaqueros. Es muy buena, y notablemente corta en comparación con lo que hemos podido ver hasta ahora.

Armónica en ristre nos presenta “La noche del Coyote”, muy atmosférica e intensa. Acaba casi como el “Crime of the Century” de Supertramp, pero esto es muy  anecdótico. Lo siguiente es “una jodida ida de olla“, según el propio Stanich. “Jesús levitante” empieza con unos tímidos loops de guitarra, salidos de la absoluta nada, pero cuando entra, entra. La letra (y sobre todo la interpretación) es lasciva, blasfema, casi demoníaca – una gozada, vamos.

La semi-autobiográfica “El outsider” tiene un coherente tono confesional. Mi compañera Nuria Sánchez me comenta que le suena un poco como a Leiva, y yo estoy más o menos de acuerdo. Un tipo con un cigarrillo en los labios llega para tocar el teclado en “Carbura!” y hacer posturitas muy rockeras y atemporales. La canción tiene madera de himno, y tiene sentido, pues juega a ser la última.

Y el juego ha salido bien. Los cuatro gatos que allí estamos aplaudimos para que vuelvan, y eso hacen. Se forma una base instrumental rápida y machacona, que evoca algo de jazz por aquí, algo de The Doors por allá, pero con espíritu sureño, y desemboca en la maniática “Mezcalito”, que por fin hace que la gente se acerque y baile cerca del escenario. Luego Alex nos enseña el coro de “El río”, menos épico que su solo de guitarra. Pero es “Metralleta Joe” la que hace botar al público de verdad, y a Stanich, que salta entre la escasa multitud durante el agónico final y acaba tirado en el suelo del escenario con pinta de escoñado. El DJ pone alguna marcianada y algo de Bigott.

Haríamos mal si juzgáramos a Ángel Stanich sólo por su aspecto, o por su muy afectada (y limitada) voz. El panorama ha llegado a un punto en el que parece indispensable contar con un aire de rareza completamente único para llegar a ser un referente medianamente aceptado. Sus canciones tienen a menudo una misma línea estilística, pero también podemos decir esto de AC/DC. También son bastante buenas. Y Stanich tiene futuro de sobra para ampliar su abanico de obscenidades en voz baja y juguetona, recogiéndose la saliva (y, como en El verano de Malandar, el sudor) que a veces se le cae de pura excitación. El escenario Walking Dead, así lo llamó nuestro hombre, se le quedó pequeño a este esquizoide del siglo XXI.

Nota: la redacción de esta crónica no habría sido posible sin la amable y desinteresada colaboración de nuestra compañera Elena Gato. Muchas gracias.

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