5 marzo, 2024
Lin Cortés presentó sus Gitanerías el pasado sábado en el Teatro Pathé en un concierto que tuvo invitados como Joselito Acedo o Nani Cortés.

Fotografías Antonio Andrés

Como aquel puñal dorao de la cantiña de la Mejorana, que no por más dorado y más hermoso, se clavaba con menos dolor en el corazón. Así son muchas de las canciones de Lin Cortés. Porque de ese inicio de concierto del pasado sábado en el Teatro Pathé no se podía salir indemne. De esa poesía desgarrada de arrabal no se escapa uno sin, qué menos, algún arañazo. Me refiero a la unión de los versos de Antes, después; que cantó sin más compañía sobre el escenario que su guitarra, con su Amor de Frida. Dos canciones que son buena muestra de la especialidad donde, como autor, se mueve como pez en el agua. En la hondura universal del quejío nocturno, que nadie oye, de un amor que se desangra en soledad hasta el alba.

Encontró Lin inspiración en esa sucesión de huellas y presagios, que aparecen o se ausentan, y que ven roto su esquema cuando el amor sobrevive, inevitablemente, al amante. En la canción que albergó el poema de Cortázar, así como en la vida, se empatan el antídoto y el veneno sin que finalmente quede muy claro cuál mata, cuál da vida, o si es uno tan necesario como el otro. Probablemente, como en Amor de Frida, ambos están hechos de la misma materia.

El sábado, la banda de Lin celebraba la incorporación de Julián Heredia, un Pastorius a la granaína, un bajista total de los que valen por tres. Cuánta música aportó y qué alto puso el nivel. Además, los habituales cómplices del cordobés en sus Gitanerías: la percusión del Güito, el charme versátil a los vientos de Agustín Carrillo y el coro que ya hubiera querido Cohen para él si después de conocer a Morente le hubiera dado por escribir por tientos, con Anahís Martín y Coral y Amara Rodríguez. Además, se sumarían como invitados su hermano, Nani Cortés, para Ley de vida, la guitarra del Perla en La duda, y el trianero Joselito Acedo, que se subía a la ola del fin de fiesta en los bises.

No sólo de confesión de borrachera y de corazones rotos vive el hombre. Porque Lin Cortés ha sabido, especialmente en los últimos tiempos, dotar su música también de buenas dosis de desenfado que sirvan para poner de pie a bailar un teatro, despejando dolores a base de palmas. Por ahí llegan Novia moderna, convertida en indispensable para su público, con un estribillo que se clava en el hipotálamo como un mantra infinito, y el estreno estelar de la noche, el júbilo despampanante de Feria de Sevilla, publicada el día anterior junto a un videoclip dirigido por Juan Escribano y con la participación de su tío el Pele, Cherokee y Joselito Acedo. Estas dos formaron la mancuerna incontestable que cerró la noche del sábado en el Pathé.

Siempre se habla mucho de las raíces del flamenco, pero menos de sus ramas y casi nada de sus flores. Del flamenco Lin extrae la raíz, su lírica desgarrada, le alivia la solemnidad sin restarle hondura y lo devuelve, atemporal y actualizado, en canciones que se asoman a otros callejones y acentos. Además, sabe que la raíz no siempre está en el terruño más obvio. Que se puede encontrar también en los arabescos de Satie o en las líneas de Oscar Wilde. Que está en las Bodas de sangre de Lorca, pero también en las entrañas de Frida Kahlo. Y logra que todo junto, bien destile el antídoto o el veneno, encuentre su cauce al servicio de esa voz ronca y misteriosa de poeta maldito que rasga el alma como los dedos rasgan las seis cuerdas de una guitarra.

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