17 abril, 2024
Existen bandas cuyo paradero parece situarse en las proximidades de un enorme agujero negro, a punto de tragárselas para siempre. ¿Tiempo? El suficiente.

25/10/2014 – Sala Milord

En la cola, esperando para entrar a esta nueva Sala Milord -la antigua Events en el edificio Antique– estábamos unos cuantos, la mayoría con tripita. Poco a poco, siendo pocos, y todos a lo mismo, comenzaron las habituales conversaciones sobre la banda de esta noche. Lo buenos que eran discos como Babel, Mercado común, Suspense, Digital; lo grandes que fueron -¡se codeaban con Mecano en las listas de éxitos!-; los temas míticos como «Fu Man Chu», «Isadora», «Números rojos». De ahí la charla derivó al último concierto de God Save the Queen. Del interior salía música: éxitos de OBK, Yazoo, y el «Enjoy the Silence» de Depeche Mode. Nostalgia, nostalgia y más nostalgia, y la sensación crepuscular de un tiempo cuyos últimos vestigios desfilan ante nuestros ojos reclamando su importancia, pese a tratarse, como parecía el caso, de oportunidades perdidas sin remedio…

Algo de eso hay, claro. Pero es un gran error meter a Azul y Negro en un mismo saco junto a una banda-tributo; incluso la mejor del mundo. No me refiero a cuestiones estilísticas. Se trata del valor de lo original frente a lo que no lo es. Pervirtiendo una popular idea de Walter Benjamin, un CD cualquiera -pongamos por caso We Can’t Dance (1991), de Genesis– carecería de lo que él denominó «aura», o autenticidad, a causa de su carácter de producto exactamente igual a otro CD del mismo trabajo, en virtud de la capacidad de reproducción técnica propia de la sociedad de masas, anulando el «aquí» y «ahora» de las condiciones en las que la obra se creó; algo aplicable a toda la producción discográfica de la historia de la música pop.

Negar el aura, o la autenticidad del último disco de estudio de Phil Collins con su ilustre banda parece un ejercicio fácil; pero ¿qué ocurre si se trata de una grabación en directo? ¿Es Live at Leeds (1970), de The Who, un disco sin aura, en cualquiera de sus copias y múltiples (re)ediciones? ¿No recoge acaso el «aquí» y el «ahora» de aquel lejano 14 de febrero? Y ¿podemos aplicar ese mismo razonamiento a las propias experiencias en vivo? ¿No es entonces cuando «aquí» y «ahora» cobran su sentido último en lo que respecta a la música? Sí, se puede: un grupo tributo carecería de aura, al reproducir fielmente lo que otros produjeron originalmente. Es más, cuanto menos aura poseyera el grupo-tributo, mejor sería este, por la propia lógica de la existencia de un proyecto así. ¿Podemos también encontrar aura en una banda que interpreta su propia música año tras año, tocando una y otra vez los viejos éxitos para contento de los incondicionales, viviendo de las rentas del pasado? ¿Arruinaría la repetición lo especial de la ocasión? Quizá por parte del ejecutante. ¿Y el público que asiste a los conciertos de su banda favorita de forma compulsiva, o los sigue durante una gira prolongada? ¿Percibirán, tendrán, crearán algún tipo de aura? ¿Y los que pulsan «me gusta» en una red social…? Podemos retorcer la cuestión hasta el absurdo, y quizá la única respuesta concluyente es que la música pop, en cuanto producto de la cultura de masas, carece por completo de aura, autenticidad, o como queramos llamar al asunto. Quizá King Crimson, David Bowie o Van der Graaf Generator escapen parcialmente a algunas de estas cuestiones, pero lo cierto es que Benjamin nunca escuchó música pop. Por lo que a mí respecta, God Save the Queen carecen espléndidamente de aura, y Azul y Negro conservan una buena parte de la suya.

El secreto para esto ha sido, precisamente, el afán de una existencia musical digna, y no sólo supervivencia. En otras palabras: Azul y Negro no pueden obviar un pasado que los puso en el mapa de forma notable hace treinta años, pero se niegan a ser una banda que se versiona a sí misma, y desde hace más de 16 años Carlos G. Vaso (único miembro original presente) y los eventuales colaboradores que lo acompañan han dado forma a una discografía más discreta en repercusión mediática, pero tan ambiciosa creativamente como la que produjo las tres memorables sintonías para la Vuelta Ciclista a España.

En esta ocasión su espectáculo se llama «Suspense», y con el tema que titulaba aquel disco comenzaron su recital. En la puerta fuimos obsequiados con una postal de la banda y una barrita luminosa (muchas gracias). El escenario era pequeño, pero adecuado para los dos músicos -Vaso y su tocayo Carlos López (a.k.a. Superlópez)-, con pilas de sintetizadores y -oh- un par de guitarras; el estilismo, una mezcla de Kraftwerk y nuevas tendencias en prospección minera. Una pantalla proyectaba imágenes de todo tipo al fondo. Y ya está, no es necesario más para una buena noche de música. ¡Ah, sí! La música: «Silencio de metal» fue la siguiente elección. Vaso, poco ágil a estas alturas, no dejaba por ello de bailar, agitarse y disfrutar al ritmo electrónico de su propuesta. Metraje de la NASA y su conquista del espacio aportaba asociaciones fantásticas, futuristas (o retro-futuristas) de forma algo cutre, pero encantadora.

«No controlo nada» fue el primer tema que realmente movió e hizo cantar a los asistentes, y la primera demostración de las dotes de Vaso a la guitarra, nada despreciables por más que su aspecto resultara, cuanto menos, pintoresco. «Paso a paso» fue muy bien aceptada, como «Isadora» y su distinguida melodía de aire francés y decadente. Para entonces el público estaba ya en su salsa, incluso tarareando cosas menos conocidas de esta segunda etapa de Azul y Negro, como «Come with me» del semi-fundacional Mare Nostrum (2002). La atmósfera parecía calentarse poco a poco con cada canción, reactivando alguna nueva zona olvidada del cerebro.

«Números rojos» fue muy bien acogida, contextualización mediante. Pero no fue más que un aperitivo para uno de los himnos definitivos de los 80: «No tengo tiempo» (y su inmortal estribillo «… con los dedos de la mano…») fue apoteósico a juzgar por las caras de felicidad y los bailes que se marcó el personal. Continuaron el repaso a su historial de méritos contándonos que «The Night» era su mayor logro de proyección en el extranjero, llegando a ser sintonía de algún telediario argentino. «La torre de Madrid» y otro extracto de Suspense (1984), «Hitchcock makes me happy», pusieron fin momentáneamente al espectáculo.

A la vuelta para los obligados bises Vaso aprovechó para reivindicar esta segunda etapa de Azul y Negro y los doce discos que ha editado desde que esta comenzara antes de atacar «Imágenes». Para «El maniquí», también de su disco Vision (2010), los dos Carlos se pusieron unas inexpresivas caretas al estilo de Michael Myers. Puede que el dúo esté perdiendo el juicio, pero teniendo en cuenta lo que vendría a continuación no pareció desafortunado. Y es que el concierto acabó, como no podía ser de otra forma, con «Me estoy volviendo loco», su éxito definitivo. Con la peña en plan expansivo, con algunos hijos a un paso de la adolescencia por allí correteando, con unas cuantas copas de más celebrando los viejos y buenos tiempos y con francas sonrisas de satisfacción ante esa paradoja robada al tiempo que tenía lugar.

Aún queda tiempo para descubrirles. Con un CD editado hace un par de años, Crystalline World (2012), que recupera una ópera rock compuesta por Vaso en 1974 y se adentra en territorios más afines al rock progresivo que al electro pop, Azul y Negro dan a la vez un paso hacia detrás y otro hacia adelante; otra paradoja, que demuestra que su música pertenece, si no al ahora, a unos dominios más allá de criterios espaciotemporales: los de la música hecha con tesón e ilusión, independientemente de lo que impere en las listas de éxitos o en los círculos más atentos a las tendencias. Quizá un agujero negro se trague a Azul y Negro definitivamente, pero mientras sigan navegando merecerá la pena acercarse donde toquen o escuchar alguno de sus discos, los conocidos y los no tan conocidos, y poder compartir algo del aura que innegablemente les queda.

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