5 marzo, 2024
El cantaor cordobés se entregó al público utrerano en el XXXI Festival del Mostachón en una noche en la que cupo el toque, el baile y el cante

Fotografías por Sergio Rodriguez Navarro

El Pele podría haber llegado a Utrera, subirse al escenario, cumplir el expediente e irse a su casa. Y no hubiera pasado nada. Seguiría siendo la figura del flamenco que es. Nadie le habría puesto un pero. Pero no lo hizo. Lo dio todo. Todo. Hasta acabar asfixiado y abanicándose con las manos. Ya sin chaqueta a los pies de la escalerilla que iba del escenario al patio de butacas, donde el público lo jaleaba. De pie y satisfecho. Así terminó la primera parte del espectáculo que la Peña Cultural Flamenca ‘Curro de Utrera’ tenía preparada en el XXXI Festival del Mostachón.

Un nombre al que hicieron honor regalando a la entrada al teatro deliciosos mostachones envueltos en el cartel del festival. Una forma práctica y bonita de promocionar el producto autóctono e informar al espectador de lo que allí iba a pasar. Que fue mucho.

Lo primero, la pausada y bonita palabra de Antonio Reyes, conductor del festival. Él se encargó de presentar y animar al casi medio millar de flamencos. De ir calentando la noche hasta que El Pele abriera la boca. Para ello se valió de artistas noveles como José Olmo o Alejandro Ordóñez, un utrerano de catorce años que se atrevió a tocar la guitarra y a cantar ante los suyos. Con maestría en el toque y más que correcto en el cante. Jugaba en casa y el público lo llevó en volandas.

Tras el chaval llegó la estrella. El veterano. El esperado. Manuel Moreno Maya. O sea, El Pele. Uno de los mejores del mundo de un estilo musical llamado flamenco. Y no por lo que ha hecho en estas décadas, que es mucho. Sino porque lo volvió a demostrar. Ahí está su grandeza. Su honradez como artista. No relajarse y dejarse la voz para los que estábamos allí. Primero por soleás, después fue viajando entre palos del flamenco hasta que se hartó. “Ya no doy más vueltas y voy a cantar por bulerías”. Y el público estalló en palmas. En ilusión por lo que venía. Efectivamente, bulerías. Sentidas, vividas, inexplicables. Hay que escucharlo. Como los tangos que, con la ayuda de las palmas de todos nosotros, pusieron el broche a un rato intenso.

Fue el colofón antes del descanso. Tiempo para reflexionar lo vivido. Lo sentido. Y para recobrar fuerzas porque aún quedaba el homenaje a la cantaora local Mari Peña, el cante de la lebrijana Anabel Valencia y el baile de Carmen Lozano. Complementos al torbellino cordobés llamado Pele empujado además por el maravilloso toque del Niño Seve, un apuesto gitano que dominaba las cuerdas pero no conseguía superar la voz que tenía al lado, que hasta se separaba a ratos del micrófono como dándole piedad por la potencia de su garganta. Incluso se iba y se venía al borde del escenario a cantarnos. Sin micros ni ná. A pelo. A pecho descubierto. Así. Sincero y entregado. Puro. Apunta su nombre: El Pele.

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