14 julio, 2024
Las Noches Icónicas del Colón descubrieron en su edición de abril a la joven perla brasileña de la bossa nova.

Un joven elegante, espigado, con melena rizada afro. Apenas una perilla incipiente. Aparece en el escenario con timidez, subiendo a las tablas como quien pide permiso. Un flaquito de Sao Paulo cubierto de un aura atemporal, de un perfume de clásico. Se sienta en el taburete en la colorida Librería del Gran Meliá Colón, agarra su guitarra sin trastes (sin guías con las que orientarse), el repertorio de la noche apuntado a mano en una pequeña libretita. La escena es del jueves central del pasado mes de abril, pero el espíritu y la presencia de Will Santt (no obstante lo cual, un asiduo de las redes sociales) encajaría igualmente cincuenta años atrás. Lo mismo en sepia que en color.

El músico brasileño ha sido, sin duda, la apuesta más arriesgada de la programación de las íntimas Noches Icónicas del Colón. Un imberbe desconocido en su primera visita a España (sexto show en Europa), sin ni un primer disco aún publicado, únicamente un par de canciones en Spotify y algunas huellas digitales que indagar. Y es una verdadera celebración de amor al arte y del buen gusto, que una organización tan potente como la de Icónica abra sus puertas a los nuevos artistas que alumbran el mundo. Una bendición para el músico inédito y su espectador, el de prestarse mutuamente las atenciones precisas para dejar al descubierto las nuevas buenas músicas.

Will Santt repasó durante hora y media, a guitarra y voz, una importante muestra de lo mejor del repertorio popular brasileño. La bossa nova en todas sus ramas, la samba, el toque afro, calypso chachachá y otros palos autóctonos. Y entre clásico y clásico (standards como Desafinado, Samba da minha terra, O Pato, Eu se que vou te amar – improvisada a petición expresa del público para cerrar la velada-), temas de autoría propia que integrarán su estreno discográfico, previsiblemente público este verano: Máquina do tempo, Aranhol, Dona do mar, Anil Divinil

Tiene Brasil la melancolía más bella del planeta. Esa saudade que Will hila con finura y destreza, con un susurro celestial de melismas y hermosos glissandos que nos remiten a los discos que todos escuchamos y sembraron el concepto universal de la música brasilera. A Caetano, a Jobim. Con la pericia física y armónica de mano izquierda que exige lo brasileño, con el latir a la diestra. Con una dulce voz de seda que le saca todo el brillo a la musicalidad innata de la lengua portuguesa. Dominando los silencios, las sutilezas del cantar, con la emoción contenida que mece las melodías de estas canciones, que teletransportan a las arenas cristalinas de las playas en que Vinícius de Moraes y Antonio Carlos Jobim miraban pasar a las garotas camino del mar.

Con Will me pasó como con otros jóvenes artistas en su momento, me deslumbró la estela de gran artista que le sigue. Esa sensación de estar ante algo grande. No siempre es tan evidente, en ocasiones hay que estar atento a pequeños detalles. Como la primera vez de Silvana Estrada; María José Llergo sin, entonces, su primer disco; o una anónima Rosalía que hilvanaba junto a Refrëe los primeros trazos de Los Ángeles. El momento preciso antes de la explosión, un artista inicial en el calentamiento de su primer punto de ebullición. La fotografía previa a que todo ocurra, el instante en que se para el tiempo. Aquello que sucede antes de que se inicie la trama. La historia que podría escribirse en el margen de la página, la prehistoria de un artista, cuando las raíces emergen. Aquella noche de jueves, hasta al barman le sonaron a bossa nova los hielos al caer en la copa.

Fotografías por Luis Rivera (cedidas por Icónica)

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