The Trackers en La Caja Negra «Ritmo a ritmo, con cafeína, nacía la vida»

The Trackers 13/02/2015

Fotografía Alejandro de Larriva

Si abrías una puerta, la otra ya estaba cerrada. Daba la sensación de que era algo que nunca fallaba. Detalle imprescindible si lo que querías era entrar en La Caja Negra a paso tranquilo. Como te exigía la música que salía de dentro. La música de The Trackers. Abierta una, entrabas, cerrabas, y abrías la otra. De la sincrónica relación entre la apertura de una y el cierre de otra, se encargaba el chico que controlaba el flujo de personas que intentaba acceder al local.  Nosotros lo teníamos fácil. O al menos de eso nos dábamos cuenta cuando el responsable reconocía nuestras pintas. Nuria y Ale, nos dijo. Correcto, respondímos al unísono. Necesitábamos saber a qué sonaba lo que The Trackers estaba creando en la caja de techos altos. Era la víspera del día de los enamorados, y yo estaba más acompañada que nunca.

En el interior, cuando cerrabas la segunda de las puertas, cuando estabas todavía ahí, en la parte alta de la rampa, la música sonaba muy de cerca. Respirabas buena calidad, lo cual  permitía sensaciones que sólo podrías experimentar en primera fila, pensabas. Aunque, si dabas rienda suelta a tu horizonte y mirabas en derredor caías en que, estar en primera fila no era cuestión de posiciones.  Era un sentimiento. Todos los de allí estábamos en primera fila. Incluso el chico que estaba apunto de entrar esperando en ese cuadrilatero de entrepuertas, estaba en primera fila. Incluso el camarero de la barra del final, estaba en primera fila, te decías mientras comenzaba a sonar Wake Up y el optimismo te invadía lo suficiente como para esbozar la sonrisa que conviviría contigo hasta el final de la velada. Era Brasil, estabas muy cerca de Brasil.

Que la vida son dos días… Lanzaban los cincos al vacío. Se entendían, ese escenario estaba habitado por músicos que se entendían, que se miraban, que bailaban con cada comienzo y renacían con cada final. Y entre golpes opitimistas, luces rojas, felicidad, un guitarra que lo vivía y un cantante que te miraba de vez en cuando a los ojos casi sin mirarte, podías sentirte como dentro de una gran familia mientras el saxo se marcaba el primer solo de la noche. Él también cerraba los ojos al tocar. Y, así, tropezabas con dos que bailaban a tu izquierda, dos que podrían estar ligando por primera vez, aunque llevaran diez años de casados. Tú qué ibas a saber en un presente tan bien vivido. Lo que The Trackers estaba dando no era un concierto. Conseguían, ritmo a ritmo, con cafeína, fuerza y alegría crear un trozo de algo en tu vida. En la tuya, que creías que asistías a un concierto, a un conjunto de palabras que tendrían comienzo y final, como las frases que convivían con La Innombrable, cuyas letras sentían con ahínco un Y ahora recordar, recuerdo…

Justo al pisar suelo firme, ya comenzabas a darle vueltas al ambiente que te envolvía sin pedir permiso. Que parte de la sonrisa que te había nacido de repente se dibujara con esa facilidad, te hacía sentir lo que escuchabas directamente en el rostro. Y no podías engañar a nadie. Era ahí cuando te dabas cuenta de lo que hablaba esta nueva canción …Y eso que no muere nunca…, eran las letras que se ajustaban al estado de ánimo del que eras dueño en ese momento… Y eso que no muere nunca…   The Trackers descansa, los instrumentos pasaban a reposar a un suelo que aún temblaba.

La vuelta al escenario fue cosa del público, en realidad. A través de una serie de ritmos suaves, escuchabas piropos que dejaban en muy buen lugar al grupo. No se salvaba de un GUAPO ni uno de los integrantes. Sentías en las ganas con que arrancaban, el agradecimiento a su público. Porque ante cosas como estas, testigo directo de los acontecimientos, piensas que las GRACIAS van implícitas en un todo, y la morena de la izquierda ya lo estaba demostrando con el baile, digno de cualquier coreografía bien pensada.

Llegaba el momento culmen de la velada con letras dedicadas a los músicos, cómo no…  Y rápido, casi sin darte cuenta, señalas ese Flugelbone que, poco a poco, como ocurre con todo, llega al final, siempre codo a codo con el vocalista.

Y ahora sí, se presentan, son The Trackers. Pasa lo que pasa en una banda donde todos son más que protagonistas, tienen el minuto de gloria, el individual, y se explayan. Lo hacen porque lo necesitan, se nota. Cada instrumento suena como si fuera el único.

El camarero del final aplaude. Luego, sonríe. Si hay cosas importantes en la vida, la música, sin duda, es una de ellas, te decías cuando cerrabas la primera para poder abrir la puerta que te devolvía a la realidad de una noche brasileña.

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