13 abril, 2024
Lenta, pero inexorablemente, el Monasterio de la Cartuja fue llenándose, principalmente, de adolescentes. Y yo allí, en medio, con mi cámara colgada y mi cara de sospecha. ¿Qué me había perdido? ¿Y qué clase de concierto iba a ver? Hmmm…

LÍNEAS PARALELAS

Lenta, pero inexorablemente, el Monasterio de la Cartuja fue llenándose, principalmente, de adolescentes. Y yo allí, en medio, con mi cámara colgada y mi cara de sospecha. ¿Qué me había perdido? ¿Y qué clase de concierto iba a ver? Hmmm…

La respuesta a la primera pregunta es la misma que la de la segunda, adelanto. Pero vamos a los hechos; los fríos datos, queridos:

The Noises

The Noises es un quinteto de chicos, muy guapos todos. Resulta que también pueden tocar, y muy bien, sus instrumentos. Tienen un sonido rockero y electrónico, con un par de guitarras que alternan con teclados dependiendo del momento creando efectos realmente conseguidos. O, si queréis, podemos hablar de un pop energético y épico a la vez, que sabe sonar simple y grandioso. Pero para haceros una idea lo mejor es echar un vistazo a “Pacífico”, estupendo tema lleno de buenas vibraciones y muestra de lo que podemos encontrar en su álbum homónimo.

Guitarras juguetonas, en una onda similar a Bloc Party, baterías muy elaboradas dignas de unos Arctic Monkeys, intensidad dosificada, coros pegadizos, partes ideales para tocar palmas, arreglos precisos, esencias británicas postpunk, un poco de experimentación (recuerdo un tapping lento a la guitarra, muy llamativo en el contexto de una pieza tranquila y algo reminiscente de Radiohead), humor indefiniblemente nocturno, voces con un no-se-qué de morriña de lo más agradable y una puesta en escena simple (casi entrañable) hicieron que su actuación resultase muy corta, y todo un placer. Al cantante le falta algo de control en la voz, pero sabe pasárselo bien sobre unas tablas, y eso acaba contagiándose al público, que los despidió muy calurosa y merecidamente.

Second

Y llegamos a la atracción principal en este particular versículo de Nocturama. También un quinteto, la banda murciana (¿o marciana? Esos uniformes en plan Kraftwerk…) encontró el recinto ya mucho más lleno. En seguida se metió al respetable en el bolsillo con el primer tema, “2502”. El tono general es considerablemente más oscuro que el de sus predecesores, en buena parte debido a la voz más grave de Sean Frutos (que también es guapo, pero baila menos). La música es más seria, menos propensa al optimismo, aunque no necesariamente mejor o peor por ello. En cualquier caso, el ambiente era de auténtica fiesta.

En ocasiones bailables, al estilo de Franz Ferdinand, Second tienen un directo potente. La cara de psicópata de alguno de sus miembros durante la ejecución de los temas denotaba entrega, y esa entrega no decayó en ningún momento. Puede que su paleta no sea exactamente multicolor, pero la gama de grises es lo suficientemente amplia como para satisfacer a casi todo tipo de exigencias. Tienen un bajista que sabe ser funky y sabe no serlo, dos guitarras imaginativos y eficaces, un batería correcto y funcional y a Sean, que a su rollo serio y algo malaje no deja de ser un buen frontman. Entre todos construyen y deconstruyen buena parte de la herencia británica indie que los alimenta (bueno, y con la ayuda de un público incondicional, que cantó casi todos los temas) sin renunciar a ser accesibles.

“Más suerte”, de su álbum Fracciones de un segundo fue recibida especialmente bien, así como “Rincón exquisito”, con su intro de guitarras atmosféricas a lo U2. Ritmos rápidos, casi agresivos, desembocaron en “La distancia no es velocidad por tiempo”, cuyo reciente videoclip hizo que se produjera cierta extrañeza al compararla con su versión en directo, más convulsa y expresiva, y a mi modo de ver mucho mejor que en su versión agreste y desnuda.

El rockabilly postmoderno de “Lobotomizados”, con su estética mutante, enfiló el concierto hacia el final de forma muscular. De los bises, más llenos de percusión y tensión (y con Sean tocando teclados, anterior competencia de los guitarristas) destacó “Rodamos”, desempeñando labores de himno. Y funcionó, como todo su repertorio. Prometieron volver pronto. Menos mal, porque si Second hubieran sido de chocolate, no habrían salido enteros de Cartuja.

Así que allí estaba yo, en medio de todo un instituto de fans adolescentes, con mi cámara colgada y mi cara de sospecha. ¿Que qué me había perdido? ¿Y qué clase de concierto había visto? Fácil: uno muy bueno. Dos bandas de corte similar y sin embargo con su propia personalidad, que supieron dar a su público un buen rato con profesionalidad y gusto. Como en el logo de Second, las líneas son falsamente convergentes; no es más que un efecto creado por la perspectiva. Ambos grupos reúnen méritos suficientes o madera para ser o convertirse en referentes muy válidos en sus respectivos dominios, estén donde estén o lleguen cuando lleguen. Así lo creo y espero.

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