21 abril, 2024
Quizá sea una caja negra el sitio adecuado para encontrar indicios de por qué tantos sueños se han ido al traste.

Fotografías por Antonio Guerrero

Noche de evidente nostalgia, «Sweet Home Alabama» se encargaba de proporcionar el necesario vínculo con edades doradas del Rock clásico al escaso público de La Caja Negra. Randy López es un superviviente de otra época, que debe su fama -mayor o menor- a lo que hizo hace mucho tiempo con formaciones de atractiva oscuridad mediática (Expresión), consideradas poco menos que míticas entre los cognoscenti (Mezquita), o plenamente consolidadas (Medina Azahara), todas ellas relacionadas o protagonistas de lo que vino a llamarse Rock Andaluz. Y, sin embargo, Randy López no vive en el pasado.

O no del todo. Oh, claro que tiene que tirar de versiones para conseguir esa respuesta del público que no obtendría fácilmente con sus temas nuevos (o ya puestos, incluso con muchos de los viejos), pero cuida con esmero los arreglos para hacer suyo, en la medida de lo posible, el material del que parte. Y en sus propios temas el pasado es una presencia constante, pero -especialmente a nivel lírico- no es más un amuleto que un punto de partida; a menudo de reflexión.

El primero que despachó, «Corazón de luna», no es un buen ejemplo de esto; comenzó con un ritmo lento de vals, con el teclado y la guitarra incorporándose de forma misteriosa, hasta que a una señal de Randy -un poco al estilo de Steve Harris– la canción se materializó propiamente. Las letras, cósmicas hasta decir basta, incurren en imágenes identificables para todo buen aficionado, pero nada que no puedan remediar un Randy en un magnífico estado vocal y unos músicos tremendamente competentes.

Los homenajes empezaron bien pronto: «¡Ya está bien!», de los inevitables Triana, presentó la diferencia específica que López es capaz de aportar, consistente en un punto intermedio entre el progresivo autóctono y el heavy metal patrio. Lo suyo es un hard rock de aquí, maduro y elegante, que celebra sus raíces y las viste con lo que mejor le parece. La guitarra de Antonio Uclés es la principal responsable del endurecimiento de este auténtico himno, pero da para mucho más, y así pudimos comprobarlo a lo largo del recital. Fantástico. Y si antes tuvimos un clásico progresivo endurecido, a continuación teníamos otro tema, «Me pregunto», de Medina Azahara, convenientemente sinfónico.

«Nacido en el siglo XX» es el single elegido para presentar el nuevo disco, llamado de igual modo, pero es además un tema importante en otros sentidos. Esencialmente una canción protesta -enormemente rockera-, es también una reivindicación del lugar de Randy en el mundo, y de la pertinencia de unos valores que deberían entenderse como universales en este tiempo de relativizaciones de carácter siniestro. Esgrimir simplemente la presencia entonces, o la experiencia, no es por sí sola una justificación para la presencia ahora, pero aquí está Randy, cantando con convicción verdades irrefutables de un tiempo ya pasado; y en eso consiste su alegato: él estuvo allí, fue testigo de cosas, y la comparación con lo que ocurre ahora no es favorecedora para nadie, puesto que ha perdido -eso dice él- los sueños que una vez tuvo.

Paparruchas: un proyecto, un disco y una gira, en mi idioma, son sueños, y de los mejores. Randy López no va a cambiar el mundo con su música, pero está facultado de sobra para alegrarte la noche con música atemporal, y por ende muy buena. «Fantasmas» es una canción de potente heavy rock, con unos coros tan de los ochenta que son en sí mismos una virtud; el teclista, Nacho Fernández, es perfectamente capaz de cargar con todo el peso melódico que haga falta, aunque haría bien en no intentar cantar por encima de sus posibilidades, como cuando aventuró los coros de «El jardín», otro alegato contra situaciones actuales ,de 1rec3 (2013), el primer disco en solitario de nuestro hombre.

A continuación López anunció unos «tanguillos de Cádiz rockeros». La cosa resultó ser otra referencia a la crisis en su último disco, «Yo he visto un hombre llorando», con un elaborado trabajo a la batería de José Gutiérrez, que estuvo inmenso, curiosamente, sobre todo en las versiones, de las que hubo generosa ración: «Yo he visto…» desembocó de forma natural en la popular «Camarón» de Pata Negra, muy cambiada. De ahí pasaron al modelo, y se enfrascaron en una «La leyenda del tiempo» de órdago. Un riff de bajo muy flamenco introdujo «Recuerdos de una noche», y no contentos con eso regalaron «En el lago», en clave reggae al principio, y bastante heavy al final.

Los talentos de Gutiérrez no acaban tras el kit; es también el director, productor e ingeniero de sonido de Randy, además de compositor y ocasional corista. Su técnica, fluida y económica, espectacular cuando aborda ritmos de la tierra, propulsó hacia arriba el tramo final del concierto. Y para acabar, Randy se auto-homenajeó con «Quisiera saber» y la insistentemente demandada -casi desde el principio- «Navajas de cartón», dos ejercicios de duro clasicismo de Medina Azahara, que dejaron las cosas en un punto inmejorable hasta la próxima ocasión que nos visite.

Uno, que es un sentimental, no pudo evitar gastarse los seis pavos de turno en el disco que se vendía en la barra. Lo había escuchado gratis-y lo he vuelto a escuchar más veces aún tras ello- en Spotify. ¿Pero cómo se paga una noche de sueños redivivos? El precio de la entrada de La Caja Negra no me parecía suficiente para recompensar los bríos de otro sentimental, que se niega a desaparecer en el confuso y sombrío panorama actual, sea éste musical o social, sin alzar la voz y empuñar su bajo con maestría, aunque su discurso sea algo ya conocido. Existen verdades eternas. No sugiero ese tipo de importancia para Randy, pero la ilusión de eternidad es un valioso punto de apoyo, máxime cuando la realidad amenaza con derrumbarse en cualquier momento tal y como la conocemos. Randy López ofrece un relato quizá gastado, pero reconfortante y muy cuidado, que nos recuerda que las buenas historias nunca pasan de moda si están bien contadas, aunque a veces cueste encontrarlas.

Por último, y para responder a cuestiones planteadas: no, no encontré los indicios de por qué tantas sueños se han ido o amenazan con irse al traste últimamente. Sí encontré, en cambio, una queja legítima y coherente, sin menoscabo alguno de dignidad. Pocas respuestas, pero más preguntas, o preguntas más adecuadas, para seguir viviendo la música como un medio que trasciende lo puramente comercial y nos reconecta con lo más humano de nuestras, cada vez más, deshumanizadas vidas.

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