27 mayo, 2024
Esa noche nos dábamos cuenta de que la música de Fired era la única vía posible para unir las vidas de sesenta desconocidos. Esa noche, amigos, caíamos en que no tenían ni una sóla que hicieran a tus ganas aminorar.

Repetir y repetir. Y así, piensas que llevas muchos conciertos de retraso. Que ya vas  tarde para sentirte una más entre toda esa gente que llenaba el Café Tarifa un viernes noche. Que es Fired quien te tiene que aceptar y no tú la que opine sobre lo que estos cinco chicos (muy maduritos todos) hayan deshecho sobre el escenario. Lo que viene a ser un «me ha pillao el toro».

Y con una desventaja de «aquí te espero» me coloqué la primera de la fila, desde donde limitaba mi vida a respirar, observar, escuchar y callar. Un objetivo difícil para mi (nula) capacidad de concentración. Pero Fired me lo ponía fácil.

¿El sitio?, entero de madera. Nada del exterior se correspondía con todo lo que hacía del interior territorio habitable. Un chiringuito de playa que esperabas encontrar llenito de surferos y surferas, rubios, guapos y bronceados al milímetro dándote la bem-vindo. Pero no. Obviando la arena, un paso adelante y con buena zurda, la vista se te iba arriba a la izquierda, desde donde colgaba una tela de diez por diez con la cara de un Camarón que podría haber pasado por un Bob Marley divinamente (aunque creo que no tocaron nada ni del uno ni del otro). Un lugar de estos que acompañarías con un mojito sabrosón entre las manos de alguno. A ser posible con Fired de fondo. Espera, espera, que te cuento.

 A ese concierto asistía porque conocía a uno de cinco, concretamente al de la camisa cuasihawaiana de un tono azul extraño. Se hace llamar Iván. O Iván Kalifornia. Seguro que todas las groupies de Fired que toreaban a un ritmo de bandera unas canciones muy bravas, saben de lo que escribo. Y bueno, asistía movida por una curiosidad que necesitaba resolver casi a ciegas. Podría ser una especie de cita a ciegas con la música, sí.

Y las citas ya sabemos: o salen bien o salen mal. Que un término medio definiese la velada era complicado. Imposible. Fired resultó ser el grupo al que o pides matrimonio o no aceptas ni café de domingo. Allí no había medias tintas por validar. Llegar a los baños de Café Tarifa nos costaba lo suyo, el ambiente era perfecto para bailar arrimados y las caras (casi todas familiares para los artistas, les conocieran o no) sólo derramaban dosis de bella diversión. Daban envidia. Sentíamos envidia. Te sentías arropado y envuelto a una. Parte de culpa era de Lucena, el cantante, menudo el movimiento con el que nos acompañaba. No olvidó en ningún momento a sus músicos y no dudó en dedicarles sonrisas y guiños a golpe de melena. Pelazo.

Esa noche nos dábamos cuenta de que la música de Fired era la única vía posible para unir las vidas de sesenta desconocidos. Los que estábamos allí. Esa noche, amigos, caíamos en que no tenían ni una sóla que hicieran a tus ganas aminorar. Y pensábamos que sus canciones te daban pie a muchas noches más; a buscarles en su próximo concierto, a robarles parte de su tiempo pidiéndoles ¡OTRA!

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