21 abril, 2024
En el camino de regreso a casa aún suenan los timbales y la batería en nuestra cabeza. Al día siguiente agujetas de las buenas y sonrisas de recuerdo. Mágic

Fotografías por Esperanza Mar

Sala Malandar, 23/01/2016

No suele haber mucha gente en conciertos de este tipo. Y es una auténtica pena porque los 2 primeros minutos del show con nuestro protagonista como único protagonista es simplemente delicioso.

Por un lado lo entendemos, la comunidad africana no está aún muy arraigada en nuestra ciudad, pero por otro pensamos que esta música que nace del alma, inocente y pura de quien lleva en la sangre tanto sufrimiento sería algo que a la mayoría de los sevillanos les encantaría ver y escuchar.

La música africana así en general, y más concretamente la senegalesa, con Youssou N’Dour como máximo exponente, si obviamos un poco al archiconocido Akon, se ha ido abriendo camino poco a poco en el panorama musical internacional. No es que sea de consumo masivo pero  sí que se puede decir que está en expansión por el mundo, sin perder ni un ápice de su raíz. Y es que la música senegalesa es precisamente eso, tradición y folklore.

Su estandarte es sin duda la percusión, con instrumentos como el djembé, la tama (tambor de axila), o el kessing-kessing. Si eso lo traducimos a un directo, en pocas palabras, lo que significa es diversión y hermanamiento. Justo lo que vamos a ver esta noche.

Tras una pequeña introducción en acústico del propio Malick seis músicos salen a escena: Ababacar Kamara (Bateria), Manuel Sierra (bajo), Fidel Márquez (Percusión), Sergio Ceballo (Teclado), Mariana Briones (Coros y baile) y Ballena Gurembe (Cajón y pandereta).

El concierto empieza con ritmos sosegados que son perfectos para ir metiéndonos en faena pero como bien acabamos de decir la música senegalesa es sobre todo percusión, que esta noche viene en forma de batería, bombos, caja flamenca y artilugios varios.

Como no podía ser de otra manera los mensajes se suceden durante toda la velada, y escuchamos, por ejemplo, un tema dedicado a todos los inmigrantes. Malick quiere transmitir la idea de que “tener una tarjeta de residencia no garantiza un trabajo y tener un trabajo no garantiza riqueza. Hoy en día nosotros los africanos tenemos que apostar por los proyectos en África y no arriesgar nuestras vidas en el mediterráneo para venir a una Europa en crisis llena de reglas.” (sabias palabras)

Los sonidos exóticos nos transportan a valles desiertos, arenas sin fin y gentes sin maldad. Tienen una especie de efecto curativo en nuestras conciencias. Nos acercan a la tierra, al suelo que pisamos y al aire que respiramos pero no de una forma individual, no a nuestro aire, sino al que respira la persona que tenemos al lado, al que respira un extremeño, un cántabro, un vasco, un francés, un marroquí o un senegalés. El mismo aire para todos, el mismo suelo para cada uno de nosotros por mucho que nos empeñemos en dibujar líneas imaginarias. Ni un mar, ni un océano, ni una montaña, ni un desierto nos separa de las personas que sienten, sufren y disfrutan al igual que nosotros. Que delicioso sabor de boca se te queda al pensar en ello.

La noche discurre entre timbales a cuatro manos, bailes espontáneos, besos multirraciales y mucho, mucho ritmo. Llega un momento en el que desconectamos por completo y la danza se adueña de nuestros cuerpos. Esto ya no hay quien lo pare. Todos al unísono disfrutamos, danzamos, sentimos nuestro propio ser pesado, nos deleitamos con los pasos de nuestro acompañante, nos reímos si cabe de nuestra propia sombra y sobre todo nos dejamos llevar, que para eso hemos venido. Que mejor plan hay para un sábado por la noche que disfrutar de estar vivo, de sentirte en comunidad, de reír y divertirse entre todos y no en solitario. Digno de ver y sentir. ¡Hoy es el día para bailar por… lo que sea de cada uno!

Seamos sinceros, ¿desde cuando en un concierto los que se lanzan a bailar son los hombres?, ¿desde cuando los protagonistas absolutos son los contoneos  sensuales y adictivos de los hombres? Difícil, ¿verdad? Eso es lo que pasa con esta mentalidad europea. Esta claro que en un concierto de música africana no os va a pasar lo mismo. Aquí si se lanza a bailar alguien en solitario y destacando es siempre un hombre y además de esos que te dejan boquiabierto en cada movimiento. También hay mujeres, por supuesto, y bailan tremendamente bien cuando “Ziaré Bamba” suena a todo trapo.

Los amigos y espontáneos no paran de subir al escenario para deleite del personal. A ver si así aprendemos algo de su ritmo interior aunque sea por mimetización.

Si al principio dijimos que la música africana no se entendería sin percusión a medida que hemos ido avanzando en el concierto no sólo nos hemos asegurado de su importancia sino que además hemos tenido el privilegio de asistir a una clase magistral de ritmos arraigados en una cultura, en un modo de pensamiento y de vivir. Los percusionistas, y habló en plural porque han sido varios a lo largo de la noche, han demostrado un manejo apabullante de los cambios de ritmo y los latidos de nuestro propio corazón, jugando con el como les ha dado la gana. Sobre todo el batería que ha sido capaz de imprimir fuerza, ritmo, desenfreno y raíces a partes iguales con apenas unos segundos entre una cosa y otra.

Veníamos a la presentación de un disco, veníamos a un concierto de música senegalesa, veníamos a una emblemática sala que apuesta por la difusión cultural con un cartel arriesgado y muy atractivo. A eso veníamos, pero lo que nos hemos encontrado aquí ha sido mucho más. Nos hemos encontrado con unas personas que en apenas un par de horas se han convertido en una comunidad y han reído, bailado y disfrutado como si se conocieran de toda la vida. Nosotros también nos hemos apuntado al carro, por supuesto y hacía tiempo que no disfrutábamos tanto la señorita Esperanza y un servidor de un concierto.

En el camino de regreso aún suenan los timbales y la batería en nuestra cabeza. Al día siguiente agujetas de las buenas y sonrisas de recuerdo. Mágico.

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