5 marzo, 2024
La vuelta de Maga puede resumirse en dos suspiros: el que dimos al verlos y el espacio de tiempo en el que transcurrió el concierto

Fotografías por Mr. Hipérbole para Global Music 360

Y la cajita de música que era Maga en nuestro recuerdo, se tornó estruendo y victoria, tormenta y consuelo. Porque hace mucho que los extrañábamos -no pisaban tierra hispalense desde 2012- y su reaparición en el Teatro Central, con las entradas agotadas hace semanas, fue una inyección de vida. Una función de magia sin trampa con la que cerrar su gira de quince aniversario. Una atalaya desde la que mirar hacia delante tomando el impulso de ese Salto Horizontal inminente. Una noche, en definitiva, de reencuentros, emociones y asteriscos en la palma de la mano.

Con el aforo a reventar, la banda firmó un repertorio generoso en el que cada tema tenía un significado propio para la muchedumbre absorta que se apretujaba en el patio sin butacas. Lecciones de vida con ritmo, métrica y rima. El arranque ya levantó las cartas de una partida que luciría el corazón y los decibelios al aire. Apenas cuatro temas les bastaron para que empezaran a temblar las tablas que pisábamos con los saltos de «Agosto Esquimal», punto de inflexión para nuestra afonía actual. «Si soy más fuerte que ayer/hoy no prometo disimularlo» reza el profético comienzo de «Hoy». Justo después se nos pegó la «Sal y otras historias», delicioso cuento sin final que terminó en apología del ruido. 

«Algo no va bien/cuando sé que soy feliz». Ahí lo llevas. «La balsa» es uno de esos temas redondos en forma y contenido de Maga. Corta, intensa y con más razón que una madre. Aprovechar, desde aquí, para lanzar una petición a favor de «Silencio» como conciliador himno para esta nuestra ciudad. Si el escenario fue capaz de reunir a un devoto macareno con un ateo redomado, ¿cómo no lo vamos a conseguir nosotros? Javier Vega es el corazón palpitante del sonido de la formación. El flow hecho bajo, preponderante, siempre oportuno. No llevábamos sombrero pero igualmente nos descubrimos ante su talento.

Aunque nos habría «bastado» con ellos, el hijo pródigo incluyó en su vuelta la presencia de invitados ilustres. Zahara, sentadita y como si tal cosa, se marcó un «Intentos de color» apabullante. También interpretó a dúo con Miguel «El cristal por dentro», en un ejercicio de pelos de punta. Con Javier Valencia -cantante de Full– se batió en maravilloso duelo en «Celesta». Completaron el elenco Anni B. Sweet, Pablo Cabra (anterior batería de Maga) y Paula Padilla (O Sister), junto con Juano Azagra (All la Glory), que nos regaló una épica versión de «Piedraluna».

Continuando con el recorrido cronológico y cromático de la banda, «Azul cabeza abajo» nos dejó a Miguel Rivera paseando entre el público, abriendo las aguas a su paso como un Moisés pagano. El resto del concierto fue un regalo en forma de «El ruido que me sigue siempre»«Hagamos cuentas»,«Medusa» y, cómo no, nuestra «Diecinueve». Porque ya no es suya, sino de todos. El respetable, que se había mostrado un tanto flemático en algunos sectores -quizás debido a tanta emoción contenida-, rompió a cantar sin prejuicios.

Y como buen ilusionista, Rivera hizo que todo ocurriera muy rápido. Tras el amago de final regresaron armados de «Astrolabios», para cerrar con una dedicatoria a Germán Coppini. Sonó «No mires a los ojos de la gente» convertida en fiesta de despedida, con todos los invitados sobre el escenario. Y una vez pasan los dos o tres minutos de aplausos, cuando la luz vuelve al teatro, caes en la cuenta de que en realidad Maga nunca se fue (ni se irá). Porque su hechizo es ya permanente, porque llevamos tatuadas las coordenadas de su universo y porque quien tiene magia, no necesita ningún truco.

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