23 mayo, 2024
La puesta de largo perfecta para una formación con un directo potente, entretenido y cercano

Fotografías por Esperanza Mar

Las decisiones que tomamos nos definen, clasifican y orientan (o desorientan) nuestros pasos. Algunos se arriesgan después de mucho cavilar y otros se tiran a la piscina aunque no haya agua. «Quien no se embarca, no se marea», suele repetirme una buena amiga. Por eso, como todo en la vida, cualquier determinación, cada elección, conlleva un margen de error que va desde la apuesta sobre seguro al pito pito gorgorito. Los que el pasado jueves nos decantamos por conocer el proyecto de Luis Brea en el Teatro Central acertamos de lleno, con una exactitud de calculadora científica y pocos decimales.

Fue esa sensación de puntería la que se nos quedó pegada al paladar al salir el jueves de la Sala B del teatro. Luis llegó casi de puntillas al centro del escenario y consiguió que no apoyáramos la espalda en la butaca durante todo el concierto, mientras iba desgranando sus mil razones. No sólo «para ser feliz», sino también para ratificar que su propuesta cumple con todos los requisitos para entrar, enganchar y quedarse. Las casualidades son otro de los apartados que fraguaron esta historia a medias con Brea. Encuentros fortuitos en bares, tropezones o caminos que se cruzan en un carril bici. Así fue también como su propuesta llegó a estos oídos por primera vez hace meses, haciéndome levantar las orejas como un gato curioso. He de confesar que se trataba de un encuentro más que esperado.

Los primeros compases de «El verano del incendio» inauguraron con estruendo el repertorio presentando las credenciales de una banda que daría poca tregua a lo largo de la velada. «Parchís», «Más de veinte» y «Singles», que acabó con toda la banda en coro alrededor de la batería de Álex Barberá, refrendaron este amor a primer oído. Con todas ellas la misma impresión: familiares. Tanto como si las hubiéramos vivido. Aunque definir a Brea (y muchos lo hacen, o lo hemos hecho) como un cronista de los momentos comunes supone, además de una reducción simplista, un completo desconocimiento de las capacidades del madrileño. Las de él y las de su miedo. Porque el directo resultó mucho más potente de lo esperado en alas de una banda engrasada, compenetrada y que suena francamente bien.

A ratos declamando más que cantando sus propias letras, e incluso sonriéndose con ellas, «Discotecas» reflejó la realidad de muchas noches («nos fuimos de discotecas/y nos trataron como a una mierda/cerveza cara y caliente/y quitaros de la puerta») y descubrió la estupenda línea de bajo de un Nacho Mora que andaba recalentado por los focos. Al recién finado Bowie le dedicaron «Domingo de resurrección», punto de inflexión antes del episodio más íntimo del show. Lo compusieron «Hada Roja» y esa voz susurrante que le dio el pie, junto con la magnífica «After Crisálida», cantada a ratos fuera de micro. Casi tímida abrió «Mil razones», una de las más esperadas, provocando sonrisas de medio lado y alguna que otra mirada furtiva.

La actitud de Jorge Martí con la eléctrica fue uno de los focos de atención y color del conjunto. Sus gestos (ese gato karateka), su implicación y verlo saltar ya desde el principio provocaron un efecto contagio inmediato. Especialmente curioso fue cómo guió al espontáneo que reclutaron del público y un placer escucharlo en «Tres Cruces», corte con tremendo desarrollo, bases electrónicas que rebotaban en la sala y cambios de ritmo fieles a los altibajos anímicos de su autor.

Sí. Fue una puta canción de Los Planetas la que llegó tras el bis y plantó solo a Luis frente a las gradas. Hablamos, claro, de «Baso es con V», coreada por muchos de los sedentes y que acabó con un par de frases de «Qué puedo hacer», por si alguien no lo había pillado. «Automaticamente» inició la rebelión contra la dictadura de los asientos cuando el concierto daba sus últimos coletazos.

El desenlace del mismo se produjo en las alturas, encarnado en «Dicen por ahí», a muchas más revoluciones que la original y con todo el respetable de pie o directamente en la escena. Si acertada fue nuestra elección ese jueves, la del setlist no le anduvo a la zaga. Y no hizo falta más para convencernos. Teníamos más miedo que nunca y, sin embargo, ya habíamos decidido. Nos quedamos con Luis Brea. Y si quieren decir, que digan.

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