21 abril, 2024
Cuando uno se halla en un estado de duermevela el mundo real y el imaginario se entremezclan sin aparente distinción. Es una sensación extraña, a veces algo incómoda y, a veces, totalmente liberadora. Si alguien me preguntara qué se siente en un concierto de Chucho Valdés sin duda diría que es como estar en ese estado de duermevela

Chucho Valdés en el Teatro Lope de Vega 26/01/2016

Fotografías por Esperanza Mar

Ya lo decía Calderón de la Barca “La vida es sueño y los sueños, sueños son”

Cuando uno se halla en un estado de duermevela el mundo real y el imaginario se entremezclan sin aparente distinción. Es una sensación extraña, a veces algo incómoda y, a veces, totalmente liberadora. A fin de cuentas lo que se entremezclan son retazos de vivencias, pasadas quizás, deseadas puede, temidas en alguna que otra ocasión, pero todas con esa parte de realidad que hace que lo que estés viendo y sintiendo se cale hondo en tu pecho.

Si alguien me preguntara qué se siente en un concierto de Chucho Valdés sin duda diría que es como estar en ese estado de duermevela, traspuesto como dicen algunos.

El entorno no hacía más que incrementar esa sensación. Un teatro clásico lleno pero en silencio. Un clima de expectación a lo desconocido pero tantas veces ansiado. Una tenue luz cenital blanca que alumbraba el único instrumento que había sobre el escenario. Estaba sólo pero aun sin ser tocado se veía poderoso y abrumador.

Cuando se apagan las luces los ojos de los presentes comienzan a brillar con fuerza. Los cuerpos se enderezan en sus asientos, las manos en los reposabrazos se mueven impacientes, los cuchicheos se acomodan y los pulmones empiezan a contener el aire quizás una milésima de segundo más, pero suficiente como para que el aire a nuestro alrededor se tense. El ambiente frío de la calle se diluye poco a poco cuando un hombre de traje negro y camisa blanca con lunares de colores recorre los escasos metros entre bambalinas y su asiento. Agradece a todos los presentes haber venido esta noche con un sutil y sincero gesto justo antes de sentarse y sin mediar palabra nos envuelve una arrolladora sucesión de notas.

El pecho impactado se resiste al principio en dejarse arrastrar, pero la atmósfera opresiva se va formando rápido y antes de que te des cuenta  tienes los ojos como platos y los oídos finos como los de un gato callejero. Eres capaz de escuchar las cuerdas de las teclas del piano, los sutiles cambios de ritmos de una “Havanera” no tocada, sino vivida.

 El sueño se vuelve blanco y negro cuando “Blue Monk” nos eriza la piel a ritmo de jazz y se entremezcla a retazos con tu infancia cuando “Bésame mucho” se deja versionar por unas manos maestras. A estas alturas la mitad de los presentes ya entrecerramos los ojos sin querer hacerlo. En parte porque si los cierras e perderías el embrujo ensoñador que forman las manos del maestro, delicadas pero firmes, rigurosas pero libres, calientes pero metódicas, ágiles pero cariñosas. Por otra parte porque si cierras los ojos sabes desde el fondo de tu corazón que no vas a querer abrirlos de nuevo. Pero que difícil es resistirse escuchando de fondo el “Caravan” de Duke Ellington o “las hojas muertas”, interpretada por tantas voces femeninas a lo largo de la historia y tocada totalmente instrumental esta noche.

El estado de vigilia te lleva de un paraje a otro sin apenas darte respiro. El sofá de tu abuela te abraza acogedor cuando “Una tarde vi llover” se pierde en “Over the rainbow” y ese olor tan característico y familiar te inunda los sentidos cuando incluso te parece escuchar una televisión a lo lejos con algún programa del corazón.

Pero rápidamente te coge del brazo y te sumerge en aguas profundas que te hacen estremecer mientras una lagrimita te recorre la mejilla recordando a tu madre “Caridad Amaro”, ahora ya abuela. Ves su vida pasar ante tu atenta mirada de niño que crece. La ves sonreír, la ves llorar, quizás por ti, quizás por otra cosa. El pecho se te encoje y con un gesto casi mecánico te secas la lágrima de la mejilla y entre dientes sueltas bajito un “te quiero mama”.

Pero no hay que olvidar a tu padre en la ecuación. Trabajador, sólido, intenso y protector. Un padre que te enseñó a montar en bici y que te enseño a que árbol arrimarse. Un padre que te hizo estremecer la primera vez que puso en tus oídos “Lágrimas negras” y que dejó volar tu imaginación entre risas “con poco coco”, mientras los veranos sin fin se abrían paso escuchando “Summertime”.

El señor que como encantador de serpientes nos ha ido guiando y enseñando nuestros propios recuerdos se levanta en un momento dado sacándonos de nuestro trance, forzosamente, casi a tirones. Lo vemos saludar y no sabemos distinguir si aquello es realidad o no. Y como si de un mundo imaginario se tratase lo vemos salir del escenario bailando con su son interior, entre saltitos. ¿Habrá ocurrido de verdad?

Pero antes de poder respondernos a nosotros mismos vuelve a aparecer casi por arte de magia, casi como si se hubiera materializado de repente y el sueño continúa. Nadie se mueve, nadie respira, apenas se escuchan unos suspiros de quien no puede reprimir su goce interior, de quien no puede disimular su alegría por estar vivo y estar aquí.

El proceso de despedida entre gestos de manos cruzadas y bailes con saltitos se repite un par de veces más, hasta que unas luces cegadoras e impertinentes interrumpen abruptamente en nuestro mundo imaginario para recordarnos precisamente eso….la vida es sueño, pero desgraciadamente los sueños, sueños son….

About Author

DEJANOS TU COMENTARIO

Loading Facebook Comments ...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.