17 julio, 2024
Dianne Reeves actúa a modo de canalizador de energía ambiente, que fluye a ella sobre el escenario, renovándola y compartiéndola con todo aquel que tiene la suerte o el ingenio de estar cerca.

Teatro Lope de Vega de Sevilla, 23/03/2015

 Fotografías por Nuria Sánchez

Cruce de caminos en un mundo sin fronteras, sin límite. Dianne Reeves es puro talento contraído en materia física. Si aún viviéramos un poco más conectados con nuestra parte instintiva, primaria, sabríamos apreciar mejor el regalo que posee esta cantante oriunda de Detroit.

Y es que por Dianne Reeves confluye una miríada de influencias envidiables. No en vano es reconocida por visitar lugares a través del globo cada vez más lejanos. Al final todo se basa en volver a nuestras raíces, al más puro estilo nómada. Escuchar su música es sentir la magia y el misterio de Nueva Orleans, un misticismo que trajo a Sevilla la noche del 23 de marzo. Un lunes que pese a partir con la etiqueta del peor día de la semana, para muchos, supuso el mejor comienzo posible.

Estar presente aquella noche suponía formar parte de un océano de personas embelesadas bajo la tenue luz en penumbra del Teatro Lope de Vega. Una masa heterogénea de ojos vidriosos que admiraban en silencio el despliegue de voz y virtuosismo del jazz de Reeves y su banda. Todo estaba en armonía aquella noche gracias a un concierto que empezaba a las ocho y media y que desde que comenzó, ejerció un control en el tiempo casi de forma sobrenatural.

Una voz y una música, un ambiente que a fin de cuentas habría sido capaz de acallar hasta al más indómito de los niños. Como si de una nana de se tratara, Dianne Reeves hacía uso de su voz y hechizaba a la audiencia que allí se congregaba y a la que presentaba su último trabajo, A Beautiful Life. Una noche llena de nuevo material combinado con versiones y momentos en los que improvisaba magistralmente, dejando entrever aquellas influencias que ayudaron a madurar y concebir su visión musical. Un toque de Billie Holiday o Ella Fitzgerald eran reconocibles aquí o allá, pero Reeves daba un paso más, trazaba su propio camino.

I don’t want to wait in vain

Establecida en un escenario sobrio donde sólo una alfombra tupida y un jarrón con tímidas flores decoraban el espacio, Dianne Reeves habló a la audiencia, con un inglés claro y fluido y los sevillanos reían con sus bromas. Una interacción que pone en entredicho el tópico andaluz y su dificultad para entender el idioma anglosajón. Descalza y con poca ornamentación en su atuendo, la cantante dejaba atónitos a todos con sus giros de voces y parecía entrar en un trance espiritual, un estado que pese a sonar incoherente, tenía sentido.

Hablamos de fuerza, de garra, de la contundencia y de superar fronteras, todo gracias a la música. Un conglomerado en armonía que hacía sonar a sus cuerdas vocales de forma potente. A veces se deshacía del micrófono, proyectando su voz hacia la sala y estirando y contrayendo el sonido hasta un punto que parecía físicamente imposible.

Peace and light and love to you all

No en vano Reeves se ha hecho en cinco ocasiones con el premio Grammy y su voz ha sonado como parte de la banda sonora de no pocos filmes. ¿En pocas palabras? Dianne Reeves actúa a modo de canalizador de energía ambiente, que fluye a ella sobre el escenario, renovándola y compartiéndola con todo aquel que tiene la suerte o el ingenio de estar cerca. Al ritmo de palmas y sonido flamenco, el público la despedía aquella noche de lunes, y ella abandonó el Lope de Vega entre risas y baile.

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