23 julio, 2024
La primera fecha de la gira europea de Chris Potter y su Underground Quartet se salda con un aforo aceptable y todo un espectacular compendio de las esencias del jazz

Teatro Lope de Vega, 19 Abril, 2016

Me sorprendió la cantidad de gente que fue a ver a Chris Potter, la verdad. Su nombre es mucho menos popular de lo que su música merece, y eso incluso dentro del limitado público del que el jazz dispone. No es que el Teatro Lope de Vega estuviera a reventar, pero sí fue alentador comprobar cómo algunas de las butacas de la primera fila estaban ocupadas por atentos aficionados, dispuestos a no perderse ni una nota del millón que Potter regaló a diestra y siniestra tan generosamente, con esa facilidad de ejecución que en otros parecería imposible y en él es algo tan natural como hablar.

La pinta de Potter es, cuanto menos, simpática. Tiene aspecto de tranquilo padre de familia yanqui, algo calzonazos e indudablemente bondadoso, y eso contrasta con la especie de bestia en que se transforma cuando sopla su saxo. No es que se despeine; no lo necesita. Se trata más bien de algo interno. Su gesto afable esconde no una procesión, sino un tren de mercancías a la velocidad del pensamiento. ¿El cargamento? Ideas, y todas buenas. Oh, y también una banda, diferente de la habitual, pero igualmente válida: Joe Martin al contrabajo es un prodigio de sobriedad en marcado contraste con su jefe (eso no significa que no toque); David Virelles es un distinguido pianista, con un enfoque siempre elegante; y Marcus Gilmore no tiene la articulación inhumanamente precisa de Nate Smith, pero sin duda domina su instrumento, como demostró sobradamente con un solo fantástico, ya cerca del final. Juntos llegaron riendo al escenario, no sabemos de qué. Marcharían del mismo modo.

Pronto eso dejó de importarnos; la Música hizo acto de presencia. Me resulta realmente difícil destacar algún momento concreto del concierto, aparte de los eventuales solos de los acompañantes de Potter. En mi memoria aparece más bien como un todo compacto pero variado, una dosis vital de jazz puro y duro, sin contemplaciones, como quizá deba serlo siempre. Y Potter, eligiendo sus distintos tipos de saxo sin prisa en los momentos en los que no tocaba, con la expresión satisfecha por el trabajo bien hecho, haciéndose. Y Potter, en medio de la marea de sonido que nos envolvía, comandando dulces embestidas sonoras con semblante sereno. Y Potter, manipulando extraños artefactos que producían aún más extraños efectos. Y Potter, invitándonos a seguirlo y vaciar Hamelín, o Sevilla, hasta donde nos quisiera llevar. Y Potter, improbable sátiro, llamando a la vida, al aquí y ahora, sin dar un solo brinco. Y Potter, provocando el pánico a los que andaban despistados por el oscuro bosque del teatro.

Lo que escuchamos es parte, se nos informa, de un próximo disco en que aparecerá la formación que tenemos ante nuestros ojos. Nos lo dice el que fue escogido segundo mejor saxo tenor de la historia, tras Sonny Rollins, por los lectores de DownBeat, la prestigiosa revista especializada en el género que hoy inunda el patio de butacas del Lope de Vega y amenaza con trepar hasta el Paraíso. Un tipo que ha trabajado con gente como Steely Dan, Red Rodney, Dave Holland, Kenny Wheeler o Ray Brown, por mencionar unos pocos casos de una lista interminable de colaboraciones y proyectos como líder, en una carrera que se acerca a los treinta años con paso firme y seguro. Alguien que aún no ha cumplido los cincuenta, pero que lleva desde los 18 en primera línea de la escena neoyorquina. Toda esa experiencia cristaliza en directo -el medio natural para un músico de su especie- con tanta claridad que casi resulta intimidante. En efecto, Chris Potter es uno de los mejores artistas que hoy día pueden disfrutarse en el jazz, y lo tenemos aquí, delante de nuestras narices, desafiando a nuestros ojos y regalando nuestros oídos.

Magia, en definitiva, misterios transmitidos eficazmente por un brujo, sumo sacerdote del saxo, al que no se le acaban los ases en la manga y que cuenta con la bendición de los dioses, ministros, acólitos y creyentes de esta particular religión que es el jazz. Espectacular.

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