“Los crímenes los cometemos personas normales”

TROYANAS de Eurípides. Dirección: Carme Portaceli.

Leía yo la semana pasada un artículo de Isabel Coixet en su Hermosa Lavandería titulado: “Caerse del guindo”. En él relata  su reciente descubrimiento de la maldad intrínseca en el ser humano. Sin necesidad de buscar justificaciones psicopáticas o de demencia tachando muchas de nuestras acciones como “malas”, buscando argumentos para explicar cómo una persona es capaz de decapitar a otro semejante, incluido su mujer o hijos; en el artículo ,la escritora y directora de cine, dice haberse caído del guindo y descubrir que hay gente “mala”.

Lo que parece una apreciación simple, no lo es en absoluto. Y esta obra que nos trae aquí después de siglos, nos hace reflexionar sobre ello.

“Los crímenes los cometemos personas normales”- dice al comienzo de la función llegando desde el patio de butacas, Taltibio, personaje representado por Nacho Fresneda, mensajero griego que nos introduce en esa ciudad destruida tras la guerra donde están las mujeres vencidas a la espera de ser repartidas entre los vencedores. Paradójicamente en esta obra, el actor del Ministerio del Tiempo, es también el nexo entre los dos mundos. Y esa unión, junto con la escenografía que incluye imágenes proyectadas de campamentos de refugiados recientes, lo que nos recuerda que el texto es terriblemente actual.

Una inmensa T caída sobre el escenario y un suelo cubierto de cadáveres, representa la ciudad donde Hécuba, inmensa Aitana Sánchez Gijón, y las demás troyanas , reparto de lujo (Maggie Civantos, Gabriela Flores, Miriam Iscla, Pepa López); reciben las imposiciones de los ganadores de la guerra que se las repartieron como un botín. Sólo el personaje interpretado con gran presencia y solvencia por Alba Flores, Políxena, estará libre de esa esclavitud, ya que fue la primera en ser sacrificada.

La muerte y la vida, y la muerte en vida se entrecruzan en unos monólogos cargados del máximo dramatismo e intensidad al que pueden alcanzar unos personajes que lo han perdido absolutamente todo. Ahí empiezan las disertaciones de ellas que se despiden una a una contando qué les pasó, qué sintieron. Cómo la contienda les cambió su existencia para siempre pasando de la felicidad al dolor más profundo. “No hay amante más infiel que la felicidad”, dice el texto muy acertadamente versionado por el dramaturgo Alberto Conejero. Y no hay mayor pérdida que la de un hijo, para cuyo hecho ni si quiera se ha inventado una palabra. Gritaba Hécuba: ¿Qué palabra hay para nombrar eso, soy yo la huérfana de mis hijos?

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