La última Boqueá: la angustia de la isla en peso

La última boqueá nos cuenta cómo se enfrentan tres amigos a la muerte de un cuarto; Samuel. Entramos al patio de butacas de La Sala Fundición y nos los encontramos “celebrando” el velatorio en un bar a golpe de sevillanas.

La obra parte de una metáfora como base, el propio emplazamiento de la misma; una pequeña isla perdida en medio del mar. Un sitio que a priori podría parecer paradisíaco, va agriándose chiste a chiste conforme va transcurriendo la obra. El cerco cada vez se estrecha más y  los días no se diferencian unos de otros.

No puedo evitar acordarme de Virgilio Piñera y su excepcional poema La isla en peso mientras veo la obra. Creo que estos versos de Piñera nos instruyen con bastante precisión en la angustia de La última Boqueá:

 “La maldita circunstancia del agua por todas partes

me obliga a sentarme en la mesa del café.

Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer

hubiera podido dormir a pierna suelta (…)

(…) en otro tiempo yo vivía adánicamente

¿qué trajo la metamorfosis?”

No sé si la muerte de Samuel trajo la metamorfosis de una isla paradisíaca en una ratonera, probablemente no, pero sirve como punto de partida.

Vemos a tres personajes corrompidos por la misma angustia, pero solo uno de ellos intenta salvarse. Cada día zarpa un barco al horizonte y cada día es una nueva tesitura: Embarcarse hacia lo desconocido o quedarse en el bar de siempre con los amigos de siempre, haciendo, una vez más, lo mismo de siempre. A lo largo de la obra se van presentando oportunidades de escapatoria, una por acto. Al final, parece valer más malo conocido que bueno por conocer y el tercer amigo se queda en tierra.

Al igual que en los perros, destaca el proceso de creación del personaje, haciendo especial mención  al trabajo vocal. Se agradece que se les entienda perfectamente sin sacrificar la credibilidad de los personajes. Esto es siempre algo a tener en cuenta en compañías que nos tienen acostumbrados a personajes esperpénticos.

Cabe resaltar la comicidad del personaje interpretado por Selu Nieto, que le da ese toque a la obra de humor de padre, asentado en frases sin sentido que se han ido interiorizando como verdaderas a fuerza de repetirlas. Esto crea el ambiente, es la incomprensión de quien no ve más allá de sus orejeras, o mejor dicho, de quien no quiere ver.

Por otra parte, me habría gustado ahondar un poco más en el conflicto de este personaje. A lo largo de toda la obra solo vemos la evolución del camarero (Manuel Ollero), sin embargo, desde mi punto de vista, no me interesaba tanto si se embarcaba o no, como por qué el personaje de Selu Nieto estaba tan empeñado en que no lo hiciera. Creo que el conflicto interno de este personaje es bastante potente. A lo largo de toda la obra, el personaje juega un tira y afloja y, a base de intentar convencer al camarero de que se quede en tierra, vemos sus propias heridas y traumas. Se está convenciendo a sí mismo.

Creo que la estructura de la obra es bastante desagradecida, esto es; es difícil transmitir esa angustia, ese “nada nuevo bajo el sol”, sin caer en la mera repetición. Es por eso que resalto la complejidad de la representación, ya que hay que poner especial cuidado en las transiciones a golpe de sevillana y semana santa. Se agradecen estos guiños culturales en la dramaturgia de estas partes para amenizar, ya que quizá, se me hicieron un poco largas a partir de la primera. Entiendo también que es la intención del autor, por eso subrayo el delicado equilibrio en este apartado.

Me gustaría terminar elogiando la escena final, donde terminan empapados por esa suerte de lámpara a modo de vinoteca. En mi opinión, de las escenas más cómicas y potentes de la obra. Una vez que se han quedado en la miseria de su isla, ya todo les da igual.

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