La cajita de música de Silvia Pérez Cruz y Marcos Mezquida

Fotografías Antonio Andrés

En la penumbra del Teatro Lope de Vega se abrió la cajita de música. Y aparecieron dos siluetas recortadas en la intimidad de un rinconcito del escenario iluminado tenuemente. Una silueta se sentaba frente a un piano de pared abierto. La otra, vestida de blanco, se sentaba en el suelo junto al piano, que comenzaba a sonar con sordina. La armonía de My Funny Valentine flotaba en el aire mientras Silvia musitaba la melodía.

Así como se iniciaba el concierto se había originado también la confluencia artística de Silvia Pérez Cruz y el pianista Marcos Mezquida, con ella cantando bajito este mítico standard del jazz mientras creía que Marcos, que tocaba, no le oía. Del salón de casa al Lope de Vega, con la única consigna de transportar al escenario esa misma espontaneidad, complicidad y sencillez del primer encuentro.

Así, alternando Marcos las teclas de este primer piano de pared con sordina y un piano de cola en el otro extremo del escenario, y Silvia incluyendo en un par de canciones su guitarra, el versátil dúo fue presentando un repertorio heterogéneo, con bastante protagonismo del Brasil y Portugal más africanos, en un clima de libertad, improvisación y, a la vez, formalismo y austeridad. Sonaron Estrela, la delicada Vestida de Nit escrita por el padre de la cantante catalana, Castor Pérez; la pieza urugaya Plumita; Mañana; Asa Branca, Niño mudo, Ensumo L´Abril, Oración remanso, Barco negro

Durante dos horas, pianista y cantante reflejando su inquietud y su música el uno en el otro, descubriéndose, dando vida a la canción como almas gemelas, haciendo renacer clásicos como La Llorona y logrando que suenen tan emocionantes como siempre pero con una nueva personalidad propia. Tras Siga el baile, conectaron el canto religioso Christus factus, que Silvia quiso recuperar de entre los recuerdos de la niñez y un coro de iglesia, con una gran reinterpretación de Lonely Woman del saxofonista Ornette Coleman.  El final de lujo vino anticipado por, ahora sí, una emocionante versión de My Funny Valentine, que además cerraba el círculo del repertorio de la noche, y la preciosa No Surprises de Radiohead, en la que Marcos Mezquida tocó un pianito de juguete.

El final llegó con lo más parecido a un momento místico que pueden vivir los ojos que no creen sin haber visto: escuchar a Silvia Pérez Cruz cantar el Pequeño Vals Vienés. Se detiene el tiempo. En la íntima oscuridad del nonagenario Lope de Vega algo se enciende adentro. Y ahí están Lorca y Cohen. Y acariciando la canción y la poesía, el susurro de esa voz de seda que a veces parece estar a punto de quebrarse para volver siempre con más fuerza, desgarrando dulcemente, envolvente y sutil como un buen perfume.

Después vuelven las luces, hay aplausos que podrían ser eternos y se cierra la cajita de música. Hasta otra ocasión.

Silvia Pérez Cruz y Marcos Mezquida en Teatro Lope de Vega

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