Entrevista a David Montero, La Casa Ardiendo

2 y 3 de junio a las 20:30 en Teatro La Fundición

8pistas: ¿Qué nos quieres contar con La Casa Ardiendo?

David Montero: La primera respuesta que se me viene es que queremos asomarnos a los peligros del amor romántico, al dolor que puede llevar y, de hecho, muchas veces lleva consigo. Cuando digo esto, me suena a toda la corriente de pensamiento actual que cuestiona los modelos de amor y relación (ya sabes, poliamor, nuevas afectividades, promiscuidades éticas y tal). Pero no creo que haya una respuesta clara sobre este asunto ni un discurso moral en plan “la casa ardiendo o los peligros del amor romántico”. El tema está ahí y está claro que el debate está abierto: ¿Está el amor romántico en nuestro software o en nuestro hardware?

Pero esto es muy intelectual y La casa ardiendo no es una obra de tesis. Así que, te diría que trata sobre el dolor y la devastación que provoca (o puede provocar) el amor. De hecho, barajamos como título “El dolor”, pero ya me lo había quitado Marguerite Duras; también me encantaba “Principiantes”, y ése me lo había robado Carver.

Tengo entendido que “La Casa Ardiendo” es una reescritura de otro texto tuyo, “Lullaby”. ¿Qué le faltaba a “Lullaby” para ser la Casa Ardiendo? ¿Qué ha cambiado en estos años, tu forma de ver las cosas o tu forma de contarlas?

Efectivamente, “Lullaby” fue el punto de partida de esta pieza, pero ha habido cambios sustanciales que la hacen una nueva obra, por eso le hemos cambiado el título.

“Lullaby” fue mi primera obra “no tirada a la papelera” y la primera versión la escribí a pie de escena en un trabajo junto a Pepa Gamboa y Helena Redondo que nunca se llegó a estrenar. A partir de ese material, yo reescribí la obra y la presenté al Premio Romero Esteo y obtuve un accésit en 2001. Al año siguiente, se hizo una lectura escénica que interpretaron Mercedes Bernal (que repite ahora, quince años después) y Manolo Solo dirigidos por Juan José Villanueva.

Ahora que lo pienso, creo que “Lullaby” surgió de la perplejidad del veinteañero que yo era entonces ante sus primeras relaciones y el dolor que me provocaron: primeras convivencias, primeras rupturas. Creo que, sustancialmente, lo que entonces eran intuiciones sobre las relaciones y lecturas de esas obras tremendas y hermosas (Quién teme a Virginia Wolf, La gata sobre el tejado de zinc y cosas por el estilo) ahora está más vivido y menos leído.

¿Quiénes forman y hacen posible La Casa Ardiendo?

Yo no quería dirigir sino actuar y tenía claro que quería que Mercedes Bernal fuera mi partenaire. También tuve claro que quería música en directo y tenía muchas ganas de trabajar con Tino Van Der Sam, que aparte de ser un músico magnífico, está abierto a ser mucho más que un músico y que se atreve a todo. La dirección es de Javier Centeno, para mí uno de los mejores actores sevillanos, que también dirige y encima es músico, porque esta es una obra muy de intérpretes y con música en directo, y él era perfecto para guiar ese proceso. También se sumaron Amparo Marín, otra pedazo de actriz, que ha hecho una ayudantía de dirección atenta y generosa y Juan José del Pozo con las luces.

¿Podrías comentarnos un poco cómo ha sido el proceso dramatúrgico?

La intención original era montar la pieza casi tal cual. Digo casi porque, en el original, los personajes son un matrimonio “imposible” formado por Audrey Hepburn y Tom Waits. Esos iconos ya no nos valían y preferimos a dos personas anónimas.  Pero ya en los primeros ensayos, ante las propuestas que nos iba haciendo el dire, apareció la evidencia de que la obra iba a tener más cambios. El fundamental es que “Lullaby” empieza cuando a la pareja ya le va fatal. Eso hacía que dos personajes parecieran dos locos “enganchados” a un amor enfermo. En “La casa ardiendo”, la obra empieza con el amor feliz, así que hay tiempo para mostrar y vivir esas ilusiones, esos sueños para que entendamos que ambos se quedan porque quieren recuperar esa felicidad con la que empezaron. Esas nuevas escenas han surgido de improvisaciones y hemos decidido que sigan teniendo ese punto de vida y riesgo. Es como si la obra se fuera solidificando a la vez que se va “estropeando” la relación. Así, de un lenguaje muy coloquial se va pasando al registro del “Lullaby” que es más poético y más fijado. Pero esto no ha sido algo buscado sino consecuencia del proceso.

También la presencia de Tino y la dirección han hecho cambiar cosas, creo que para bien. En “Lullaby” había una estructura que copiaba al revés el cuento de los tres cerditos: un matrimonio al que le va fatal, le echa la culpa a la casa y se muda a otra; le vuelve a ir fatal y se muda a una tercera donde se destruye definitivamente. En sustancia, esa sigue siendo la historia, pero el tono de cuento y el subrayado del paralelismo pasan a un segundo plano. También, en “Lullaby” había un narrador que introducía las escenas con su érase una vez, pero en el trabajo con Javier Centeno y Tino Van Der Sman, su personaje se ha convertido en otra cosa y ha desarrollado una línea de ficción paralela que ha surgido a partir de las improvisaciones y que a mí me encanta porque me parece que Tino tiene esa capacidad de ser cercano y sincero, de estar a mitad de camino entre la representación y la vida que le da mucho rollo a la historia. Y así, de camino, hacemos un poco como de autoficción y somos más “modernas”.

Dramaturgia: David Montero

Interpretación: Mercedes Bernal, David Montero y Tino Van Der Sman

Dirección: Javier Centeno

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