Ariel Rot hizo rugir a los leones de la Manada en Córdoba

Fotografías por Antonio Andrés 

El último mejor disco de rock en español siempre es factoría de Ariel Rot. Esto es una verdad absoluta que puedes decir hoy, con su recién estrenado La Manada (septiembre de 2016), en 2013 (La Huesuda), en 2010 (Solo Rot)… siempre. El pasado viernes, el músico argentino presentó las canciones de su último álbum en la sala Hangar Club de Córdoba, sala perfecta para el show, con buen sonido, con el punto exacto de garito para recibir los riffs matadores y los arañazos de la Fender, elegante y desbocada, de Ariel, cargados con una melancolía que parece tomar cuerpo en esa guitarra bellamente desgastada por el paso del tiempo, como si de una metáfora se tratara.

Escoltado por su propia manada, una banda bestial, la aristocracia rockera, tres de los mejores músicos de rock del país, el argentino Mauro Mietta en los teclados, Toni Jurado en batería y Candy Caramelo en el bajo. Auténticos especialistas del rock, una banda engrasada e inspirada, a la que difícilmente es posible encontrarle en el panorama otra banda que siquiera la empate.

Tronó la guitarra de Ariel para abrir la brecha con “Una semana encerrado” y “Se me hizo tarde muy pronto”, dos cañonazos de puro rock and roll que dejaron paso a una de esas enormes baladas rock que se marca el argentino y que convierte rápidamente en clásicos, “Solamente adiós”, canción elegante y con alta carga de emoción, con un estribillo hermoso que puede recordar pasajes musicales de su amigo y compatriota Fito Páez. Con el bonito homenaje a Julián Infante (Los Rodríguez y Tequila), “Te dedico esta canción para quitar esta espina, porque nunca hubo un adiós, ni una triste despedida”, “Broder”, se cerraba un primer bloque del concierto, de nuevas canciones de La Manada.

Hoja de ruta”, probablemente la canción más calamariana del repertorio de Rot, sobre los amigos ausentes y la liturgia del rock; “El mundo de ayer” (que cada vez suena mejor), “Dos de corazones” y uno de esos clásicos con mucho swing de Ariel en los que la guitarra luce como una estrella y entra en el solo como un príncipe, “Lo siento, Frank”, la canción de la crítica a la agresiva crisis estética y a la pérdida del buen gusto musical. Una espectacular versión de “Adiós Carnaval”, terriblemente emocionante, que rompió en una enérgica coda final que hizo temblar los cimientos.

De nuevo, de la chistera de La Manada, en el momento más íntimo de la noche, Ariel sacó “En el borde de la orilla”, con su dulce vaivén, que puede evocar reminiscencias del repertorio más pausado de Moris, pero con el característico sello Rot. Toni Jurado marcó el inconfundible ritmo que anunciaba “Bruma en la Castellana”, y a continuación, el altamente inflamable rock grabado en el álbum junto a los Zigarros, “Espero que me disculpen”.

Se acercaba final del camino con “Vicios Caros”, donde lució el hammond de Mauro Mietta, otra canción que crece y crece con el tiempo, y tiene ganada una dimensión estratosférica en el inventario musical para los seguidores del guitarrista argentino. Y hablando del final del camino… la belleza final la trae ‘Me voy de viaje’, una perla en forma de swing, con momentos mágicos, con la banda sonando deliciosamente, con el sutil susurro de Ariel que da lugar a la alegre explosión de la coda…

Todavía quedaba un potente, en energía y emoción, cierre de concierto, con un vistazo al pasado, al cancionero de los dos grandes grupos de rock en español: Tequila y Los Rodríguez. De los inmortalizados siempre jóvenes tequilas sonó un eléctrico popurrí que trajo el éxtasis y el baile a la sala Hangar: “Necesito un Trago”, “El ahorcado”,  “Mr. Jones”… Y de los Infante, Rot, Calamaro, y compañía, uno de los mejores (si no el mejor) medios tiempos del rock hispano, “Me estás atrapando otra vez”, de Los Rodríguez. Una despedida preciosa.

Aún hubo una última oportunidad de rizar el rizo por todo lo alto con los bises. Precedida de una sublime introducción milonguera con acento de arrabal, a medio camino entre la rumba y el rock, llegó una historia fantasmagórica en vísperas de Halloween… la de un marinero y un capitán que en su permiso en tierra, bajan en puerto para disfrutar juntos en el bar… pero mezclan las bebidas y acaban bajo el mar… “La milonga del marinero y el capitán”.

Y con el último rugir de los acordes de “Baile de ilusiones”, rompió la ovación final de un fiel público entregado a un espectáculo de categoría.

Algo estamos haciendo mal, qué insensatez humana que Ariel Rot toque solo para unos cientos de personas, y no para miles. Espero que nos disculpe. Pero por otro lado… qué lujo tan superlativo el de tener a Ariel Rot a menos de un metro, haciendo temblar las cuerdas de su guitarra mientras cierra los ojos y frunce el ceño.  Porque Ariel cada día toca mejor, cada día canta mejor, cada día hace mejores canciones. La experiencia, la madurez y el talento sobrenatural nos están entregando el regalo de ser coetáneos de un Ariel Rot muy inspirado sobre el escenario, en estado de gracia. Aunque, ¿cuándo no ha estado el genio Rot en estado de gracia?

Una exquisita clase magistral de estilo, de savoir faire, buenas y más buenas canciones, buenas letras…  Un auténtico concierto de rock, visceral, orgánico, de riffs matadores, con el punto de libertad salvaje y valor que requiere, pero no por ello menos elegante, sensible y preciso, con una banda de leones, virtuosos y magistrales, impecablemente organizados en las texturas. Un espectáculo insuperable con un inigualable repertorio de rock (que pone los vellos de punta) con espacio para el swing, los medios tiempos o los ritmos latinos. Que nadie se pierda la gira La Manada, hay que bailar más rock and roll. Que la vida no es un plástico dorado, es un baile de ilusiones. Y el que no baila está muerto.

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