20 mayo, 2024
Tomatito cerró junto a su cuarteto la última entrega veraniega de Flamenco Viene del Sur en el Teatro Central de Sevilla.

Fotografías Antonio Andrés

Cuando todo ocurrió, él ya estaba allí. Pegado a una guitarra. Era apenas un niño, un joven aspirante a músico. La Leyenda nacía y él ya estaba allí pegado a una guitarra. Han pasado más de cincuenta años y Tomatito sigue siendo el hombre pegado a una guitarra.

Con la sencillez de quien domina un lenguaje a la perfección se presentó Tomatito en el Teatro Central de Sevilla para cerrar esta entrega veraniega de Flamenco Viene del Sur. Con una propuesta sobria y elegante. Un trazo fractal sobre su esencia musical ligado a las seis cuerdas. Sentando cátedra con la humildad de los grandes, haciendo sonar fácil lo complejo en un recital bien medido, dosificando cada tramo con la chispa adecuada. Templando bien el compás, cargando la suerte donde toca.

Arrancó por Rondeñas y Alegrías. Bien escoltado por un escudero de lujo, probablemente, su legado más orgulloso. Su hijo, el también guitarrista, José del Tomate. Juntos acometieron con sutileza Two Much, en un guiño jazzy al pianista Michel Camilo con el que tan buenos discos ha compartido el guitarrista almeriense. Entre medias, como quien deja las pistas de su mapa del tesoro, se dejó caer en unos compases de otro maestro, Paco de Lucía, con Entre dos aguas. El árbol genealógico de la magia.

Tras subir el tempo arrebatando por Bulerías, José del Tomate tocó en solitario en el escenario cedido por su padre una zambra, un tributo a la guitarra de Niño Ricardo, que en su nacimiento albergó algunas notas de la Nana del Caballo Grande. El momento Camarón continuó con el cuarteto al completo, bordando lo inmejorable. Con el pulso de Johny Cortés y Morenito de Íllora y Kiki Cortiñas al cante de La leyenda del tiempo y Pistola y cuchillo, insignes emblemas del de la Isla.

Un Mix de Tangos y Bulerías y unos compases del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo (o Spain de Chick Corea, según queramos mirarlo) precedieron la belleza indescriptible de arrabal de Astor Piazzolla y la melancolía porteña de Oblivion. Arrancando a cada nota el lagrimón que habita un tango antes de dar la estocada con una Rumba en un fin de fiesta en que se intercalaron frases musicales de la Tarara.

Una joya de poco más de hora y diez minutos en la cercanía del Central que, sin embargo, no se hizo ni corta ni larga. El continente temporal perfecto para su contenido artístico. Sin artificios ni grandes gestos, sin tiraderas de virtuosismo, perfilando la grandeza de lo justo. El diez de diez. El arte bien cortado. Sencillamente, Tomatito.

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