El artista de Mayo: Pinocho Detective

Sería una torpeza no otorgarle el derecho de una escucha pausada. El nuevo trabajo de Pinocho Detective presta una esmerada atención al detalle y merece, del oyente, el mismo interés. Abran sus oídos y sus ojos para adentrarse en la obra de una banda sevillana que estrena su primer largo como quien se viste de domingo. La vida privada de Pinocho Detective compone su propio Jardín de las delicias en forma de disco trufado de cielos, infiernos y paraísos mundanos. Pero con un toque burlón. Como si Forges hubiera ilustrado alguna de sus escenas.

Los pecados modernos e impíos son también el hilo conductor de este catálogo de canciones dotado de una instrumentación melódica y preciosista labrada por artesanos de la música como Fran Pedrosa, Israel Diezma, Daniel Barja, Antonio Ortiz o Jordi Gil. Cuenta, además, con las colaboraciones de O`Sister, Nacho Camino, Los Quiero y La Catedral Sumergida. El resultado es una figura geométrica emocional que oscila de lo lírico a lo cómico. Con la ayuda de un pop elevado, proyecta vivencias y referencias literarias transformadas en letras sólidas, líquidas y hasta gaseosas, por cuanto tienen de etéreas.

Que le pregunten a «Entre dos luces», un corte sin percusión que podría ser una canción de cuna si no fuera de amor y desamor que, dicho sea de paso, a veces son la misma cosa. Guitarra, violines y la voz de Fran se bastan para mostrar la faceta más espinosa del jadín. Aunque en «Los años bisiestos» también se asoma la sensibilidad de una banda que, no obstante, remonta vehemente el tema y lo trastoca en rabia eléctrica que cierra sus casi seis minutos de duración.

«Sólo sé que no sé nadar» se engancha a la primera. Puede que sean los meneos que se marca en el vídeo su frontman a lo Michael Stipe, los coros admonitorios o la guitarra eléctrica que brilla en la instrumentación, el caso es que el tema adquiere un desarrollo contagioso. Un nadador de secano con «aletas de plomo» hace de este paisaje uno de los más notables del trabajo. Pero «Hablemos correctamente», como reza la luminosa apertura del disco. Su iconografía se alimenta de ingeniosos juegos de palabras que se reparten por el tracklist como pequeñas escenas por descubrir. «Lo cortés no quita lo caliente» o «nunca vi tan mala uva en la viña del señor» son algunas muestras de perspicacia en la petición de cama compartida de este ladrón de versos. Versos, por cierto, basados en poemas del madrileño Pedro Salinas.

La hermosa «Milana bonita», también con retazos de Salinas, convierte en gesta épica los voloteos del ave. Una delicada declaración de amor que los violines elevan a cantar épico sin necesidad de caer en la cursilería. A quien abajo firma le acercó a la memoria a Paco Rabal y aquella grajilla de Los Santos Inocentes. Aunque la bella Susana no guarde relación con el pájaro de la película de Camus, ambas tienen alas. En cualquier caso y desvaríos aparte, se trata de otra de las composiciones que redondean la calidad del LP.

Por supuesto, no deseamos que llegue nunca ese momento: «El día que deje de bailar». El poderoso apartado instrumental refuerza y da credibilidad a una declaración de intenciones que compartimos. Este show debe continuar y el que no baile, definitivamente está muerto. Otro tipo de afectos salen a relucir en la canción ligera de «El amigo profesional» o el semi rock de esa oda al conductor de autobús de «La parada de los monstruos». Cortes de estilos distantes pero impregnados de la acidez que aporta lo cotidiano en la particular voz de Pedrosa.

Los oportunos arreglos de «Cosas de bombero» encumbran una canción a priori atribulada. Su discurrir elegante a medio tiempo demuestra que tiene más de exhortación que de lamento. Nos quedan en el retrato aún dos episodios movidos de los once que se incluyen en La vida privada de Pinocho Detective. Uno de ellos es «L.A. y San Francisco», mucho menos internacional de lo que pudiera parecer en un primer momento. Dedicado al circo de los horrores de la televisión, a sus filósofos del corazón y a las mentes estrechas en general, sus personajes bien podrían haber formado parte de la obra del Bosco. Cercana al power pop, comparte guerra y alegría con «Maracaná», track que completa el álbum y de cuya letra se encarga también Israel Diezma. 

Algo más pausada pero con una sonoridad resplandeciente, ejemplifica el jeroglífico musical que representa el disco de Pinocho Detective. La génesis de su universo, la zozobra y el optimismo que transmiten no son, desde luego, propios de un primer trabajo. Se adscriben a una carrera musical ya dilatada -repartida en varias formaciones- dentro de la infértil escena de la ciudad. Aunque grabar un disco supone «meterse en un jardín» -y eso suele implicar connotaciones negativas- la banda ha construido con este primer largo el suyo propio. Un lugar con claroscuros y lleno de delicias en las que, insistimos, merece la pena detenerse.

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