La pena tiene un punto ciego en el Perfume de Drexler

Fotografías Antonio Andrés Arispón

Aún no se habían apagado las últimas luces del día. El sol derretía las aceras y las cigarras del monasterio de la Cartuja aún reclamaban su protagonismo cantor cuando el sevillano Joaquín Calderón subía al escenario a presentar sus canciones, muchas de ellas nuevas, del repertorio que está grabando para su próximo disco Soy como puedo. Con un sonido rebelde, un tanto brumoso durante los primeros temas, éste mejoró notablemente a la mitad de la actuación del artista invitado, que cedió su lugar en el escenario a Jorge Drexler y sus músicos con un guiño al repertorio del uruguayo en la despedida, la “Zamba del olvido”.

Cerca de las once de la noche, creando mayor expectación que cualquier presidente yanqui, comenzaba en Sevilla el primer concierto de la gira española Perfume de Jorge Drexler y el músico, dj, compositor y productor, Luciano Supervielle. Guitarras, percusiones, teclados, sintetizadores, bajo, programaciones informáticas…a repartir entre un minimalista formato integrado cuatro excelentes músicos. “Causa y efecto” supuso la apertura espectacular del concierto. Con una sorprendente formación de alto nivel, que logró una simbiosis perfecta entre la música del cantautor, su raíz del folklore sudamericano y la electrónica. “Polvo de estrellas”, “Sanar” y “El pianista del gueto de Varsovia”  fueron las primeras canciones para el público del CAAC Pop, que había logrado el sold out y poblaba el patio cartujo, en pie frente al escenario, tumbado en el césped, sentado en los poyetes…

Hablando de pianistas, Jorge Drexler abandonaba su puesto protagonista frente al micrófono para invitarnos a disfrutar de una pieza instrumental de piano de Luciano Superville, un homenaje al compatriota escritor Felisberto Hernández. Un momento mágico de la noche, cuando en el silencio entre las paredes de un edificio con tanta historia, sonaba únicamente un elegante piano, y coincidiendo con las últimas notas, una enorme estrella fugaz, en fantástica sincronía perfecta con la música cruzaba el cielo hispalense, dejando boquiabierto a todos. A continuación, como si los propios astros hubieran estado ensayando el show con Drexler, sonaba,  nada más apropiado que la canción la “Edad del cielo”, aquella que dice que “no somos más que una gota de luz,  una estrella fugaz”.

Tras el asombroso tango electrónico “Perfume” y “Eco”, el cantautor se quedaba solo en el escenario, en el momento más íntimo y relativamente pausado de la noche, sentado en una banqueta frente al público, invitando a éste a proponer las siguientes canciones que quisieran escuchar. “Guitarra y vos”, “Fusión”,” Noctiluca”, “Soledad” y “Milonga paraguaya” fueron las elegidas entre la algarabía del gentío (a la que Jorge, muy cercano en todo momento, respondió agradecido con simpatía e ingenio) , bien ilustrado en el repertorio del uruguayo.

Volviendo al formato más dinámico de la banda con “Sea” y la tanguera “Se va, se va, se fue”, el final de fiesta iba acechando peligrosamente, animando al baile con canciones de su último disco, Bailar en la cueva, con “Universos Paralelos”,  “Deseo” (de Eco) mutada en una impresionante cumbia, y “Bolivia”.

Tras un primer amago de despedida en el que no caímos, todos volvían a sus puestos para seguir bailando en la cueva con la canción homónima del último disco, y con la mística y caribeña “Luna de Rasquí”.

Un agradecido y pletórico Jorge Drexler se arrodillaba en el escenario ante su público, besando el suelo como quien besa tierra santa. Los músicos volvían a desaparecer de las tablas por la escalerita lateral, pero quedaba una. Probablemente, imprescindible.

Aún quedaba esa canción que versa sobre un principio físico del siglo dieciocho. Sobre la ley de la conservación de la materia, enunciada por Antoine Lavoisier a finales del siglo XVIII: «En una reacción química ordinaria, la masa permanece constante, es decir, la masa consumida de los reactivos es igual a la masa obtenida de los productos», es decir, nada se pierde, “Todo se transforma”, la canción más pedida y celebrada del uruguayo, en una versión más bailable, como colofón de fin de fiesta (con posterior  simpático baile de despedida de los músicos, mientras recibían el aplauso, pese a aquello que el propio Drexler cantaba, “los músicos no bailamos”)  a una noche insuperable, de enormes canciones, baile e incluso experimental electrónica, que pone bien alto el listón de las veladas nocturnas del CAAC Pop.

Como Drexler cantaba sobre aquella arena blanca bajo la tropical luna de Rasquí, pareciera que hay momentos en que no existe el llanto y hay sólo lugar para la paz, para la celebración. Impregnados de este perfume propuesto, en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla, durante el prologando instante temporal en que disfrutamos de su concierto, fuimos el punto ciego universal de la pena, el ojo del huracán de la alegría.

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