20 abril, 2024
La propuesta era aunar la música rock del joven grupo Fase REM, junto a la Orquesta Sinfónica Joven del Aljarafe, y numerosas coreografías tematizadas preparadas por las compañías de danza y centros educativos seleccionados.

Fotografías cedidas por la Organización

Poner en marcha un proyecto musical tan ambicioso como el que pudimos presenciar el pasado sábado, involucrando a más de 500 alumnos de centros escolares y academias de toda la provincia, tiene un gran mérito de organización y un ingente trabajo de producción detrás.

La propuesta era aunar la música rock del joven grupo Fase REM, junto a la Orquesta Sinfónica Joven del Aljarafe, y numerosas coreografías tematizadas preparadas por las  compañías de danza y centros educativos seleccionados. Elementos que por separado funcionan en sus respectivos ámbitos sin duda, pero que juntos se iban desinflando a medida que avanzaba la excesivamente larga obra.

El lleno completo del auditorio FIBES, gracias a los familiares de los cientos de jóvenes protagonistas, era una apuesta segura desde el principio, aunque lamentablemente daba la impresión de estar presenciando una función escolar de fin de curso versión extendida, mas que una representación de teatro musical per se.

La historia nos presenta a Evan, el cantante de un grupo de rock interpretado por David Gormaz, que se encuentra atormentado por unas visiones y pesadillas. Esta historia corre paralela a la de Eric (Antonio Recuerda), un pintor que vive en el siglo XVIII. Una caja de música y una misteriosa niña sirven de nexo de unión, que junto a la música son el motor que intenta impulsar hacia adelante ambos relatos.

Un concepto brillante sobre el papel y repleto de buenas intenciones, pero que se derrumba como un castillo de naipes cuando los personajes, el argumento y el desarrollo (pilares fundamentales de cualquier escenificación), se alargan innecesariamente, no funcionan, se ven forzados, o peor aún: no consiguen enganchar y empatizar con el espectador.

Las canciones del grupo, con melodías y letras sencillas y pegadizas, están envueltas con un toque oscuro, y se alternaban con piezas instrumentales ejecutadas por la brillante Orquesta Sinfónica del Aljarafe, que para esta ocasión y por alguna razón, decidió prescindir de su director principal y de sus músicos mas experimentados, sentando en el foso a jovencísimos intérpretes que dieron lo mejor de sí. Algunos temas grabados, y alguna que otra obra prestada de Mozart completaron el mix musical.

En una constante búsqueda de grandilocuencia, las variadas coreografías añadían color y vistosidad al conjunto. El vestuario de época y la cuidada escenografía hicieron el resto. Sorprendía a veces ver bailarines de tan corta edad encima del escenario dando sus pasos.

Cabe destacar también el trabajo del coro infantil Jacarandá, cuyos jóvenes integrantes aguantaron estoicamente en el escenario durante todo el espectáculo. Demostrando una profesionalidad inaudita para su edad, añadieron color y engrandecieron las canciones del grupo.

Lo mejor con diferencia, fueron las aplaudidas apariciones del cantante Antonio Recuerda, que en la piel de Eric (el alter ego de Evan) nos regaló los mejores números con su potente voz ya curtida en musicales de verdad, llegando a eclipsar al protagonista.

También se le podría haber sacado mas partido a la orquesta, dándole mas presencia junto a las canciones de la banda mediante unas apropiadas orquestaciones de acompañamiento, en vez de relegarla a música incidental o de relleno.

El último tramo de la función se caracterizó por el lastre de larguísimos e innecesarios monólogos, junto a algún momento sobreactuado, como un fingido club de fans histéricas en una interminable entrega de premios. Hacia el final, ya agotadas las canciones, una de las frases de Evan leyó el pensamiento a la mayoría del público asistente, al pronunciar en voz alta “¿cuándo acabará esto?”.

En resumen, una iniciativa plagada de buenas ideas pero fallida en su ejecución, donde la participación de centenares de alumnos ha sido un aspecto mas relevante que la música o la propia historia. Un resultado inevitable cuando lo que se quiere contar o la idea que se quiere transmitir mediante música y diálogo dejan de ser los cimientos, para convertirse en un simple pretexto.

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