5 marzo, 2024
Es injusto hacer una crónica acerca de un artista de la talla de Gismonti y no poder dejar de mencionar a otro gran artista, en este caso por la más irremediable de las ausencias. Sin embargo, y el propio Gismonti estaría de acuerdo, sería aún más injusto no reconocer que Paco, de un modo u otro, le robó el show.

UNA REVERENCIA A PACO

AMIGOS PERDIDOS, SENTIMIENTOS ENCONTRADOS

26 de febrero de 2014. Por cosas que nada tienen que ver con el destino, pero que se acercan, o se parecen, o lo imitan para que luego nos quedemos pensando en él cuando, como ahora, el tiempo es favorable para ese tipo de cavilaciones, Egberto Gismonti visita el Teatro Lope de Vega la noche del día de la muerte de Paco de Lucía.

“¿Y qué?”, dirá alguno. Pues nada. Pero da que pensar. No voy a volverme paranoico al estilo del narrador de Magnolia, pero uno empieza a detenerse en coincidencias y conexiones, que se vuelven más atractivas por cuanto el filtro desde el cual se miran es uno mismo, y eso lo hace partícipe de la historia o misterio que pretende desentrañar. ¿Demasiado lírico? Bueno, voy a intentar explicarme algo peor:

5 de diciembre de 1947. Egberto Gismonti nace en un pueblecito de Río de Janeiro, Carmo, en Brasil. Dieciséis días más tarde Paco de Lucía hace lo propio en Algeciras, Cádiz. Sesenta y seis años más tarde, Paco muere en otro lugar de Sudamérica, concretamente en México. Su nombre: Playa del Carmen. Gismonti está de gira y esa noche actúa precisamente en Andalucía, tierra natal del guitarrista.

Egberto Gismonti 1Muy vago, ¿no?… pero en su concierto en el auditorio de la Cartuja del 14 de septiembre de 2004 Paco declara al público sentirse presionado, porque tocar en Sevilla siempre “da mucha jindama”*. ¿Sentiría lo mismo Gismonti cuando salió a tocar en “la” ciudad de la guitarra? Ciertamente, los dos cometieron equivocaciones (el primero algo más) durante sus respectivos recitales, con una década de diferencia.

Naaaaaaaa… Vale, vale, pero voy a introducirme en la mezcla: en algún momento de la década de los noventa, un servidor  consigue una copia de Friday Night in San Francisco en modestísimo casete. El primer tema de la cara B es soberbio y se llama Frevo Rasgado, y está interpretado por John MacLaughlin y Paco de Lucía, estando ausente el tercer hacha del histórico documento, Al di Meola. Su autor, un desconocido para mí en esos momentos, un tal Egberto Gismonti. Estando su nombre un tanto eclipsado en la información del escueto libreto en favor de los tres intérpretes o el genial Chick Corea, me olvido del asunto. Y pico de años más tarde, saliendo de una obra de teatro infame cuyo nombre no va a ensuciar esta crónica, veo anunciado en un televisor la próxima visita de Gismonti.

De pronto, mi memoria se reactiva: ¡Gismonti! ¡Claro! ¡El de Frevo Rasgado! ¡Debe ser un cabrón tocalotodo!

Y lo es. Literalmente, lo toca todo. Y lo toca bien. Sus especialidades son las guitarras de más de seis cuerdas y piano, pero maneja a la perfección percusión, sintes, flautas, y todo tipo de cosas que suenan. También ha estudiado de todo con todo el mundo, o se ha servido de su inspiración: Nadia Boulanger, Django Reinhardt, Maurice Ravel, los indios Xingú, Jimi Hendrix. Ha tocado con Pat Metheny, Naná Vasconcelos, John McLaughlin, Jan Garbarek, Charlie Haden. Se le considera un compositor a la altura de Alberto Ginastera o Astor Piazzola, y es algo así como una gloria nacional con piernas para Brasil.

En otras palabras: Egberto Gismonti es una mala bestia. Desde mi asiento no pude precisar si la guitarra acústica que utilizó tenía diez (eso creo) o doce cuerdas, pero sí puedo asegurar que fueron suficientes para dejar al público en un cierto estado de shock, completamente independiente del shock particular del día.

Y eso que comenzó frío. El primer tema se resintió de una digitación deficiente, pero también es verdad que la complicación era mucha para arrancar un concierto, y que las velocidades que alcanza Gismonti, los continuos cambios de acordes y su increíble uso de las dinámicas en crescendos y decrescendos de aúpa son un factor que hay que tener en cuenta.

Cuando tuvo las manos bien calentitas decidió dejar claro por qué su guitarra tiene tanta cuerda: es por los graves; su guitarra es una guitarra y un bajo a la vez, y el buen hombre tiene la habilidad de dedicarse con la diestra a la una y siniestra al otro, como el que se rasca la oreja. Mientras, y esto es lo notable, todo suena de maravilla, como quedó bien claro con Dança das Cabeças.

Esa noche tuvimos de todo, porque Gismonti lo quiere todo, bien mezclado, con trazas de esto por aquí y de aquello por allá, para que siempre tengamos algo a lo que agarrarnos si el viaje produce mareos. La intensidad que consigue, incluso cuando durante algún tipo de pausa dramática afina con su mano libre los clavijeros de su instrumento (o los toca deliberadamente como parte de la pieza); su mencionada rapidez, rara vez gratuita; el uso desquiciante de armónicos y cuerdas pulsadas al aire… todo hablaba de un músico con mayúsculas, a la altura de quien se os ocurra.

Entonces, cuando ya habíamos apreciado hasta el sonido de sus uñas en el cuerpo de la guitarra (¡magnífico percusionista!) al mismo tiempo que tocaba las cuerdas graves con la otra mano en la increíble Dança Dos Escravos, Egberto se levantó por un momento para sentarse de nuevo, esta vez al piano. ¡Y he aquí que tenemos a un pianista como la copa de un pino! La segunda mitad del concierto, ahora a las teclas, tuvo para mí la sorpresa de Frevo Rasgado, el tema fetiche que hasta allí me había traído. Sorpresa por no estar interpretada con guitarra, tal y como la conocí mediante el trío, ya irrepetible, de genios. Y sorpresa porque Gismonti es, como mínimo, tan buen pianista como guitarrista. Hubo otra pieza concreta en la que advertí tanto ecos de un hipotético romanticismo afrolatino como destellos de un Gershwin jazz fusión y testosterónico. Es decir, lo que no existe, lo que es auténtica locura, existe, porque la música es un camino, y Gismonti se los sabe todos.

La parte de piano fue más y menos espectacular que la de guitarra; más técnica si cabe y menos vistosa, en lo estrictamente visual. Fue entonces cuando Egberto se levantó y decidió hacer lo que llamó “una reverencia a Paco”. No un homenaje, “porque Paco se merece algo mucho mayor”, explicó en un castellano casi perfecto, sino un pequeño gesto.

No voy a comentar la reverencia en términos musicales. No carecía de nada de lo que hubiera sido ya expuesto; no hubo errores, o yo no los aprecié. Mi mente, y creo que la de buena parte de los presentes, estaba con Paco, acostumbrándose a estar sin Paco.

Gismonti se retiró. Alguien fue valiente y pidió un bis, tras el bis de rigor. Y Gismonti salió, gallardo con su pinta a medio camino entre Sandokán y Espartaco Santoni, y nos concedió la reflexiva Água e Vinho, inmejorable punto y final para un recital algo corto (hora y veinte) pero prácticamente impecable. Nos íbamos alegres por la noche del triste día, tristes por varios días a pesar de la noche. Con la misma cantidad, pero no los mismos amigos.

¿Cosas del destino?… Yo ya he renunciado a descifrar el sentido de tales cuestiones. Sólo puede llevar a frustraciones, al enfado por no poder intervenir, de poder ser sólo intervenido por fuerzas ciegas que te pasan por encima sin pedirte tu opinión. Queda lo que queda, que es bastante, y con ello debemos construir algo sólido, que perdure y sea útil cuando ya no estemos aquí, como lo hizo Paco, y lo hace Egberto, y tantos otros, como ellos o completamente diferentes. Se llama música.

Jódete, narrador de Magnolia.

*Tengo que agradecer a Jaime Gastalver la referencia exacta.

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