18 junio, 2024
La mítica banda australiana actúa Sevilla con Axl Rose como centro de todas las miradas

Fotografías por David Pérez

Es posible que las coincidencias no existan y que los acontecimientos que pusieron sonido al año en que Sevilla se hizo universal tengan cabida en esta crónica. Corría 1992 y AC/DC publicaba Live at Donington, un disco en directo tan genial que, según decían, daba fiel testimonio de lo que ocurría en sus conciertos. Por otro lado,  Guns N´Roses  se acercaba aquel verano telonado por Faith No More y Soundgarden, llenando a medias un Villamarín  que irremediablemente abriría sus puertas para hacer acopio de un público que, a tenor de los resultados, viviría una cita única e irrepetible. Y no sólo porque cualquiera de los que tiraba sus latas a Mike Patton viviera la decadencia de las pistolas y rosas, sino porque habrían de esperar muchos años, casi un cuarto de siglo, para cerrar un círculo ayudados, más que por las coincidencias,  por las adversidades.

Porque todo se puso en contra para los australianos antes de su único concierto en España. A los conocidos problemas con las drogas de su ya exbatería Phil Rudd se sumaría la cuestionada sustitución de Brian Johnson por Axl Rose, que para colmo, tendría que cantar sentado por su lesión en el pie. Por si fuera poco, las lluvias que aquellos días asolaron la Cartuja y la ira de los incondicionalmente puristas amenazaron con aguar la fiesta de un macro-concierto en el olímpico, acontecimiento tristemente poco usual en Sevilla. Pero cuando la proyección en vídeo anunciaba la aparición de los protagonistas, el deseo de vivir otra noche única borraría todo lo demás, dejando como única sensación posible la emoción, y disipándose cualquier atisbo de duda en cuanto la rasgada voz de Axl entonó el we believe in rock de “Rock or bust”.

Nadie, absolutamente nadie, puso la memoria en el año 2010, cuando las cuerdas vocales de Brian resonaban en esas mismas paredes durante la gira Black Ice Tour. Aquel tipo ataviado con sombrero y sentado en el trono de Dave Grohl vendría a comerse el liderazgo que la guitarra de Angus Young se ha ganado tan a pulso, lo que se traduciría en una competición de clase y carisma durante todo el concierto. En el 92 no tendrías que luchar por saber qué cantante tenía más pegada – que me perdonen los fans de Bruce Dickinson-, porque Axl se encargaba de colmar todas las portadas gracias  en parte a su potente vibrato y en parte a sus incontables excesos. Por otro lado, enseñar la escala pentatónica a un chaval que aporreara una guitarra era más sencillo si tenías a mano el fraseo inicial de “Thunderstruck”, el riff de “Back in Black” o  el solo  de “Shoot to thrill”. Así que dada la conjunción de los astros, tener allí delante a semejante pedazo de historia del rock hacía sentirte, además de terriblemente mayor, irremediablemente afortunado.

Hay que reconocer que el tamaño de estos conciertos deja pocas oportunidades para la improvisación – a no ser que seas Bruce Springsteen– de modo que la orquestación de las intensidades vino predeterminada por el setlist, calcado del concierto de Lisboa celebrado pocos días antes.  “Hell Bells” sacó los cañones para dar un respiro a las más de 40.000 almas que coronaban la mitad del repertorio aupadas por el rock n´roll que atesoran las Gibsons SG de Angus; “You shook me all night long” trajo el timbre de Brian a las cuerdas de Axl e hizo encarar el último tramo del concierto repasando sus cortes más célebrados:  “Whole Lotta Rosie”, descrito por el propio Axl como “la primera canción de ACDC que escuchó”, y que trajo a una enorme Rosie hinchable sobre el techo del escenario. Y como preludio a los bises, el singular combate entre las voces de 40.001 personas y las seis cuerdas de Angus: “Let there be rock” como oda a una leyenda viva de la guitarra. Un solo interminable que haría que nos rindiéramos a la evidencia, mitificando la veteranía gracias a su efectismo y su energía. Así que tras los bises y el himno intergeneracional “Highway to Hell” dijimos adiós con “For Those About to Rock”, dirigiéndonos hacia la vida real cegados por los decibelios y los fuegos artificiales.

De modo que nunca se sabe. Si no estuviste allí es posible que la vida te traiga otras y mejores oportunidades. Quizás sea demasiado pronto para matar a tus ídolos y puede que la vida te invite a confiar en que la fuerza y la paciencia te pondrá en el lugar que mereces. Porque cuentan que los círculos, una vez abiertos, rara vez se deshacen. Así pasó en el 92. Veinticinco años no son nada.

Estadio Olímpico. 10 de mayo de 2016

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