Pat Martino, la maestría de un gentleman del jazz

El Teatro Lope de Vega se sume en la oscuridad. Pat Martino se sienta en su taburete y comienza el show. Música, maestro. Sólo interrumpe el curso del concierto cuando éste va tocando a su fin, para acercarse a un micrófono, presentar a sus músicos y agradecer al público su presencia en un día en que el escenario del Lope de Vega resulta especialmente bonito. Tenues luces de diferentes colores nacen desde fuentes distintas hacia tres direcciones, una por cada músico sobre las tablas.

Pat Azzara, de setenta y cuatro años,  más conocido como Pat Martino,  es el guitarrista dos veces guitarrista. La primera vez cuando era un jovencito que aprendió a tocar la guitarra en las mismas clases en las que coincidía con John Coltrane. La segunda vez  en 1980, cuando fue intervenido de un aneurisma cerebral severo. La amnesia le impedía reconocer hasta a sus padres y, evidentemente, tocar la guitarra, pero volvió a aprender a partir de la escucha sus propias grabaciones tras once años de mucho trabajo de rehabilitación física, mental y musical.

Técnicamente, Martino es sobresaliente, un auténtico maestro de corte clásico, tradicional en el fraseo y atacando las cuerdas de forma poderosa con esa reminiscencia de guitarra de jazz de caja. Y un huidizo improvisador inalcanzable, un dominador de esa habilidad de ser libre que es el jazz. Con destreza, standards como Óleo se van sucediendo en una atmósfera de tranquilidad sin grandes alardes de fuerza ni temperamento.

Con la experiencia de dos vidas de guitarrista a sus espaldas, Martino se acompaña en el escenario del batería neoyorkino Carmen Intorre Jr. y del también neoyorkino Pat Bianchi al órgano. Este último el músico más inspirado de la noche, con genuino feeling propio y con una mano izquierda tan autónoma que vale por un buen contrabajista, aportando un aire groovy  que eleva el soporte rítmico del trío.

Pat Martino parece cubierto de ese halo que sólo tiene una leyenda del jazz. Maestría, experiencia, dominio, elegancia, sobriedad, presencia. Decía Miles Davis que en el jazz no hay ninguna nota mala, ninguna nota errónea. Y que si la hay, es la siguiente nota que se toca la que convierte a esta primera en acertada o incorrecta. El lenguaje musical de Pat Martino se limita sólo a las mejores notas. A las que tienen algo que transmitir. Los pasos en falso no tienen cabida en su guión. No existen.

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