Los milongueros asaltaron la Sala con la Orquesta Despiole

Fotografías Antonio Andrés

Disfruto mucho y soy un gran admirador del tango. No creo ser un sabio conocedor en profundidad del género, pues probablemente no conozca mucho más de cien tangos y otras tantas versiones de estos. Tal vez sea más apropiado hablar de un conocimiento a lo ancho, más que en hondura.

Llegué al tango mediante los rockeros argentinos. A diferencias del rock español, en el rock argento, las grandes figuras supieron mirar hacia su propio folklore, las raíces, valorando su riqueza y convirtiendo constantemente lo clásico en vanguardia. Identidad argentina. Todos los grandes genios lo hicieron en alguna etapa de su vida. Calamaro, Fito, Spinneta, Charly… todos fueron discípulos de maestros del género: el Polaco Goyeneche, Mariano Mores… e incluyeron en sus repertorios clásicos tangueros. Incluso, algunos otros, como Daniel Melingo, renovaron el repertorio universal del género con nuevas composiciones en el siglo XXI.

Otros, afuera ya de Argentina, también fueron capaces de interpretar con honor a los clásicos, como Diego el Cigala, que acercó el tango al flamenco (o viceversa) en un disco en vivo en el Gran Rex (donde le acompañaron el virtuoso guitarrista Juanjo Domínguez o el propio Calamaro), y más tarde, en un segundo disco dedicado al repertorio folklórico argentino (Romance de la Luna Tucumana), cantó tangos con la guitarra eléctrica de Diego García, el Twanguero (del sonido twang), que también brilló con sus versiones del género en su Argentina Songbook.

A cualquier enamorado del género canción (una buena lírica y una hermosa melodía) le debe atrapar el tango y sus canciones escritas con sangre, con corazón en carne viva. En el tango cantado se encuentran las letras más poéticas, y en cualquier silencio se cuentan más cosas que en miles de canciones. Y a la vez urbanas, callejeras, de arrabal.  Y el tango instrumental es la maravilla de la expresión, el baile y las orquestas de tango, con espacio para lucir desde los pequeños clubes de tango en Buenos Aires hasta en el Gran Rex. El mundo en el que Astor Piazzolla, un revolucionario criticado en su momento, se hizo hueco y marcó la historia con su bandoneón y su modernización del género.

Al que le gusta la música y no conoce a Piazzolla… no sabe muy bien aún qué es eso que le gusta. Quien no conoce la música de Piazzolla es como quien no conoce a Hendrix, Miles Davis o Camarón.

Esta última sensación es a la que nos transportamos el pasado sábado con la Orquesta Despiole. La impresión de haber viajado hasta Buenos Aires con solo cruzar las puertas de la Sala, que esa noche había despejado de sillas y mesitas la parte central de la zona del público para dar lugar a los bailarines, a los milongueros. Estos ya calentaban entre las luces tenues con los tangos que Antonio Rufo, seleccionando con buen gusto, ponía a sonar en los altavoces de la Sala. Pero la gran magia vino después. Sin trucos ni añadidos arlequinados. El tango de la Orquesta Despiole, con su milonga de arrabal, su despiole, su perfume fino arañando, tocando inspirados y de zurda.

Con el gran Orlando Dibelo y su bandoneón al frente del quinteto. Con María Galo en piano y cantando, como interludio entre tango y tango, algunos compases de standards de la bossa nova o el jazz como “Nature Boy”, para dar descanso a una buena cuadrilla de bailarines que no pararon en toda la noche de disfrutar del baile con música en directo, elegantes y sutiles en sus movimientos, todo expresividad. Javier Hacha y Paloma Tascón afilaban sus violines, y Javier Delgado llevaba el pulso armónico de la orquesta con su contrabajo.

Es complicado y, no obstante, delicioso, encontrarse con un show de tango tan auténtico y tan fiel, tan lejos de Argentina. Con acento. Tocando piezas de Troilo.

El Pumarejo plateado por la luna, rumores de milonga. Un espectáculo delicado y completo en la Sala, habitual cuna de cantautores y poetas, convertido por un día en el templo del lunfardo y la milonga.

 

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