El Gran Poder de Pájaro

Pájaro vuelve una vez más al galope de guitarrazos épicos con Gran Poder, el nuevo disco que completa la trilogía que es su discografía actual en solitario (Santa Leone, 2012 y  He matado al ángel, 2016). De nuevo con la producción de sus escuderos de lujo, Raúl Fernández y Paco Lamato, y con su habitual equipo de batalla (los dos anteriores en guitarra, Pepe Frías en el bajo, Antonio Lomás en batería y Ángel Sánchez a la trompeta). Pájaro presenta un repertorio de rock impecable, aún más poderoso y místico que los dos anteriores, avasallador en las nueve canciones que lo conforman.

Lo primero que uno ve cuando va a escuchar un disco, si lo hace a la antigua usanza, respetando la liturgia del formato físico, es la portada y el título. En este caso, toda una declaración de intenciones. Pájaro siempre suele dejar caer sus discos en las fechas próximas a la Semana Santa; las cornetas de las bandas en la calle pueden fundirse con las que Ángel Sánchez graba en el estudio. Y así, como un guiño al calendario, Andrés Herrera Ruiz, aparece con Gran Poder como título. Pero sin el artículo. Porque la mística de las canciones de Pájaro es una mística profana, poco tiene que ver con la religión. Su gran poder es de guitarras salvajes, de trompetas incendiarias, de letras marginales e insurrectas, del rock más fronterizo, de los himnos apátridas, la diáspora del rock. Y la magnífica portada a cargo de Álvaro –Pff (mitad de The Fly Factoy), con esa mujer de mirada firme levantando el puño derecho entre las llamas, que junto al rótulo parece enviar un poético mensaje reivindicativo del poder de la mujer. Belleza de arte gráfico para Gran Poder.

Los últimos conciertos de la gira de He matado al ángel cerraban con un mestizo tema inédito que hoy abre el nuevo repertorio: Corre, chacal, corre. Uno de esos nómadas rockabillys surferos tan del sello Pájaro. Nómada porque viaja desde el Mediterráneo, con guitarras muy napolitanas, con tambores procesionales semanasanteros, a las polvorientas carreteras americanas en la frontera con México donde suena el corrido.

¿Dónde están esos callados, humillados por hablar, por decir que somos todos, no unos cuántos nada más? Mientras crecen en los campos flores de la libertad. Canta Pájaro en la desoladora Los callados, un ubi sunt marginal y revolucionario con vientos muy mexicanos y con una producción sublime gracias a la colaboración de lujo de Julián Maeso que aporta su hammond, los arreglos de cuerdas e incluso se atreve con el theremín.

Rayo Mortal es un potente y afilado rock, una profecía impía con estribillo demoledor. El cuarto corte del disco, A Galopar, el gran himno avasallador del disco, con letra de Rafael Alberti y música de Paco Ibáñez, con una vigencia incontestable, con un cierre titánico gracias al coro, con voces infantiles, que canta el estribillo. Lágrimas de plata sigue denotando el importante nivel que Pájaro ha alcanzado también en lo que a composición lírica se refiere. La muerte ha vuelto otra vez a la calle Desengaño.

El swing más inflamable, eléctrico y venenoso llega con El tabernario; el Pájaro más Johnny Cash se inspira en la novela de Carlos Zenón, Yo fui Johnny Thunders. Bailad, malditos, bailad hasta el final. Hasta por tangos mestizos (con Lap Steel, dobro…) se atreve Pájaro con el réquiem y la sátira de Tangos del mentidor, antes de ver el final con Migrar, una hermosa adaptación con guitarras flamencas de Let’s go away for a while de Brian Wilson, mano a mano con Raúl Fernández, llena de luz y redención,  que deja un cierre delicado y brillante para Gran Poder.

La tercera parte de una gloriosa e histórica trilogía para el rock sevillano, que con el tiempo, sin duda, ganará su papel de clásico. Una vez más, Pájaro, de etiqueta negra.

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