Eco + El tubo elástico: contradicciones del Rock Progresivo

Creo firmemente que hay causas perdidas por las que es preciso seguir luchando. Eso, traducido del particular idioma de este periodista musical, significa que cada vez que oye hablar de algo relacionado -poco o mucho- con la etiqueta “Rock Progresivo” alza una o dos cejas y procede a investigar la referencia en cuestión o, como en este caso, si es posible acudir a la cita de marras, buscando un no-sabe-qué-exactamente que le devuelva algo de la ilusión y excitación que le produjeron sus primeras inmersiones en el género que más o menos puede calificar, sin demasiado temor a equivocarse, como “su favorito”; también significa (y aquí podéis empezar a preocuparos) que se considera llamado a filas, que es su obligación apoyar con un gesto –una entrada, la compra de un CD, un “me gusta” en una red social, una recomendación o incluso un vulgar texto- al relativamente pequeño grupo humano que, como ya le ocurriera a él en algún momento de la década de los noventa, sucumbió al extraño y fatal canto de sirenas del estilo más pedante que jamás habitó los confines del Rock.

Sí, amigos, lo confieso. Soy culpable. Me encanta. La exuberancia instrumental, la actitud trascendente, los contrastes impensables, los discos conceptuales, la experimentación, las letras con ínfulas de espiritualidad, las simas sónicas insondables, la técnica por la técnica, los dobles y triples en directo, los solos infinitos, los instrumentos clásicos mezclados con guitarras, bajos y baterías, los teclados y sintetizadores apilados hasta el techo, las corrientes vanguardistas del siglo XX aplicadas a la materia pop, los compases en 17/16, el folclore de cualquier parte del mundo abriéndose paso en el Londres o el Canterbury de los 60 y 70, los episodios de trance inducido, los montajes escénicos o portadas de fantasía, las canciones de más de veinte minutos, la sensación de que cualquier cosa es posible… Amo todo ese sinsentido -¿por qué habría de tenerlo?- y sufro, porque no se puede quedar bien con nadie hablando de Yes

Pero dejemos tanto lamento y centrémonos en el tema que nos ocupa: de Yes precisamente era alguna de las camisetas que adornaban los torsos de los pocos afortunados que esa noche habrían de asistir al doble concierto que la sala Der Fliegende Holländer había organizado y despertado con él nuestra curiosidad. Mastodon, Pink Floyd o Led Zeppelin se encontraban del mismo modo presentes, y era grato comprobar cómo el progresivo se ha convertido en un reclamo intergeneracional, vista las diferencias de edad entre el público, aunque no precisamente masivo.

Eco es un cuarteto sevillano: guitarra-corista-teclista (David López), teclista-cantante-guitarra (Francisco Roldán), batería (Juan Rodríguez) y bajista-corista (María de los Reyes Prieto). Empezaron (aún sonrío al pensarlo) con el “Watcher of the Skies” de Genesis. Y, después, el “Aqualung” de Jethro Tull. Con dos cojones. Lamentablemente, la técnica no es el fuerte de estos jóvenes músicos, y algunas de las partes más exigentes –la batería en la primera canción, la guitarra en la segunda- no resultaron tan lucidas como cabría esperar. Roldán es un cantante aceptable, que defiende un repertorio quizá demasiado impresionante para sus capacidades, pero como teclista no es gran cosa. La bajista, sin embargo, es harina de otro costal. A los coros perfectamente olvidable, pero a las cuatro cuerdas el valor más seguro del que dispone la banda, permitiéndose algunas florituras y ejecutando los momentos difíciles que le tocaban con autoridad.

Estábamos, pues, frente a una banda especializada en versiones del rock progresivo más clásico, ¿cierto? Error: todo un “Message in a Bottle” de The Police fue el siguiente tema en caer – de modo un tanto deslavazado. Entonces se nos informó de lo que escucharíamos a continuación, que no era sino un medley de “Echoes”, “Set the Controls for the Heart of the Sun” y “A Saucerful of Secrets”, todos de Pink Floyd. Y, a pesar de algún problema técnico, lo cierto es que funcionó muy bien. Quizá se trataba de calentar un poco. “Cat Food”, de King Crimson, se vio perjudicada por un apoyo rítmico algo pobre, pero supo remontar el vuelo para un final potente, como potente fue el “Pictures of Home” de Deep Purple (y el final prestado del “Child in Time”), con María de los Reyes clavando el solo de Roger Glover.

David y Francisco se quedaron entonces a solas con un par de guitarras acústicas para homenajear a The Beatles con “Blackbird”, y más tarde con una mandolina que no salvó el “Going to California” de Led Zeppelin. Mucho mejor, y quizá el punto álgido de su actuación, fue una fantástica versión de “Starless”, también de King Crimson, con atmósfera conseguida de tensión e inventiva carmesíes. Una introducción de sabor medieval (¿era “Greensleeves”?) dio paso al riff de “Hocus Pocus”, de los holandeses Focus, con solos destacados de bajo y batería y una parodia jazzística cerca del final.

Se despidieron con otro tema de la banda de Robert Fripp, “21st Century Schizoid Man”, que pese a no poder compararse con la original en casi ningún aspecto sí que dejó un excelente sabor de boca. El final fue apropiado en varios sentidos: por una parte, se terminaba una actuación irregular y daba comienzo otra impecable; por otra, el mismo título de la canción creaba una línea divisoria entre dos siglos y dos maneras de entender el Rock Progresivo. Una, ortodoxa, reproduce los parámetros más reconocibles del género al milímetro (o lo intenta); otra, también ortodoxa, adopta la teoría tras la práctica y se adhiere a las transformaciones que lo han llevado a ser (casi) otra cosa. Hablamos de forma y fondo en el Rock Progresivo, y de la paradoja que consiste en elegir entre hacer Rock Progresivo repitiendo esquemas o hacerlo progresar hasta un punto en que lo progresivo es difícil de reconocer.

Admito que usar como ejemplo de lo primero a una banda de versiones no es justo, pues su labor consiste en repetir la experiencia original de la forma más fiel posible, pero ¿acaso las últimas giras de King Crimson, Emerson, Lake & Palmer, Genesis, los miembros de Pink Floyd, Rush, Yes o Jethro Tull/Ian Anderson no estuvieron basadas principalmente en la nostalgia? Sí, algunas de estas bandas presentaban disco, y con él algún tema de ese disco, pero Rush celebraba sus 40 años de historia, Anderson refreía su repertorio para una ópera rock de naturaleza muy confusa, ELP se despedían para siempre, Yes tocaba dos o tres discos esenciales –al completo- de su período de esplendor, los Floyd se marcaban entero The Dark Side of the Moon (1973), Roger Waters hacía lo propio con The Wall (1979), Genesis se reunía con Phil Collins, quizá por última vez, e incluso Crimson regalaba más música antigua que nunca en su dilatada y ejemplar carrera. Las bandas clásicas del Rock Progresivo haciendo Rock Clásico; los dinosaurios enseñando orgullosos su prehistoria; £a$ A®T€S al ri™o de Ro©k.

No quiero ser malinterpretado: son siete de mis bandas favoritas, pero, salvo por la posible excepción de Crimson, ninguna ha hecho música más o menos reciente que responda a un pulso actual. La calidad de su trabajo, en estudio y en directo, ahora y siempre, me parece fuera de toda duda (sí, también Genesis), y al fin y al cabo es un patrón comprensible en formaciones de muy largo recorrido; ¿pero no ha estado desde hace ya bastante tiempo -¿1976?- la experimentación con las posibilidades del rock más bien del lado de otras bandas, con Radiohead, Tool, Opeth, los citados Mastodon, Primus, Muse o las que practican lo que ha venido en llamarse postrock, por citar unos pocos y variados ejemplos, al final de una larga cadena de riesgo y credibilidad artística – en territorios cuasi mainstream? De ninguno de los grupos nombrados puede decirse que sea una novedad; todos están perfectamente consagrados en sus respectivas escenas, y quizá por eso muchos torcerían el gesto si se insinúa que, al menos en parte, lo que han hecho es recoger el testigo ideológico de la música progresiva, que nunca ha conseguido reconciliarse del todo con la crítica postpunk.

El tubo elástico es la otra cara de la moneda, la que quedó mirando hacia los Sex Pistols y el futuro. Plenamente integrados en una tecnología que permite loops y toda clase de efectos de “música en directo-en diferido” en detrimento de mellotrones o rototoms, los de Jerez desplegaron un poderío incontestable sobre las tablas de la Holländer. El cuarteto –dos guitarristas (uno de ellos teclista ocasional), un bajista armado con un precioso Rickenbacker y un batería que es un reloj suizo- comenzó su espectáculo creando desde la nada una atmósfera ruidista de carácter electrónico, una improvisación en toda regla, no sujeta a los consabidos turnos del blues o el jazz, sino a la lógica implacable de la máquina, la superposición de texturas, el corta y pega, la deconstrucción y el espíritu del momento, afirmado mediante excitantes pulsiones de sonido.

Lo que vino a continuación es fácil de contar: su homónimo trabajo, editado el año pasado, de cabo a rabo. Lo que no es tan fácil es describir la música que contiene. “Pandora” inició una secuencia extraordinariamente compacta de escenas donde los contornos, las líneas maestras, han desaparecido o se han difuminado a conciencia para primar tonos de color en bloques superpuestos y formas de carácter abstracto – algo que el técnico de iluminación pareció comprender enseguida. Este baile de colores es quizá más obvio en un título como “Camaleón”; en “Rojo”, cuarto homenaje a King Crimson de la noche, una única idea, obsesiva, es pervertida de muchas maneras diferentes hasta sacarle todo el jugo, en un juego que es reminiscente de la intensidad abrasadora del original y al mismo tiempo mantiene intacta su propia personalidad. “Ispra” contó con un solo notable de teclado; “El enjambre” fue dedicada a una tal Jessica, al parecer presente, y “Vampiros y gominolas” fue despachada con cierta prisa, debido a compromisos irrenunciables en la Alameda de Hércules esa misma noche…

Ahora, releyendo esta crónica, parece claro que disfruté una banda mucho más que la otra, y no es exactamente así: una me aportó tierra firme con un repertorio de ensueño; la otra me introdujo en una tormenta mareante de incertidumbres. Ser capaz de disfrutar en ambos niveles puede ser contradictorio, pero tales contradicciones no deberían arruinar la experiencia de la música, algo mucho más libre y autónomo de lo que algunos puristas quieren –o pueden- pensar.

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