DSR en el Estadio Olímpico: Queen, Siempre Queen

Fotografías por Alejandro de Larriva

El tema de las bandas tributo es realmente curioso: desde el estallido de la crisis/nuevo orden mundial no ha dejado de crecer su mercado (aunque no está claro en qué medida depende una cosa de la otra; también está el simple paso del tiempo, el envejecimiento y desaparición de los artistas originales, que siguen resultando muy atractivos y ya no pueden ser disfrutados en directo), pero junto a la lógica comercial en tiempos de escasez económica se encuentra a menudo una pasión verdadera, que alimenta el recorrido de la banda tributo en cuestión.

Es evidentemente el caso de los argentinos God Save The Queen, consumados fetichistas que llegaron al culmen de su dolencia con el pasado Remember Wembley 86, durante el cual reprodujeron casi exactamente el Magic Tour. Cualquier seguidor de Queen podía apreciar sin embargo las diferencias, aquí y allá, y los guiños extras que enriquecían el espectáculo (o ayudaban a liquidar antes los temas menos famosos para el público), pero lo esencial, que era producir la impresión de estar viendo tocar al genial grupo británico en el que quizá era su momento de mayor popularidad, estaba plenamente conseguido.

Este año han vuelto a Sevilla con otro paquete de canciones, llamado Forever. Y, a mis ojos, atiborrados de Queen (aunque nunca lo suficiente), es un paquete más atractivo. La anterior gira tenía el peligroso defecto de ser casi absolutamente predecible para el connaisseur, pero la presente, aunque despliega la habitual, inevitable y necesaria panoplia de himnos del siglo XX, cuenta con varias sorpresas en forma de canciones menos conocidas, retazos instrumentales de órdago e incluso francas sorpresas.

Esto fue así desde el mismo comienzo del espectáculo; tras una sucesión de canciones de The Beatles (¡el “Strawberry Fields Forever” en clave ska!), Pink Floyd y Juan Luis Guerra para animar o aplacar a la numerosa concurrencia que ultimaba sus adquisiciones de bebidas y patatas fritas, el sistema de sonido comenzó a emitir una mezcla borrosa de “One Vision”, “Procession” y los momentos iniciales de la enorme “Was It All Worth It”, cuyo primer riff de guitarra inauguró la actividad en vivo propiamente dicha. Ojiplático, consideré la posibilidad de disfrutar tamaña joya nunca interpretada por Queen en directo (Freddie Mercury ya no estaba para giras entonces) y sufrí un ataque de entusiasmo considerable, pero pronto el más reconocible “Hammer To Fall” se encargó de devolverme, plácidamente al menos, a la realidad. Después padecería más ataques similares.

Los clásicos se sucedieron durante el primer pase con una puesta escénica que aglutinaba elementos sacados de diferentes giras de Queen, desde finales de los setenta hasta el ya mencionado tour europeo. La bien recibida “Breakthru”, la preciosa “It´s A Hard Life”, un “Another One Bites The Dust” con premio en forma de “Fun It” o la sentida interpretación de “Who Wants To Live Forever” se encargaron de convencer hasta al más escéptico de los fans.

Retomaron la labor con el impagable momento drag, tetas y peluca incluidas, de “I Want To Break Free” y su propia aunque efectiva versión abreviada de “Now I’m Here”, que contenía nuevas referencias a “Gimme The Prize (Kurgan’s Theme)”. Este tipo de juegos, habitualmente lanzados por el guitarrista, es una de las (pocas) señas de identidad del proyecto DSR, y aunque sean breves tienen la facultad de sugerir el enorme conocimiento queenciclopédico que atesoran. También la de dejar sediento al que muere por lo más oculto de su discografía, pero unas pocas gotas de agua siguen siendo mucho mejor que el desierto de originalidad de la mayoría de grupos tributo.

El impersonator de Brian May tomó los mandos a continuación para reproducir el clásico solo de “Brighton Rock” en un momento de mimesis absoluta; el solo de batería, sin embargo, acusó el típico síndrome de los percusionistas que se enfrentan a la tarea de tocar un repertorio por debajo de sus posibilidades técnicas, lo que quiere decir impecable ejecución, pero una estampa ajena por completo a la particularísima y muy reivindicable sensibilidad rítmica de Roger Taylor. Y tras esto, el maná: “Staying Power”, del muy odiado Hot Space (1982). Y lo directamente anatema, en forma de “Living On My Own”, discotequero y desprejuiciado a más no poder. Después “Radio Ga Ga”, un “Is This The World We Created” insinuado antes de “Love Of My Life” y más obviedades exquisitas.

Entre todas, la infaltable “Bohemian Rhapsody”, medio interpretada y medio pre-grabada, con resultados excelentes. Tras “Tie Your Mother Down” volvieron a asombrar con un pedazo de “Son And Daughter” (¡fue genial gritar aquello de to be a woman!) que terminaba al primer golpe de “We Will Rock You”, y algo menos con “Friends Will Be Friends” entre la anterior y “We Are The Champions”. La despedida no sería tal y pronto volvieron para decir adiós con “One Vision”.

En resumen, un fantástico concierto a casi todos los niveles, al que hay que poner sin embargo un “pero”, aunque únicamente a la organización: ¿realmente era necesario mandar al fotógrafo a la calle después de las tres primeras canciones de rigor? ¿No tendría más sentido, ya que ha venido a publicitar el evento, que pudiera pagarse una cerveza como todo el mundo y contribuir así aún más al éxito del concierto? ¿Cuál es el problema, que pudiera hacer más fotos desde donde cientos de personas grababan sistemáticamente las canciones de su elección con sus requeteperfeccionados teléfonos móviles? ¿No basta la palabra de un profesional? ¿No estamos todos del mismo lado?

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