Crítica: Jurassic World El Reino Caído “Un fósil que caerá en el olvido”

También al séptimo arte se le aplica el refranero popular, y dichos como ‘’unos cardan la lana y otros se llevan la fama’’ se aplican a directores, actores, guionistas y productores. El cine es arte, creación, ilusión, imaginación, ‘’la fábrica de sueños’’. Pero también es negocio, marketing, publicidad, sensacionalismo. Es la cara y la cruz. En este sentido, y tirando de espíritu patrio, tenemos en nuestro país grandísimos directores de talla mundial que gozan de total reconocimiento, me viene a la mente Pedro Almodóvar, y otros que por desgracia no tanto, por citar a alguno se me ocurre el valiente Víctor García León. Y luego tenemos otros como Juan Antonio Bayona que, lamentablemente, goza de más éxito del merecido. La diferencia es que Bayona goza del apoyo mediático de un gran grupo de comunicación de cuyo nombre no quiero acordarme pero todos conocemos, que se caracteriza por hacer caja gracias al sensacionalismo, los realitys y el famoseo de más baja estofa. Con estos mecenas, ¿cómo no apoyar cintas afines? Por todos es sabido que los premios de las Academias de Cine están a la venta si uno paga lo necesario, y si uno se atreve a explorar las conexiones empresariales de los mecenas de Bayona, las dudas quedan triste y rápidamente disipadas. Sorprende que un director pase de dirigir cortos desconocidos a cintas con grandes presupuestos y actores. No digo que Bayona no sea un buen director, que lo es, pero considero que, viendo su trayectoria filmográfica, ha obtenido mucho mayor reconocimiento del que su trabajo y experiencia le merecen. ‘’El cinismo consiste en ver las cosas como realmente son, y no como quieres que sean’’ dijo Oscar Wilde.

Con estos antecedentes llegamos a “Jurassic  World: El Reino Caído”, la segunda parte de esta nueva trilogía que supone la quinta entrega de la saga de dinosaurios con la que muchos crecimos y tuvimos nuestros primeros botes de miedo en la butaca. Spielberg fue el maestro de las marionetas, cual canción de Metallica, y con unos mínimos efectos especiales supo traer magistralmente a la vida la obra de ciencia ficción que daba nombre a la trilogía original ‘Jurassic Park’ escrita por Michael Crichton y publicada en 1990. Bayona sustituye a los mandos a Colin Trevorrow, que junto a Derek Connolly se encargan del guion de la nueva cinta. Entre el equipo de reparto destacan Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, B. D. Wong, Toby Jones, Rafe Spall, Justice Smith, Daniella Pineda, Ted Levine, Geraldine Chaplin, James Cromwell y el mítico Jeff Goldblum.

Si ya pudimos ver gran variabilidad entre la calidad de las tres cintas de Jurassic Park, siendo la primera indiscutiblemente la mejor y considerando las otras dos entregas productos con mucho peor guion, el salto entre ‘Jurassic World’ (2015) y ‘Jurassic World: El Reino Caido’ (2018) es abismal. Dónde en la primera el guion estaba bien estructurado, coherente, con acertadas referencias a las cintas clásicas, y los personajes mostraban una evolución creíble, en esta nueva cinta todo eso se pierde. El guion presenta incongruencias frente a las cintas clásicas, e incluso frente a ‘Jurassic World’, pues dónde se decía que para clonar un dinosaurio era necesario el ADN de ciertos anfibios, ahora se nos presenta un enorme salto en la capacidad de la genética en una raza no reptiliana sin necesidad de ese aporte extra de material genético anfibio. Además, los personajes interpretados por Justice Smith, Daniella Pineda, Ted Levine ofenden al espectador por su simpleza y nula evolución. Personajes planos, estereotipados, previsibles hasta la saciedad: Smith interpreta a Franklin Webb (apellido muy ‘estudiado’) un informático que, ¡oh sorpresa! Es asustadizo y nulo para el trabajo de campo; Pineda pone rostro a Zia Rodríguez, una paleoveterinaria insumisa (extraño en alguien que había sido infante de marina) que, ¡oh sorpresa! es latina y rebelde, pues ya se sabe la opinión que en Estados Unidos tienen de los latinos como fogosos y pasionales; y Levine interpreta a Ken Wheatley, un mercenario duro y autoritario de escasa altura moral. ¡Oh sorpresa! Vemos una cacería de dinosaurios similar a ‘El mundo perdido: Jurassic Park’ (1997).

Por otro lado, el elenco de actores hace su papel a la perfección, con interpretaciones creíbles y sólidas. Sin embargo, contando con bestias del cine como Geraldine Chaplin, James Cromwell y Rafe Spall es de absoluta vergüenza la escasa presencia que se les da, que no les permite dar de sí todo lo que su experiencia permite. Además, el siempre cómico Pratt está casi anulado en este sentido en esta cinta, desperdiciando su potencial innato. Y la aparición de Goldblum es más anecdótica, más como truco publicitario en el tráiler, que otra cosa. Si hablamos de los verdaderos protagonistas de la cinta, los dinosaurios, no hay otra cinta de Jurassic Park en la que aparezcan menos y tengan menos importancia. Por no hablar de que a los que le guste el susto fácil y la sangre pueden prepararse para una gran decepción sin excepciones.

Y llegamos a lo que, en mi humilde opinión, es el mayor fallo de la cinta: su mensaje. Creo firmemente que el cine es un mecanismo de educación a la par que de evasión. Contar historias, da igual el soporte, nos remite a esas leyendas que los chamanes y las curanderas contaban a la luz de las hogueras de las cuevas. Y con esas leyendas se educaba a la tribu, se impartían valores. Bayona no solo se olvida de sino que más bien se mofa de esa responsabilidad. En la cinta se plantea la idea de que los dinosaurios, clones creados genéticamente y por tanto animales artificiales que no se encuentran integrados naturalmente en ningún ecosistema del planeta, tienen derechos y por tanto han de ser salvados. El Dr. Ian Malcolm, interpretado por Jeff Goldblum, expone argumentos en contra de su protección esgrimiendo la posibilidad de que se descontrolen y supongan la extinción de la raza humana. Pero en ningún momento durante su exposición, así como durante toda la cinta, se exponen los conceptos ‘ecología’, ‘entorno’, ‘especie invasora’, ‘estabilidad’, ‘desestabilizar’, etc. Es más, ficticias manifestaciones parecen defender que los dinosaurios (repito, artificiales) tienen derecho a la existencia. Permítame lector que ahora tire un poco de currículum y, con más de 4 años en el Grado de Ciencias Ambientales y una especialización en Periodismo Ambiental, afirme que esto me parece un insulto a la labor de grupos ecologistas al tildarlos de sentimentales, y una ofensa a la labor de investigadores y profesionales que abogan por la protección de nuestros ecosistemas al confundir al espectador medio con esta dosis de falso ecologismo. Estas criaturas no solo son artificiales y por tanto una ofensa de la humanidad contra la naturaleza, sino que al ser especies devueltas a la vida, no contarían con depredadores naturales que estabilizasen su número. Se trataría de una nueva especie invasora como tantas que el ser humano ha ido desperdigando por el planeta a costa de los más delicados ecosistemas.

Disculpen mi tono, y entiendo que si no se salva a los dinosaurios se acaba la cinta y la trilogía, pero eso no impide exponer lo que es de verdad el ecologismo y, después, contar la historia que se pretenda contar. Bayona, otra cinta que se recordará en premios comprados pero no en la historia del séptimo arte, pues precisamente es lo que no es.

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