Crítica: ‘El final de todo’

En ciertas ocasiones, sentado en la comodidad del sofá viendo una nueva película en la más que presidencial televisión de nuestro salón, surge la pregunta: <¿Qué hace buena una historia?>. La respuesta es sencilla: Saber qué se quiere contar. Lamentablemente, numerosos directores y guionistas, así como otros profesionales del mundo de la narrativa en sus múltiples formas, no siempre tienen claro este objetivo, pilar básico de todo cuento. Si hoy en día recordamos los ya míticos cuentos de dos hermanos llamados Jacob y Wilhelm y de apellido Grimm es por el claro interés que esas historias que recopilaron tenían en cuanto transmitir un tipo de historia, y adicionalmente la posible presencia de una moraleja. Pero parece que a Netflix le cuesta salir de las cintas para adolescentes de nueva generación milennials o de la Ciencia ficción para hacer cintas de cierto interés. Parece que si sale de ahí, se pierde. E indudablemente con ‘El final de todo’ (2018) se han perdido. Totalmente.

Toda la crítica y los espectadores coinciden en el insuficiente para esta cinta de David M. Rosenthal y escrita por Brooks McLaren, quién es el verdadero villano de esta historia por el absolutamente nefasto trabajo de guion. Sí, Rosenthal es el director y como tal último responsable de todo el proyecto, pero lo cierto es que la fotografía de la película es uno de sus puntos fuertes, muy fuertes, y eso es obra de su director que comenzó en eso de la fotografía antes que en el cine, y cuyos trabajos, cuando muestran un mejor guion que acompañe a su fotografía, sí son obras aceptables como es el caso de la emotiva ‘Janie Jones’ (2009). Pero es el peor que mediocre trabajo de McLaren el que echa por tierra esta cinta que no sabe definirse en género.

¿Es una película catastrofista? No, porque carece de las impactantes imágenes de edificios viniéndose abajo, de la destrucción en su más amarga forma, de la fotografía que nos recuerda vía retina que nuestra compleja civilización está en el filo de la navaja para caer en la destrucción, la anarquía y la más feroz supervivencia. ¿Es una cinta sobre supervivencia a las adversidades? Tampoco, porque aunque sus protagonistas deben superar ciertos obstáculos, estos no son de índole emocional, sino más bien coyunturales, por lo que su proceso evolutivo como personajes es nulo. ¿Es una road movie? No lo creo, ya que el viaje en carretera es un medio, no el medio en sí mismo. Sí, los personajes se conocen más mutuamente gracias a la experiencia, e incluso recogen al estereotipado pero muy mal explicado personaje estrafalario e incomprendido que desaparece de forma exageradamente gratuita, casi insultando al espectador, pero no es el viaje el objetivo en sí mismo de la historia.

No sabemos qué tipo de cinta estamos viendo, y lo  cierto es que minuto a minuto de metraje la historia se vuelve cada vez más y más improvisada, forzada, poco creíble. Se suceden situaciones inverosímiles para tratarse de una situación de puro caos social y tecnológico, y aparecen y desaparecen personajes que poco aportan a la narrativa en su conjunto. Merece la pena señalar al personaje de Jeremiah, interpretado por Mark O’Brien, que aparece mágicamente únicamente en los minutos finales de la cinta y de repente hace que esta pase de cinta de supervivencia a thriller psicológico de celos y engaños, todo ello a 12 minutos del ‘The end’. No señor McLaren, no. Un guion debe saber lo que va a contar y no improvisar sobre la marcha a costa de la inteligencia de los espectadores, que saben que lo que ofrece ni es coherente ni construido.

Lamentablemente el gran valor interpretativo de Forest Whitaker no levanta esta penosísima cinta, ya que es misión imposible para un actor, por mucho que sea un profesional indiscutible galardonado con el Óscar y el Globo de Oro por ‘El último rey de Escocia’ (2006). Su papel de padre sobreprotector, autoritario y regio, el terror de todo yerno, es sencillamente sublime. Entre lo tópico y lo reconocible, sin caer en lo esperable o cómico. Desgraciadamente, por otra parte tiene en frente al guapo pero robótico Theo James. El británico archiconocido por su papel de Tobias <<Cuatro>> Eaton en la saga ‘Divergente’ no parece saber interpretar más que el papel de sufrido héroe que aunque inexperto demuestra resolución pero todo ello con su cara petrificada en el mismo rictus de seriedad. Su paleta emocional es más reducida que la de colores del Guernica, y eso, por supuesto, afecta a una cinta que, quizás con otro intérprete más capaz, habría resultado, en conjunto, un filme de mayor valor. Del mismo modo que me desgañito criticando que se sexualice y cosifique a la mujer en el cine por su belleza, es necesario señalar que la belleza masculina, aunque no sea cosificada para la construcción del personaje, no puede ser requisito básico para elegir a un intérprete. O dicho de otro modo: por ser guapo no se es buen actor, por mucho que las productoras quieran vendernos lo contrario.

Parece que estamos ante una de las asignaturas pendientes para el verano de Netflix. Más suerte en septiembre.

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