5 marzo, 2024
Desde hacía meses, la ciudad oteaba el horizonte a la espera de que la deriva de Vetusta Morla recalara en este puerto sin mar. Y la cita se hizo carne, y la carne, un compendio incontenible de energía, furia y talento.

Fotografías por Mr. Hipérbole

Primera noche en la que el estío instauraba precipitado su reinado en los dominios de una primavera revoltosa. El sol había precalentado a conciencia el suelo de un Auditorio Rocío Jurado con las previas de Analogic y Rufus T.Firefly. Desde hacía meses, la ciudad oteaba el horizonte a la espera de que la deriva de Vetusta Morla recalara en este puerto sin mar. Y la cita se hizo carne, y la carne, un compendio incontenible de energía, furia y talento.

Por mucho que a los más snobs les duelan prendas, uno puede ser mainstream y hacer música de calidad (y con mensaje). Lamento ser yo quien te lo diga pero lo siento, no eres tan especial como te crees. Claro, el problema es que mueven masas y uno deja de sentirse único cuando descubre que también le gustan a su vecino del quinto. Y al chico que le vende el pan por las mañanas. Pero todo cobra sentido cuando los pies de Pucho apenas rozan el suelo durante el concierto. Lo entiendes cuando te descubres cantando arrebatada “hay tanto idiota ahí fuera” completamente convencida de ello. Como el de al lado, como todos.

El blanco telón que cubría el fondo del escenario cayó al poco de empezar “La Deriva”. Fin de la paz y punto de partida de una guerra que no firmó tregua hasta pasadas las casi dos horas de concierto. Contienda en la que era imposible no alistarse al son de los golpes de baqueta de un capitán fuera de sí. Pucho batiendo alas mientras decenas de pájaros se arremolinaban en la pantalla, “hay esperanza en la deriva”, recuerda. Maravilloso hundimiento el suyo, bendita locura que iniciaba un recorrido más que generoso por sus tres álbumes de estudio.

“Oh capitán, mi capitán”. Le seguimos a ciegas en “Lo que te hace grande” antes de que un redoble llame a filas para el “Golpe Maestro”. El primer “buenas noches Sevilla” llegó antes de “La mosca en tu pared” y su ambientación verdosa se tiñó de rojo avivada por los “Pirómanos” que atacaron después: “menos humo y más fuego, más, más, más, más”. A petición popular incluyen los madrileños en este rosario de éxitos felices “Boca en la tierra” y presumen, de camino, del dúo de cuerdas que hace su trabajo preciso, constante y simétrico a ambos lados del frontman. Termina de arder la mecha de una primera parte trepidante con Pucho conteniendo el “Fuego” entre las manos, ¿quién quiere encontrarse si aún no se ha perdido?

Y es que, pese a hablar de derivas y naufragios, la banda avanza orientada por un rumbo fijo e hipnótico. Para muestra, la soberbia “Cuarteles de Invierno”, punto de inflexión en la noche incendiaria. Lo que comienza como una inocente cajita de música guarda en su interior un sonido atronador en el que destaca sobresaliente el capítulo de percusión y bajo. Si hablamos de la conjunción de todos cuando se trata de hacer ruido (y que éste suene muy bien), más que perdido, uno se siente bien hallado. Debo aclararte, amigo lector, que si te encontrabas en el concierto y a estas alturas no estabas cantando a pleno pulmón, probablemente seas candidato a un trasplante de corazón (o de entrañas).  

Pero tocó dar reposo a las emociones que, de tan exaltadas, nos tenían afónicos. “Al respirar”, “Copenhage” y “Baldosas Amarillas” son el poco resuello que toma la formación antes de enganchar con “Sálvese quien pueda”, hacernos saltar un rato y ver a Pucho agitar la pandereta.

Es complicado no mencionar los ¿problemas? de sonido que hacían que en algunos temas la voz del cantante se ahogara en la instrumentación mientras que en otros la escuchábamos en excesivo primer plano, apreciándose claramente la modificación del volumen de la misma. Como decíamos, hecho aislado y más notorio en un par de temas que variaban en intensidad entre sí. Y eso que ya casi habíamos olvidado el extraño procedimiento con el que dieron acceso al recinto. Separado en grada y pista de forma muy estricta (ya desde la compra) y, sin saber cómo, media hora antes de Vetusta, las prohibiciones se anularían y ancha es Castilla, que cada uno se coloque donde quiera. Entendemos que se trata de cuestiones de seguridad pero hay formas y formas.

IMG-20150510-WA0000No perdamos el compás. Llegaría una de las composiciones más originales de La Deriva“Tour de Francia”, más pautada que en el disco y “Otro día en el mundo”, cuyo final engancha con “Saharabbey Road” y levanta a los pocos que quedaban aún sentados en la grada. No podía faltar “Maldita dulzura” y “Mapas”, que dio paso a “Fiesta Mayor” y su homónima reacción antes del apoteosis ya acostumbrado que acompaña a las lecciones de geografía de “La cuadratura del círculo”. Pero iba a hacer falta algo más para que la gente se diera por vencida.

Tras la retirada momentánea de la banda, volvieron para brindar por el “Año nuevo” antes de que le tocase el turno a “El hombre del saco”. Con los deberes más que hechos, el maestro de ceremonias entonó prosódico un canto al carpe diem y a “hacer el amor sin mundos virtuales” en un intento de despedirse. No le quedó demasiado creíble ya que nadie se movió del sitio hasta que Vetusta cerró la noche y subió el volumen con “Los días raros”. Lo cierto es que cuesta claudicar. Aceptar que, tarde o temprano, uno vuelve a ser el mismo náufrago que creyó hallarse antes de zozobrar. Y caer en la cuenta de que la deriva es el único camino posible para volver a perderse de nuevo.

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