23 febrero, 2024
Ni un Joshua Redman impecable pudo eclipsar al auténtico protagonista de la noche en el Lope de Vega: ese leviatán del que a veces forma parte, llamado Trondheim Jazz Orchestra

Fotografías de Esperanza Mar

Joshua Redman. Ese era el anzuelo. El nombre del americano bien grande en la entrada del Lope de Vega, con el de Trondheim Jazz Orchestra escrito debajo en caracteres menores. De Eirik Hegdal no se sabe nada hasta casi encontrártelo allí, en el escenario, con esa cara de buen chico que no le abandona. A Redman y al que luego supe que era el batería, Tor Haugerud, me los encontré en un paso de cebra, esperando a que el semáforo se pusiera en verde para los peatones y charlando en un inglés fácil, muy cerca ya del teatro, a unas horas que me dejaron claro que no haría falta correr demasiado para entrar. Es cierto que Joshua Redman no es exactamente una superestrella, pero es que hoy hace labores, casi, de sideman.

Nada en contra; se trata de vender entradas, y, más aún, de hacer música, que es lo importante. Si la calidad de esa música sirve para disculpar maniobras comerciales -básicas, por otra parte-, entonces no podemos hablar de falta alguna. Porque el panorama es el siguiente: una excelente orquesta, compuesta por 13 músicos, que durante esta gira cuenta con uno de los artistas señeros del jazz contemporáneo como uno más de sus integrantes. Nada menos.

El ejercicio, casi un fraseo lineal, con el que empezó el concierto propiamente dicho, y que desembocó en una especie de marcha militar con final feliz, estableció la pauta – hasta cierto punto. Y es que esta banda maneja un vocabulario amplio: el segundo tema comenzó con un riff de contrabajo extrañísimo, aparentemente incoherente con el trabajo de los demás, pero todo es espejismo, apariencia de libertad; enseguida Redman y Hegdal se aliaban en una harmonía casi perfecta con sus saxofones. De ahí pasaron a un funk de naturaleza ascendente, protagonizado por un solo de violín de Ola Kvernberg, sobre un ritmo en 7/8. ¿Se puede tocar funk en 7/8? Parece que sí, pero es algo que tengo definitivamente más claro ahora. Después llegamos a un ambiente triste, y de hecho casi siniestro en ocasiones, con disonancias medidas y un cierto aire a lo Béla Fleck, debido sin duda al banjo del también guitarrista Nils Olav Johansen, que culminó en duelo de altura entre Kvernberg y Redman, un poco al estilo de las grandes bandas de fusión tipo Mahavishnu Orchestra. Creo que a estas alturas todos comprendíamos ya que lo que teníamos delante no era normal.

Haugerud fue el siguiente, con un solo lleno de fluidez y sutileza (en concreto, el uso de las dinámicas fue exquisito) que no fue sino el detonante de la explosión de toda la orquesta, con protagonismo especial de Hegdal. Y, súbitamente, la noche, y apuntes diríase de Debussy para finalizar el número. Después, y arrastrándose desde la nada, Redman rindió su particular homenaje a Ben Webster soplando medio fuera de la boquilla, preludio asmático al amanecer de la banda con solo de carácter aéreo por parte de Johansen sobre un pulso primario y cavernoso. Ambiente de borrachera en los vientos a un paso de la comedia o el canto de las ballenas, con cambio de tempo durante un solo de chelo y locura generalizada comandada por el trompeta Eivind Lønning y su colección de sordinas en un pasaje absolutamente espectacular. El contrabajo, de nuevo, pone la nota discordante, por si hubiera poca variedad. ¿Es esto una locura? Puede ser, pero no es locura sin propósito o dirección; Hegdal lo ha compuesto todo, salvo la excepción hecha más adelante, al final. Libertad, repito, no libertinaje, y siempre y cuando se realicen trabajos para la comunidad de Trondheim.

Las partes de estética amorfa se buscan entre trombones y partituras alienígenas, con Joshua Redman sufriendo del baile de San Vito y el contrabajista Ole Morten Vågan en pleno trastorno obsesivo compulsivo. Y hay más: una canción ¿de cuna? -propia y efectivamente cantada por el chelista Øyvind F. Engen– de naturaleza inquietante pone el punto y seguido. ¿Qué tiene esta agrupación de Noruega, capaz de depredar el reclamo seguro de un músico de la talla de Redman en beneficio de todos? Talento a espuertas, seguro. Flexibilidad estilística, también. Sospecho que este proyecto debe sacar a Redman de su (por otra parte, amplísima) zona de confort. La sensación de riesgo es palpable en cada compás, un motivo por el que seguir creyendo en el jazz o en cualquier otra música hecha desde el corazón tanto como desde la cabeza. Puede que no estén inventando nada, pero buscan la salida a esa situación con el tesón de un animal enjaulado. Y el relativo anonimato de Redman entre el cuerpo de ese pequeño estado noruego es un precio más que razonable a cambio de esta noche superlativa.

Un adagio de Johann Sebastian Bach, transformado como no podía ser de otro modo tras dos guerras mundiales y pico, pero indudablemente hermoso, supuso el final del espectáculo, con el que el Teatro Lope de Vega continúa una programación ejemplar en lo que al jazz respecta. Queremos más de esto.

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