20 abril, 2024
¿Recordáis lo que se le pasaba por la cabeza a Nick Cave antes de cantar ese último tema en “El cielo sobre Berlín”? “Una canción más y se acabó, pero no les hablaré de una chica, no les hablaré de una chica…”. Y justo cuando se acerca al micro dice: “Quiero hablaros de una chica…”

Joy Slava, 13/03/2015

Fotografías por David Pérez Marín

¿Recordáis lo que se le pasaba por la cabeza a Nick Cave antes de cantar ese último tema en “El cielo sobre Berlín”? “Una canción más y se acabó, pero no les hablaré de una chica, no les hablaré de una chica…”. Y justo cuando se acerca al micro dice: “Quiero hablaros de una chica…”, y comienza con una “From Her to Eternity” que te deja sin respiración.

Pues la noche va de eso, de “la chica de la habitación 29 que sigue caminando y llorando sobre nuestras cabezas…”, y de estar vivos de milagro.

Y aunque teníamos claro que no era un buen momento para hacer promesas ni para olvidar imposibles, el invierno estaba llegando a su fin y la velada se antojaba como una nueva oportunidad para romper ese hielo que no entiende de cambio de estaciones. Y eso hicimos, nos unimos a un Ramón Rodríguez en estado de gracia (con americana blanca en plan Sony Croquet) y a su particular orquesta del Titanic, y mientras achicábamos agua, celebramos esquivos minutos de felicidad pasados y presentes.

Como todo, la noche empezó con “Una historia real”. Y las cinco siguientes, afiladas y heladas estalactitas que nos cayeron encima, siguieron el orden del flamante “Oh, rompehielos” que venían a presentarnos. Ya con “Reina del Amazonas” la sala Joy al completo estaba bajo los efectos de ese dulce veneno en el que, sin remedio, nos ahogaríamos una vez más. Sonaron poderosamente dolorosas y adictivas “El Yeti”, “Mientras sea un intruso” y “Quimera”.

Tras el repaso inicial al nuevo álbum, la banda se lanzó a tumba abierta sobre el viernes y disfrutamos de “Sucedáneos”, “¡Hoy estreno!” o la rabia contenida que cantamos y soltamos junto a Ramón en “Lo bello y lo bestia”. Lluís Cots a la batería y Marc Clos con un impresionante vibráfono, marcaron el ritmo de una velada que entre recuerdos agridulces y lágrimas furtivas, poco a poco, se convirtió en una fiesta.

Y por fin llegó el momento de tocar, según Ramón, “una canción feliz”, (previa interpretación surrealista del “Bailar pegados” de Sergio Dalma, que el público, totalmente volcado con la causa, canto a todo trapo), “El cau del pescador”. La alegría continuó con el homenaje a su admirado Eugenio en “El saben aquel que diu”.

Solo en el escenario, invitó a Miguel Rivera (Maga) para cantar “La dimensión desconocida”. Volvió la banda, y tras “Elen-na”, una buena versión del “Wicked Game” de Chris Isaac.

Nos acercamos al final “preparando Cafeteras”, y más de uno, tras un penúltimo trago, se deja la voz cantando eso de “he bebido hasta jurarme que hoy no intentaré olvidarte…”.Y sin anestesia, un último canto al desencanto: “Desmemoriado quiero estar, para ser olvidadizo y desatender lo nuestro…”

Emociones contenidas en una gran noche de historias comunes que parecía hundirse, pero que reflota herida tras la victoria parcial de la sinceridad de los sentimientos y la música. Y ya en la calle, se entrechocan los ojos vidriosos que siguen sin encontrar a quienes buscan, y que, como esa última canción, “compartirán mentiras con la primera que pase”, a sabiendas de que “Yo soy Simon y Tú Garfunkel”.

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