18 junio, 2024
Interesante cambio de piel para una banda que no renuncia a sus credenciales rockeras, al tiempo que se entrega a nuevas turbulencias. ¡Ah!, de paso, por fin aparece Julieta.

Desde que el break descarnado de batería de “Corazón desordenado” abre de forma potente este cuarto –que no segundo- disco de Romeo, varias cosas quedan claras al momento. La primera de ellas es que el supuesto abandono de presupuestos hard en favor de una mayor comercialidad es algo muy relativo. Claro que se pretende vender más (¿alguien quiere vender menos?), pero no se puede hablar aquí de traición alguna. Romeo únicamente ha cambiado de sastre, y en vez de vestir el cuero tachonado de resonancias sadomasoquistas de Jorge Escobedo ha optado por un conjunto de terciopelo de Paco Román.

Diez años lleva Romeo en esto, y diez canciones ha decidido exponer como ejemplo de sus capacidades e intereses actuales. La travesía ha sido movida, y varios compañeros han quedado por el camino; otros se han sumado a ella, y hoy día la tripulación se compone de Víctor Hernández (guitarra), Manuel Pariente (batería), José Cabrera (voz) y Alberto H. (bajo). Todos los músicos están sobrios y comedidos en la ejecución de sus partes, al servicio de una garganta que nunca explota por pura elegancia. Cabrera prefiere cantar a gritar, y si bien es cierto que en un contexto netamente rockero su voz puede resultar algo extraña, no lo es menos que es precisamente eso lo que le da una mayor personalidad a la banda.

Con actividad incluso en el otro lado del océano, parece un misterio por qué Romeo no ha conseguido un mayor reconocimiento en estos lares. Tras salir a escena en 2008 con su homónimo álbum de debut ocurrieron otro par de discos en los que, a juzgar por sus títulos –Nada importa (2009) y Cara o cruz (2012)-, parece que Mercucio ejerció una influencia nihilista importante sobre nuestro héroe. Todo eso, como Mercucio, ha quedado atrás, y Romeo se reinventa para el triunfo del amor esgrimiendo orgulloso lo que parece un pedazo de su corazón, debidamente estilizado para evitar estéticas relacionadas con la muerte.

¿Ñoñerías? No. “Promesas” entra como alguna balada no usada por Metallica para Master of Puppets (1986), pero luego es definitivamente otra cosa. La política de tintes soft power –por utilizar un término asociado a la administración de Jimmy Carter en oposición al más belicoso Ronald Reagan– se revela efectiva en “De nuevo en las sombras”, con un estribillo memorable, solamente al alcance de gente con verdadera clase, y es imposible ignorar un riff con el octanaje de “Lo imposible”, corte que despeja muchas de las dudas que pudieran haber surgido sobre autenticidad, actitud, o cualesquiera de los epítetos que habitualmente se utilizan como exclusivos de la música hecha a base de decibelios. “Navegando” o “Partido en dos” son versiones nuevas, alternativas, maduras y muy defendibles de la típica power ballad (cuántos poderes hay en esta crítica, ¿no?) que todos asociamos a Bad Company, Scorpions o lo que se os ocurra, pero la esencia de esta banda renovada no peligra en absoluto.

“Hasta perder la luz” recupera bríos sin menoscabo de momentos de auténtica arquitectura etérea, menos basados en distorsiones fuertes y más originales de hecho. A estas alturas el disco está para quedarse, si no te convence no has llegado hasta aquí, aunque “Sin más remedio” no acaba de encontrar su sitio. Tensión muscular con escorzo de manual en “Cueste lo que cueste”, agradable sin embargo, antes de la despedida con “La marea”, una de esas canciones que no inventan nada pero que están tan bien hechas que no se les puede poner pega alguna.

La sangre ha manchado suficientemente las calles de Verona (¿o era Murcia?). Es hora de abandonar la violencia, olvidar los agravios y rendirse a la urgencia del deseo, utilizando las energías propias de la juventud en pos de algo más bello. Es tarde para Mercucio –Teobaldo no nos agradó nunca-, pero Romeo ha escuchado a Benvolio y ha trepado hasta el balcón de Julieta y el mar ilimitado que esconde su pecho; la nodriza se encuentra ausente y Fray Lorenzo tiene la pócima a punto. Sólo falta escribir el final apropiado para la obra, que consiste en comprar el disco, o en acercarse a un concierto y escuchar su traslación al directo, y eso ya no corresponde a Shakespeare. Aún hay tiempo para Romeo, para Julieta, y para nosotros.

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