29 febrero, 2024
A tan solo dos días de su celebración, el festival cancela su XIX edición

Vaya por delante que la cancelación a trompicones del festival más multitudinario de la ciudad nunca es una buena noticia. Por muy en desacuerdo que uno pueda estar con el cartel, el precio o la deriva reciente, Territorios ha sido un agente dinamizador de la cultura sevillana durante más de 15 años. Un recuerdo imborrable. Un indiscutible punto de referencia, sobre todo en sus primeros (y mejores) tiempos. Perder a un amigo de forma inesperada es siempre un duro revés, aunque vuestra relación no atravesara su mejor momento.

Desde las primeras horas del 18 de mayo, a dos días de su celebración y con el público clamando información sobre horarios o desplazamientos, la sombra de la cancelación empezó a planear sobre el evento. Lo descabellado de la suspensión total era directamente proporcional a lo evidente de la misma. Era un tren descarrilando a pocos metros de la estación y ante nuestros propios ojos. Pero iba a pasar.

Horas más tarde, el comunicado de la.organización extirpó la poca esperanza que les quedaba a los más optimistas. Motivos económicos y de falta de apoyo justificaban la crónica de esta muerte anunciada. El declive experimentado en los últimos años era ya un hecho y le había pasado factura. Desde 2012, cuando más de 32.000 almas se concentraron en el Monasterio de La Cartuja para disfrutar de Tortoise, Amaral, Iggy & the Stooges o Maga, el festival no volvió a ser el mismo. Puede que se tratara de una estimación errada de asistencia por parte de la organización, de la merma de las subvenciones o del elevado caché de algún artista. Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno. Pero lo cierto era que los modestos resultados y la ausencia de modificaciones en un planteamiento ya obsoleto, contribuyeron a alejarlo cada vez más de su espíritu fundacional y a acercarlo a una complicada situación.

Territorios nació a finales del siglo XX como el Festival Internacional de Música de los Pueblos y ha terminado siendo el Festival de la música sin el pueblo. Los escenarios dispersos por la ciudad, alumbrando rincones inconcebibles para la música en directo, los conciertos gratuitos o las actividades solidarias y culturales paralelas fueron dando paso a un proyecto centrado únicamente en el apartado comercial y en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Corría el año 2010.

Pese a que la merma ya era considerable, el CAAC es un lugar privilegiado en la ciudad con múltiples posibilidades. Y a muchas de ellas se les sacó partido (el escenario de las chimeneas siempre fue uno de nuestros favoritos) hasta que, de nuevo la tijera, dejó el plano del festival reducido a dos escenarios en medio de la pradera. Territorios ya no era el mismo. Recurríamos a él por inercia, por una bendita rutina siempre sedienta de directo. Pero se le notaba cansado, ojeroso. Bebía por las mañanas…

Todo ello, sin entrar en consideraciones relacionadas con la calidad de los nombres que iban bailando en cada edición. Volvemos a a la teoría de los culos. Ha habido aciertos y desaciertos, como en cualquier evento de estas características. Nadie programa a gusto de todos. Si bien, aquel «homenaje» al grupo Triana de 2014 mostró una peligrosa zozobra en cuanto a contenido se refiere.

Y en esas estamos, compuestos y sin festival. Hasta aquí hemos llegado. A todas luces, la cancelación a dos días vista parece más un adiós que un hasta luego. La marca está tocada de muerte y no desearía estar en el lugar de la organización. Tampoco en el del público que continuó apostando, pese a todo, por el festival. El de aquellos que planificaron el viaje o contaban con un puesto de trabajo en el festival. Ni en el de la banda Young Forest, que esperaba subirse por primera vez al escenario de un evento como este tras haber ganado el concurso de bandas Cartuja Sound (única iniciativa emprendida este año por el festival). Con esta última jugada perdemos todos y no gana nadie, salvo los que se alegran del mal ajeno, que en realidad nunca ganan nada.

Difícil separar el componente racional del emocional, escarificado este último en la piel de cualquier sevillano, como todo lo que tiene que ver con esta ciudad. Alguna vez he sonreído para mis adentros releyendo (y extrañando) la lista de artistas que figuraban en el cartel estampado en la espalda de una camiseta antigua. Recordando noches empañadas pero indelebles. La mayoría de quienes hayan llegado hasta aquí tendrá más de una historia que contar en la que Territorios puso el decorado.

Por todo ello es aún más flagrante que su propuesta no haya sabido adaptarse ni renovarse dentro de un mercado cada vez más competitivo. La experiencia, aquí, no ha sido un grado. Puede que la escasez de apoyo público haya agravado la situación pero eso no es óbice para que el concepto se haya desfigurado hasta la caricatura. En lugar de retomar el contacto con los ciudadanos, de mirar a una ciudad que lo necesita, de volver a ser ese festival amable con el que muchos se identificaban, Territorios ha expoliado el prestigio adquirido a lo largo de tantas ediciones. Lo ha dejado seco. Hasta que apenas ha quedado un nombre y un lugar. Y el viernes próximo, ya ni eso.

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