17 abril, 2024
Los descendientes de El Farruco construyeron un monumento familiar al baile flamenco en ese museo del arte llamado Teatro de la Maestranza

Fotografías por Teatro de la Maestranza

Si estás leyendo esto, probablemente no hayas ido el pasado 15 o 16 de diciembre al Maestranza a ver ‘Farruquito y familia’. Digo probablemente porque no me pega que estuvieras allí. Sí, tú. Te los has perdido. A Farruquito, a su familia y a los que no eran familia suya pero también estuvieron. Seguramente te dé igual no haber ido ni te planteaste ir cuando viste que las entradas eran de 30 euros para arriba. Pues eran baratas. Baratísimas diría yo. Es un espectáculo caro. O debería serlo. Lo que hacen no sabe hacerlo casi nadie. Y con este arte, cabrían en tu habitación todos ellos.

Pero ya pasó. Se apagaron los focos del teatro y fuimos saliendo en silencio tras el atronador y duradero aplauso que les dimos. Salí feliz y pensativo de aquello. Sabiendo que hiciera lo que hiciera iba a ser peor que lo que empezó a las 20:30 horas de un miércoles de otoño. Un día normal que unos gitanos que tienen pájaros carpinteros como piernas me lo convirtieron en inolvidable. Y casi inenarrable, aunque como me dedico a esto, tengo que contárosla.

Tengo que decir que Farruquito, cabeza de familia y cartel, puso el listón altísimo con su hermano Farru para abrir boca. Para abrirnos la boca de asombro. Una boca que pocas veces se cerraría y que se alimentaría de flamenco sencillo y de calidad. Ya lo dijeron en la rueda de prensa previa: baile, palmas, guitarra y cante. No más. No hace falta. El flamenco son esas tres palabras. Y lo fueron.

En este caso, la primera en mayúsculas: BAILE. Palabra que tuvo seis significados. Farruquito fue la gracia, Farru la fuerza, El Carpeta el ímpetu, Barullo la elegancia, Polito la humildad y África Fernández la sensualidad. O eso me dijeron con su repicar de tacones en las tablas del Maestranza, las únicas que sufrieron esa noche.

A ellos seis te perdiste sobre todo. Su compás, su elasticidad, sus certeros golpes, sus melenas al vuelo, su simbiosis con los cantaores, su noche. Te perdiste muchas cosas. Y si no estás pendiente cuando vuelvan, te los volverás a perder. Volverán a enloquecernos con su baile y tú no estarás allí. Y yo sí. Y escribiré otra crónica diciéndote que te lo has perdido. Así hasta que esta maravilla llamada flamenco se pierda sin que te des cuenta y no haya nada que hacer. Mientras tanto, silencio: bailan Los Farruco.

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