16 julio, 2024
En una semana de vísperas, días de mucho, golpes en el pecho y tiritas en los pies se presentaba puntual como un notario Antonio Luque en el Teatro Central de Sevilla. Trovador moderno pero antiguo presentando su Perspectiva Caballera

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Fotografías por Rafael Marchena

En una semana de vísperas, días de mucho, golpes en el pecho y tiritas en los pies se presentaba puntual como un notario Antonio Luque en el Teatro Central de Sevilla. Trovador moderno pero antiguo presentando su Perspectiva Caballera y dando, como siempre una lección de todo lo que a muchos les sobra. La escena como metáfora del contenido. Apenas dos hileras de focos y alguna proyección de fondo acogían su retrato costumbrista y a cuatro músicos sin trampa ni cartón. Ningún añadido más allá de los veinte años que este señor lleva recitando los pormenores de la vida cotidiana. Jugando, esta vez, en casa.

Esa melancolía de volver a su tierra en primavera dio pie a Sr. Chinarro para empezar el carrusel con “Esplendor en la hierba”, la primera de las más de veinte canciones que se despachó en las dos horas que estuvo sobre las tablas. “Estrenos TV y “El viaje astral” precedieron al reconocible arpegio de “Famélicos famosos” y las cabezas comenzaron a seguir el ritmo. ¿Cómo están ustedes?”-preguntaba. Se diría que la antítesis del tópico sureño, inmutable y enjuto, Antonio tiene, pese a todo, un pronunciado sentido del humor que saca a pasear entre canciones y entre dientes, y que hace reír al auditorio.

A la derecha del padre, un fiel escudero; uno que dibuja solos de guitarra intachables y camina de puntillas (solo en sentido literal) por las tablas. Un aura shoegaze con la que Jordi Gil saca brillo sin despeinarse a la faceta más eléctrica del cuarteto. De “Dos Besugos” saltamos a “Mudas y escamas” mientras seguíamos embobados con la línea de bajo de Javi Vega, a ratos completamente integrado en la melodía y otras como absoluto guía de la misma, enganchado y conectado a las cuerdas. La sección rítmica se completa con un metrónomo con forma de baterista y que lleva por nombre Pablo Cabra, experto en medir los tiempos y los matices con precisión de juez de línea.

Droguerías y farmacias” y su bodegón contemporáneo empiezan la senda más cruda, por la que transcurre el familiar acento de “Los amores reñidos” (el bicho que te haya picado/bien merece un documental). En “Ácido fórmico” nos pide que creamos en él, “pero sólo un ratito” antes de hacer parada en “Nod”, corte que arranca con nuestro protagonista a solas con la acústica. Su progresión instrumental hace cortos los casi seis minutos de duración, sin echar en falta los arreglos de cuerda del disco.

Los coros de “San Borondón”, “Del Montón” y “El rayo verde” corrieron a cargo del público manso y sedente, que no tuvo que insistir demasiado para que llegara el bis. Tocaba presumir de letra y acidez en “La canción de amor de turno”, la primera en que Chinarro se mueve del micro haciendo sonar la eléctrica. “Es mi única canción de amor, la toco porque no me queda más remedio”-bromea. Se trataba, claro está, de ese engordar para morir que caracteriza el final de cualquier show. Por eso creímos verlo alejarse a lomos de su “Babieca” tras el toque de queda de “Una llamada a la acción”. Pero el sevillano aún nos regaló dos últimas balas. “Mi sapo” y “Los Ángeles” fueron los bonus track con que cerró una noche cómplice y sincera. La del hijo pródigo que vuelve a casa antes de se convierta en morada de otros. Reencuentros que aligeran la vigilia de otras historias en la ciudad más triste.

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