26 febrero, 2024
El donostiarra, escudado tras sus gafas de sol, brindó con todos los presentes, bebió a morro de la botella y electrificó la noche.

Mientras todo pende de un hilo y las hojas de Madrid comienzan a ensayar la silenciosa coreografía de esa caída libre a ninguna parte, nos tiramos a la calle y nos aferramos una vez más a lo efímero y lo eterno. Y, con la ventaja de llevar bajo la manga ese As compartido que asegura la victoria o no muere en la derrota, llegamos a La Fídula, y sin caminos trazados ni rayuelas pintadas, nos volvemos a encontrar sin buscarnos, en una noche de historias reales bañadas de Oporto y simulacros que palpitan verdad.

Rafael Berrio sale a escena, y aunque él “prefiere” eso de “músico subterráneo para minorías”, un halo de malditismo de vivir al margen lo inunda todo. Se presenta en formato trío, acompañado de dos escuderos de lujo, Joseba B. Lenoir a la guitarra y Fernando Lutxo Neira al bajo, contrabajo, melódica y xilófono. Y no tarda el donostiarra en ponerse las gafas de sol, brindar con todos los presentes, beber a morro de la botella y electrificar la noche.

Simulacro” y “Como Cortés”, del magistral “1971” (2010), nos atraviesan como dagas ardientes en la nieve, y sin vuelta atrás, volvemos a alzar nuestras copas con “Saturno”, de esa otra joya que grabó con Joserra Senperena, “Diarios” (2013). La conexión entre los músicos es total, y Berrio, con cartas ganadoras como “Las mujeres de este mundo”, “La alegría de vivir” o el “Amor es una cosa rara”, nos araña por dentro y crea una atmósfera cercana y sincera en cada fraseo. Le corre por las venas Baroja, Baudelaire y Lou Reed, su poemario está escrito con el sudor del insomne y el rastro sincero de sangre que deja la experiencia.

Y sin que nos demos cuenta (los vecinos se percatarían antes) los decibelios se van incrementando, y la energía de discazos incomprendidos de proyectos anteriores como Amor a traición o la Deriva, comienza a reflotar en el ambiente, sobretodo cuando interpretan temas de su último y sobresaliente “Paradoja” (2015), donde el espíritu de la Velvet Underground se extiende a sus anchas. Así bordan una esplendida “Niente mi piace” y terminan por incendiar la noche en la explosión continua de “Mis ayeres muertos”.

Una pequeña pausa para saborear la realidad y un penúltimo trago, y llega la que tú querías, y es que “Cómo iba yo a saber, cuando nada se espera…”. Berrio maneja un cancionero por el que vendería su alma cualquier cantautor puntero de nuestro país o de fuera de el. Y ya “En las lindes del fin”, nos despertamos tras la tormenta de riffs y distorsión de “Inanimados”: “Y pensar que todos esos objetos tuyos inanimados te van a sobrevivir…”. Quién sabe, quizás con estos momentos efímeros de felicidad compartida, ya le hayamos robado la cartera a lo eterno.

Lo único triste de las buenas historias es que no hayan sucedido antes. Pero ya lo dijo otro poeta, “ya no es tarde”. Sino te habías cruzado antes con Rafael Berrio, estás de suerte, no todos los días se conoce a uno de los escritores y músicos más hipnóticos e imprescindibles de nuestro tiempo.

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